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La desintegración del poder

13 de mayo de 2023 a las 12:00 a. m.

Cuando el poder se desintegra es un síntoma de la falta de poder real del Estado para hacerle frente a lo interno y lo externo. Cuando la debilidad es el centro de escena, las oportunidades de los especuladores se duplican. Saber de historia argentina no es un tema de escuela secundaria, pero sí una lección más que necesaria para entender que el poder central solo depende de su subsistencia en el tiempo.

Sin la capacidad de marcar agenda, aunque sea obsoleta, lo que queda es una despedida anticipada. Esperar en un tiempo de incertidumbre es casi como saltar al vacío. Por eso causan curiosidad los momentos que llevaron al presidente a declinar su candidatura sin un esquema encauzado de reemplazo de poder fáctico.

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En este caso, y como tendencia general de una gestión política muy deficitaria, el presidente salió de la escena del poder sin marcar el rumbo de la sucesión. No hay peor enemigo de la estabilidad que los problemas de sucesión.

El escenario actual de inestabilidad economía cambiaria es justamente la falta del ancla de expectativas de un programa de gobierno de continuidad. Si la elección es sobre la dolarización, la brecha cambiaria es un paso más hacia ello. Si la elección es dejar vacante la capacidad de reacción oficialista, las operaciones sobre mega devaluaciones son un paso a ello. Por eso es llamativo que el poder real no esté en la figura que lo ejerce sino en su entorno que no gobierna. Estamos más expectantes de un acto proselitista de la vicepresidenta que de la reunión entre el presidente y su banquero central.

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Somos testigos de la desintegración del poder. Claro, la Argentina conoce de episodios de abandono político, siendo el de 2001 el más reciente. Curioso: algunas de las fuerzas que moldearon ese episodio también están presentes hoy. Entre ellas el Fondo Monetario Internacional, una deuda impagable, un frente externo volátil y la total incapacidad del consenso.

No es el estilo de estas columnas la futurología, pero da sensación de desamparo que la clase política haya aprendido tan poco después de 40 años de democracia.

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Siendo una emergencia económica, social y política, ¿no convendría unificar posturas sobre algo tan común como el ahorro de los argentinos?, ¿no sería momento de unificar como política de Estado la deuda pública y privada?, ¿no estaría entre las prioridades tener una agenda común de disputa política? Esto último implicaría ordenar el debate político hacia temas urgentes como la inflación, la pobreza, el empleo, la seguridad, la salud y la capacidad productiva del país. Estos temas, primeros en todas las encuestas de opinión pública, son más importantes que la dolarización o si es conveniente o no quemar el Banco Central. Seamos cautos. La Argentina tiene potencialidad para crecer en equidad, ingresos y riqueza, pero depende de un sistema político que sepa dar rumbo, consistencia y seriedad al objetivo. El sinfín de alegorías mediáticas y gritos en público no son propicios para el debate de cómo llegar a bajar la inflación y la pobreza. Si la política se encarga de simplificar el voto a los extremos que hoy existen, tenemos poco para celebrar en 40 años.

La desintegración del poder tiene otro efecto indeseado: la condicionalidad del frente externo. La Argentina, en materia económica internacional, cuenta con poca paciencia. Deudores seriales y difíciles de trato, no solemos tener la reputación de un buen partner para el mercado y solo un poco mejor para los bancos de inversión o multilaterales.

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No es que debamos ser rehenes de la banca, que tanto tiene de objetable, pero sí inteligentes en su trato para salir lo más rápido de sus condicionalidades. El frente externo, en un mundo híper convulsionado, en guerra y con poca tolerancia a la competencia, es clave para ordenar la macroeconomía.

El FMI seguirá estando, aunque no sea lo ideal. La relación con Estados Unidos y China seguirá polarizando decisiones de inversión y alineación geopolítica. Lula todavía no termina de orientar su gobierno. La guerra afecta de manera desproporcionada el precio de la energía, los fertilizantes y los granos. Y la crisis climática predice más sequías extremas. Todo en un combo de inestabilidad política.

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Es casi un capricho no tener un rumbo de país ante los desafíos externos que demandan inteligencia estratégica y la visualización de un objetivo de país.

El frente externo también incluye la política exterior nacional. Los Estados que pueden negociar sin dogmas pero con principios suelen tener la confianza del sistema internacional. La Argentina hoy tiene un problema de alineación entre Estados Unidos y China que se presenta como dilema, pero en realidad es posible en convivencia. Para ello, no se pueden dar señales de acercamiento exclusivo en la Casa Blanca para después querer ser parte de los Brics, incluido el apretón de manos con Putin, hoy fugitivo de la Corte Penal Internacional.

Por eso, el concepto de desintegración es útil. Puede ser un momento puntual que culmine en la catástrofe de mil piezas por el suelo, o la transformación virtuosa hacia un futuro más claro. No se sabe. Lo que queda claro es que los próximos meses se vivirán como la pos-Paso en 2019 con un ciclo concluido para el presidente, aun antes de las elecciones generales.

La respuesta la tiene la política, ¿estará a la altura?

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