La educación como bandera del progreso
Como cada vez que un año va llegando a su fin, se impone casi como condición necesaria la realización del balance. El año 2021 ha estado atravesado por la pandemia, que aún no ha terminado. Y en esas ventanas de alivio que ha propuesto la cuestión sanitaria, uno de los temas centrales que se pusieron en debate fue la cuestión educativa. El regreso a las clases presenciales con protocolos establecidos y la flexibilización de las restricciones que habían mantenido las aulas cerradas durante el año pasado y buena parte de este, trajeron como correlato la observación de los primeros saldos que la emergencia sanitaria va dejando sobre la educación. La virtualidad que operó como respuesta durante los primeros meses de la pandemia, luego exhibió limitaciones que no fueron solo de diferencias de acceso al uso de la tecnología. La presencialidad, que era la esencia del modelo, debió migrar a un formato cuanto menos novedoso y complejo en un sistema educativo fragmentado y desigual.
A la par de ello, los retrocesos históricos de la educación se pusieron sobre la mesa y volvieron a pensarse. Viejos problemas estuvieron en foco y la necesidad de la escuela de reformularse a sí misma se transformó en una constante. El debate educativo se impuso en la agenda pública como pocas veces antes en la historia. Sin embargo, a pesar de los diagnósticos conocidos, algunas decisiones terminaron por inclinar la balanza en favor del "aquí no ha pasado nada" promoviendo y dejando de lado las dificultades que aparecieron con la irrupción de la pandemia y se profundizaron por las circunstancias que más allá de haber sido coyunturales, mostraron la realidad de un sistema atravesado en todos sus niveles por una crisis ya estructural.
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Lo que sucede con la educación no es un problema de la pandemia y, por lo tanto, las soluciones no pueden ser parches para eludir o disimular lo que exhibió con toda crudeza la emergencia sanitaria. Por el contrario, transformar la crisis en oportunidad, es la gran tarea. Y para ello es necesario sincerar realidades, mostrar con toda crudeza los diagnósticos y poner manos a la obra en la resolución de viejos problemas.
Por un lado, es cierto que la pandemia dejó fuera del sistema a quienes no pudieron seguir el ritmo de la virtualidad y hay que trabajar duramente por regresarlos a las aulas. Pero el problema en Argentina no es de acceso a la educación, la verdadera inclusión tiene otro costado. Las desigualdades se expresan en términos de calidad. La pandemia también mostró eso con toda contundencia: las diferencias en la calidad de la educación son brutales y tienen lamentablemente al factor socioeconómico como un condicionante real. Esto es vergonzante y brutal.
Hace mucho tiempo que la educación no brinda las oportunidades que promete y en este contexto la educación dejó de ser la escalera para el ascenso social. Eso ha sido consecuencia de muchos años de retroceso, de políticas educativas equivocadas y de un debate que de manera errática se ha corrido de la posibilidad cierta de devolverle a la institución escolar el lugar que requiere en una sociedad que está llamada a resolver problemas sumamente complejos.
Pensar que sin realizar profundas transformaciones en lo educativo van a poder resolverse determinantes sociales de pobreza y exclusión como los que tiene el país, es pensar que haciendo siempre lo mismo se van a lograr mágicamente resultados diferentes.
Tampoco se va a resolver la cuestión educativa que al decir del especialista Jaim Etcheverry sigue siendo "una tragedia", quizás empiece por entender que el problema es de todos. Ni del nivel inicial, ni de la primaria, ni de la secundaria, ni de la universidad. De todos, y ese colectivo también incluye a la política y a la sociedad que deben dejar de pensar que esto es algo que les pasa solo a otros. Que la escuela no prepare para el mundo del trabajo ni para el estudio en un mundo que se mueve al ritmo del avance vertiginoso del conocimiento, es por lo menos equivocar el modo en que se mira quizás el problema más importante que tiene el país, porque la cuestión educativa está en la raíz de todos los problemas que tenemos.
En el cierre de un nuevo ciclo lectivo la agenda de autoridades educativas y de las propias familias se pone en otro lado. Pero es imperativo no correr la mirada, e iniciar el nuevo año en la convicción de establecer una nueva agenda que tenga a la escuela y a sus problemas en el centro de la búsqueda de las soluciones. Que todos estén en la escuela el mayor tiempo posible, educándose en ella, aprendiendo y adquiriendo las habilidades que se precisan para la vida, debe ser la prioridad de los argentinos, más allá de las vicisitudes y restricciones que siga imponiendo la pandemia. No hacerlo es seguir poniendo excusas y ocluyendo la oportunidad cierta de abrirle paso a la resolución de otros problemas, que persistirán en la medida que la educación no se transforme en la bandera que nos conduzca hacia el progreso.











