La falta de protección de los humedales: una atrocidad con irreparables consecuencias
Lo que sucede con el humedal del Río Paraná ganó la escena nacional porque el humo provocado por los incendios llegó a la ciudad de Rosario y a localidades vecinas, causando trastornos en la vida diaria de los conglomerados urbanos. Antes, poco se hablaba de lo que el humedal representa en términos de biodiversidad. Algo similar sucedió hace unos meses cuando el fuego destruyó amplios territorios de la provincia de Corrientes y alcanzó el Parque Nacional Iberá. La atención social sobre las cuestiones ambientales parece prestarse solo cuando sucede una tragedia. Luego, la agenda legislativa, la acción gubernamental y la percepción ciudadana parecen transitar por otros andariveles, corriendo detrás de otras urgencias.
El humedal del Río Paraná es una de las áreas con mayor biodiversidad de la provincia de Santa Fe y del país y en el último tiempo este territorio ha sido escenario de una gran cantidad de incendios que han afectado su composición y la flora y la fauna se ha visto fuertemente afectada. la Ley de Humedales resuena como una necesidad urgente desde hace tiempo. Pero nadie se dispone con seriedad a su abordaje.
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Desde hace meses el humo anuncia en Rosario que del otro lado del río las cosas no andan bien. Sin embargo, hasta que la ciudad no estuvo invadida por el humo y el llamamiento de las autoridades locales a la Justicia se hizo público, nadie parecía entender lo imperioso del reclamo. Lo mismo ocurrió en Corrientes.
Medios de comunicación rosarinos dan cuenta que en junio se detectaron 800 focos ígneos en una semana y se necesitaron más de 70 brigadistas para poder combatirlos. El mes pasado este número fue en ascenso y fueron casi tres mil los focos activos a lo largo del Delta. La progresión es alarmante.
Son varios los grupos ambientalistas que aseguran que lo que está sucediendo en el humedal es un "ecocidio" y atribuyen causas intencionales al fuego. Ellos mismos afirman que la palabra resulta un tanto fuerte, pero no hallan otro término para definir lo que sucede y para bregar por respuestas urgentes. Las quemas indiscriminadas requieren de acciones de prevención y mitigación que resulten efectivas y estén encuadradas en un marco normativo apropiado, acorde al capital que estos espacios poseen en términos de biodiversidad.
Las voces que por estas horas se alzaron en torno a este tema coinciden en resaltar que las consecuencias de lo que se ve hoy se arrastrarán por años y plantean que quienes originan el fuego parecen desconocer que lo que se mata es la vida en esos espacios biodiversos donde la flora y la fauna autóctonas tienen una determinada dinámica que facilita la vida en las ciudades. También recuerdan que los humedales son fuentes naturales de agua dulce, un recurso tan valioso como escaso. En la misma línea denuncian que nada justifica que sean empleados como espacios productivos de los que sacar provecho. La mirada está puesta sobre la ganadería y sus prácticas.
Más allá de cualquier argumento, lo que resulta imperioso es detener el desastre ambiental y para eso la mano del hombre debe intervenir para morigerar los daños. Lo que está sucediendo con los humedales es apenas el botón de muestra de los múltiples perjuicios que sufre el ecosistema a causa de acciones desmedidas o ambiciosas.
Por inacción o falta de decisión la política y la justicia son responsables también de lo que sucede. La realidad muestra que no ha habido convicción de defender los humedales permitiendo la instalación de emprendimientos económicos o la realización de actividades sociales en espacios preservados.
Los ambientalistas lo aseveran con convicción: "Los abusos sobre este ecosistema son muchísimos y siempre la falta de control y compromiso en regular lo que se hace en los humedales, es la misma".
Frente a ello, la iniciativa de reintroducir árboles autóctonos en las superficies arrasadas por el fuego, parecería insuficiente. Revertir este proceso, demandará de políticas públicas activas y de un cambio profundo en la conciencia. Desarrollar la buena conducta ambiental es tarea urgente.
Las fotos, las crónicas, el humo que llega de las islas se extiende a las geografías urbanas y acerca el eco de un problema complejo, profundo y desatendido. Esas imágenes coinciden en tiempo con las que dan cuenta que la naturaleza en las superficies arrasadas por el fuego hace unos meses en Corrientes se está recuperando. Esos relatos hablan de la resiliencia de la naturaleza, un don cierto, pero insuficiente si no va acompañado de otras acciones que deben poner en marcha quienes tienen competencia y responsabilidad en la preservación de un patrimonio de un enorme valor ecológico. Esa capacidad de la vegetación de resurgir debe ir acompañada de marcos normativos apropiados y de sanciones severas. Solo eso impedirá que más temprano que tarde la sociedad esté lamentando otros estragos, porque por sí misma la resiliencia de la naturaleza no alcanza a resolver un problema de dimensiones inconmensurables.













