La condescendencia no siempre es buena educación
Una posibilidad de recuperar una mala nota tras otra. En febrero, mayo, julio, octubre, diciembre y la lista se sigue engrosando con múltiples opciones. Y el adolescente que va a la secundaria tiene claro (clarísimo) que, además, cuando le va mal en un tema, no importa qué materia sea, tiene muchas oportunidades de volver a rendir ese tópico y no toda la materia. Es decir, si tiene mil posibilidades, las usa todas.
Esta supuesta flexibilidad del sistema (que ayudaría al alumno) ha traído un fracaso educativo tras otro y de calidad, ni hablar. En la actualidad, hay pocos alumnos que construyan más contenidos y sumen competencias comunicativas, por el contrario, sienten que la escuela secundaria no les sirve para el mundo del trabajo.
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Hacer cada vez más laxo el sistema no contribuye con la cultura del esfuerzo. Estar permanentemente bajando la vara bajo las premisas de bajar índices de repitencia, de tener a los chicos dentro de la escuela, que todos terminen por lo menos el secundario, no solo no ha permitido cumplir con esos cometidos cabalmente sino que, de paso, hemos perdido calidad.
Hay que inyectar un poco de rigor a los profesores y a los alumnos. No hay que bajar la vara y sí hay que subir las expectativas sobre los docentes y los estudiantes. La educación requiere cambios curriculares, equipamiento actualizado, mejoras edilicias, magisterio reentrenado, familias involucradas, sinergia con la realidad económico-empresarial.
No es tiempo de más condescendencia con el error. El futuro se nos escurre. Hace 60 años Corea era un país rural, pobre y sufriente pues venía de la invasión japonesa y en ese momento era uno de los escenarios bélicos de la confrontación Washington-Moscú. Nuestro país, en esos años, aún conservaba la expectativa de ser, además de rector entre sus hermanos sudamericanos, una de las primeras naciones del mundo. Hoy el contraste continúa, pero invirtiendo los roles: Seúl es la capital de uno de los Estados más avanzados y tecnológicos mientras nosotros solo progresamos en la cantidad de planes asistenciales, con una clase media que se va pauperizando en una movilidad social enrevesada.
Existen mil ideas de cómo afrontar esta desgarradora realidad nacional, pero no nos ponemos de acuerdo para seleccionar siete y decidirnos a llevarlas a cabo. Lo que es más grave, también existen decenas de dirigentes que la única idea que poseen es la de acceder al poder para literalmente hacer la de ellos. De las mil ideas que esbozan nuestros locuaces funcionarios y políticos hay que focalizar en una, por lo menos una, la principal: la educación. La primera y excluyente riqueza es la que tenemos adentro. Nuestro conocimiento.
Corea es el resultado de una intensísima educación. Esforzada, metódica, moderna, tecnológica, capaz de agregar valor al trabajo, que es el secreto -cada vez menos opaco ya que todo el mundo sabe de qué se trata- de la riqueza, de los altos salarios -no para ganarle a la inflación sino para abultar el poder adquisitivo, algo sustantivamente distinto-, del progreso social -no cacareado o ropaje para exhibirse sino sentido en serio y traducido en hechos, especialmente enderezado a devolverle al pueblo ese maravilloso atributo de la movilidad social ascendente-.
La educación debe proveer a que los estudiantes porten toda su vida valores intangibles, pero de un inmenso poderío. La educación debe forjar personas fuertes, que tengan claro el rumbo. Y esa fortaleza de carácter, de decisión, de convicción, se forja en las aulas y en los patios día a día, con docentes contundentes en su accionar, dotados de herramientas académicas y disciplinarias para actuar como tutores del árbol en crecimiento. La escuela debe primordialmente ser la cuna del civismo así como la familia lo es del amor y de los valores esenciales, esos que forman para siempre. De la escuela argentina deben egresar ciudadanos argentinos cabales. Para ello, la escuela debe centrar su misión en un eje fundamental: no debe perdonar ni una falla, desidia, displicencia, indisciplina, dejadez. ¿Por qué la escuela debe ser estricta en ese punto? Porque es su obligación preparar a los niños y jóvenes para la vida ¿Acaso la vida perdona? Es un gran servicio de la escuela brindar los elementos que permitan superar los escollos y desafíos de la vida. Así como la familia nos da ternura, la escuela nos tiene que nutrir de fortalezas. El conocimiento es una de esas fuerzas. El firme cumplimiento de las exigencias propias de un estudio formativo es la otra faz de la fortaleza.
Lo que ha venido sucediendo con la educación por el relajamiento de la indispensable severidad con la que se debe enseñar y aprender tiene directa vinculación con el empobrecimiento de nuestra población. La carencia material es consecuencia; su origen la pobreza espiritual y la ignorancia. Es la familia, como primera escuela, y la educación formal las que nos pueden sacar de la pobreza y reabrirnos el camino hacia un futuro de luces.













