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La educación reducida al salario, los paros y las ofertas escasas

07 de marzo de 2018 a las 12:00 a. m.

Lo más peligroso del momento que estamos atravesando en la educación argentina es la falta de debate serio para trabajar sobre una agenda de mayor desarrollo y movilidad social.

Es claro que los países no se desarrollan sin pueblos instruidos y en el plano individual la movilidad social ascendente es solo posible sobre una buena base educativa. De manera que la escolaridad debiera ser entendida, además, como un activo para el país y no como un gasto.

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Si la idea es que la cuestión fiscal es más importante que la educativa, habremos perdido una vez más una oportunidad histórica de crear caminos de diálogos y aprendizajes dentro del sistema proponiendo reformas posibles con la participación de la comunidad educativa, docentes, padres y alumnos. Porque así es como se trabajan los cambios en serio en la educación. 

Sin embargo, hace décadas que estamos encerrados en la pelea entre los sindicatos y las sucesivas administraciones por el salario. Con dirigentes gremiales sospechados de estar influidos por ideologías muchas veces distintas a las del Gobierno y funcionarios que creen que lo único que importa es la planilla de Excel para ofrecer salarios a la baja. Es así como hemos reducido la cuestión educativa a las ofertas amarretas en las paritarias que se reducen inmediatamente en la convocatoria al paro. 

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Después se discute si el paro fue masivo, fue más o menos, si ganó el Gobierno o los gremios la pulseada. Y la verdad es que acá nadie ganó nada: la huelga no fue tan exitosa como antaño porque ahora el oficialismo descuenta los días de paro y en un salario bajo esa merma se nota mucho. Es así que en muchas provincias como la de Buenos Aires la mitad de los alumnos no tuvieron clase, según el gremio el ochenta por ciento. Ahora se debate el número como cuando se hace una marcha o un acto: los oficialismos dicen que fue un fracaso y la oposición afirma que fue un éxito. Como es inevitable, los chicos perdieron, unos porque no tuvieron clase y otros porque los docentes que fueron a las aulas pasaron más de la mitad del tiempo explicando que fueron a la escuela por responsabilidad pero que cobran poco. 

No hay una clara visión de lo que esperamos de la educación en los ámbitos políticos, donde los dirigentes se llenan la boca cuando son candidatos afirmando que la escuela es el camino, para callar luego cuando ganan los comicios. Tampoco un liderazgo político-educativo positivo que lleve a los docentes a una mejoría y no solo al paro. Tampoco tenemos un presupuesto que se comparezca a la realidad, porque sin recursos es difícil pensar en una verdadera reforma en educación. Las negociaciones salariales tienden a la baja: en promedio el salario docente bajó un 5 por ciento en 2016 y un 4 en 2017 en términos reales. Y para este año ofrecen un 15 por ciento en cuotas sin cláusula gatillo automática. No es para estar conformes, sin dudas. Tampoco para empezar las clases una vez más con un paro, como viene sucediendo hace años. Para esta altura tendrían que ser más creativos los gremios para reclamar por su salario y el Gobierno antes de tensar la cuerda ofrecer mecanismos de acercamiento.

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Para esto hay que dialogar sin preconceptos con sinceridad, lo que a estas horas ni el gremio ni el Gobierno parece tener intención de hacer. Todo porque la política mete la cola, ya que a esta altura nadie duda que Roberto Baradel, líder del mayor agrupamiento de docentes, tiene afinidad con el kirchnerismo. Lo mismo sucede con otro gremio que hace paros brutales como el de los bancarios, donde su jefe, Sergio Palazzo, es también un dirigente ligado al mundo K. ¿Qué está primero en las prioridades, los reclamos genuinos en defensa de los trabajadores o daño al  Gobierno de Cambiemos para arrimar agua al molino K?

La experiencia de otros países demuestra que es bueno mejorar salarios en combinación con requisitos más exigentes de formación docente, una carrera profesional basada en el mérito y no únicamente en la antigüedad y también con menor nivel de inasistencias. Esta sería una verdadera revolución de nuestra educación y es lo que pretende instalar el Gobierno pero desde los gremios se niegan a poner en discusión. Porque ante la existencia del suplente del suplente del suplente, los sindicatos tienen cada vez más afiliados y los recursos destinados a la educación hay que distribuirlos entre cada vez más trabajadores. El Gobierno, en ese marco, ofrece plus por presentismo para evitar las inasistencias, pero para los gremios ese no parece un buen negocio.

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De la mano de una mayor exigencia para el docente y mejor salario vienen las políticas curriculares y pedagógicas nuevas, pensando en una escuela dinámica que tenga relación con el mundo que les espera a los chicos en el Siglo XXI. 

Porque en medio de todas estas fallidas negociaciones, lo que estamos haciendo es ahondar la brecha entre los que más y menos tienen. Los pudientes irán a escuelas con clases todo el año y aulas más  cómodas y los de menores recursos terminan en escuelas públicas con muchos días perdidos por paros y en algunos casos con condiciones edilicias muy críticas.

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Toda esta cuestión lleva también a que si los puntos del salario son siempre el centro del debate, se desprestigia aún más a los docentes, cuando son claramente quienes inciden en parte de la formación de valores de nuestros niños. De modo que tampoco es positivo verlos tener que marchar e ir a la huelga año tras año.

Si vamos a hablar de educación en serio, de generar una reforma importante y sustentable de la escuela pública, debemos comenzar por romper el círculo vicioso en el que estamos inmersos. Y eso solo se logra, como en toda negociación, si todas las partes interesadas ceden algo.

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