La campaña sucia, nefasta en cualquiera de sus formas
Amedida que avanzamos en este año preelectoral y nos acercamos a los momentos de las definiciones sobre candidaturas o posibilidades comiciales, el clima se va enrareciendo; rumores de difícil comprobación, alguna que otra infamia -si es personal mejor- van matizando el quehacer diario pergaminense.
Es el tufillo de que estamos frente al inicio de una campaña 2019 que será durísima y donde parece que usaremos las más antiguas malas artes de la política, lo que habitualmente denominamos como campaña sucia.
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Para poner blanco sobre negro de lo que estamos hablando, debemos distinguir porque muchos confunden campañas negativas con campañas sucias. Pero en realidad son dos estrategias completamente diferentes, aunque ambas persigan como objetivo denostar al adversario.
La campaña negativa busca poner en evidencia los errores y los defectos del adversario, con mucho más énfasis y sustancia cuando este es el que gobierna. Los estudia, los subraya ante el público, los pone en primer plano, los destaca, buscando que se advierta la grave equivocación que significaría votar por este adversario. Eso es una campaña negativa y la hemos visto en Pergamino y en los niveles provincial y nacional infinidad de veces. Si bien la campaña debería contener, ante todo, un caudal importante de propuestas sobre lo que se haría en caso de ganar, podemos decir que el estilo campaña negativa está dentro de lo normal y aceptable en nuestra política. Al menos es a lo que nos han acostumbrado.
Es la contracara de la campaña positiva. La que resalta las virtudes del propio candidato y su partido. La campaña propositiva, que ofrece soluciones, que afirma, que propone. Es la que la ciudadanía dice preferir, sin embargo rara vez se ve en estado puro, normalmente vemos una combinación de positiva y negativa.
Y así llegamos al tema que nos ocupa: la campaña sucia, que ataca al adversario, pero lo hace no resaltando sus errores y defectos sino creándolos. Porque distorsiona la realidad, inventa, atribuye cosas que no son reales. Y lo hace a sabiendas, con el único objetivo de dañar al otro sin importar cual sea el medio utilizado. No busca ilustrar al público ni prevenirlo. Concretamente, busca engañarlo. Este tipo de campaña no guarda las reglas de juego de la política ni de la ética.
Obviamente que en estos casos, una vez puesta en marcha la campaña sucia nada priva a que se aluda a cuestiones personales o propias de la intimidad, como ha sucedido en nuestra ciudad en más de una ocasión este año; a que se aprovechen las nuevas tecnologías para difamar o utilizar grabaciones para darles un sentido avieso. Sin dudas que paralelamente es fundamental que los funcionarios se cuiden en el buen sentido, no descuidándose con lo que graban por ejemplo, si es que tiene buena intención en lo que hace, se da por descontado.
Las sinuosas maniobras políticas a las que se presta la campaña sucia no son solo la mentira, la adulteración de documentos, audios y videos o el insulto gratuito, sino que además utiliza herramientas ilegítimas como el anonimato, el rumor irresponsable, los panfletos sin firma, las páginas falsas de Facebook o los whatsapp adulterados o descontextualizados, todas acciones que denigran el proceso electoral y erosionan la confianza en los políticos. Porque el ciudadano se enoja con el difamado primero, pero luego termina denostando a todos los dirigentes, porque se intoxica de tanta infamia.
Son recursos tan viejos como la política, como hemos afirmado, pero la moderna tecnología los potencia y transforma. Una de las innovaciones de la era digital son las noticias falsas, masivamente difundidas por Internet. Es así que aparecen blogs que pretenden ser medio de comunicación, pero no respetan los estándares de la profesión. Publican así cualquier cosa con una irresponsabilidad manifiesta.
La ciudadanía es responsable de no confundir la campaña sucia con información siendo veraz perjudica a un candidato, porque quien informa de un hecho relevante y cierto no incurre en este tipo denostable de prácticas, por mucho que el dato afecte negativamente a un dirigente. Por el contrario, hace un importante servicio al electorado, siempre que la denuncia se haga con datos de respaldo y sentido ético.
No faltan quienes sin hacer campaña sucia disfrutan en silencio el efecto de las falsedades que se vierten sobre las fortunas políticas de sus contrincantes, pero, a la primera oportunidad, les termina sucediendo lo mismo y la mentira los mancha en igual forma porque frente a este tipo de campañas lo importante es que todo el arco político la rechace, que cuide las propias reglas en las cuales quiere trabajar. Porque, en este metié hoy le toca a él y mañana a mí.
El debate político debe elevarse y abandonar la idea de la mentira y a la falsificación como herramienta para avanzar en el proceso electoral. Jamás puede dar la espalda a las verdades incómodas todo lo contrario, lo que no debemos hacer es prestarnos al juego sucio, al rumor malintencionado, a la difamación personal. Y es de esta cuestión que nació el dicho no voy a meterme en la política porque no voy a echar la honra a los perros. Una creencia que nos ha privado de muchos buenos vecinos que podrían haberse postulado para algún cargo y desistieron de hacerlo al ver que, en la campaña les podría esperar un calvario a él y a su familia.
Por eso si queremos mejorar vamos por más y mejor debate político, rechazando la campaña sucia en cualquiera de sus formas.













