La bronca, caldo de cultivo de los populismos extremos
El 30,4 por ciento del candidato ultraliberal Javier Milei en las Paso dejó a las distintas opciones divididas en tres tercios. El crecimiento de este candidato ha tenido como caldo de cultivo el mismo patrón que se ha repetido en otras sociedades y en otros tiempos no tan lejanos: crisis económica, deslegitimación aguda de las élites políticas, casos de corrupción más o menos generalizados, seria pérdida de confianza de todas las instituciones; crecimiento del crimen organizado y la delincuencia; inmigración y orden público. Así fue cómo caló el discurso muy simple y binario de Milei en contra de la "casta" y la galopante inflación de la Argentina e incluso su arremetida al sufragio popular como "fue el comienzo del fin del país".
Sin duda, dentro de la derecha se juega una coalición que al final vaya tras los republicanos o la posibilidad de una derecha moderada, que capte al centro y que reconstruya confianzas y certidumbres amplias que pueden no estar muy lejos de un programa socialdemócrata que deberá elaborarse al breve plazo.
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El punto es la fragilidad de nuestras actuales democracias y cómo, en función de ciertos elementos bullentes, tarde o temprano brota un populismo de cualquier extremo y el caudillo que se cierne como redentor del pueblo, aludiendo a "los otros" como los culpables de todos los males. Así las cosas, la ciudadanía de la democracia liberal se encuentra severamente interrogada.
¿Es posible en este complejo cuadro de líderes reactivos y populistas reafirmar a la democracia liberal, a la ciudadanía y a programas racionales y consensuales? Muy difícil pregunta en estos días. Hay que sumar al análisis que ya no son los ciudadanos o las clases socialesen sentido marxistalos que se oponen en el campo político. Se trata de oposiciones de múltiples identidades que confluyen desde toda laya en las mismas demandas y constituyen así al nuevo "pueblo" en antagonismo al poder instituido de las élites.
Como se ve en Argentina, es posible un populismo "para armar", de derechas e izquierdas, binario e invocador del "pueblo", caracterizado por crecer a partir de una democracia en crisis y aguda deslegitimación de las instituciones. Es, lisa y llanamente, una canalización de la rabia y la energía hacia algo muy distinto cuyo pronóstico es reservado.
Milei profetiza una Argentina potencia libre de inflación, menos Estado, dolarización, la eliminación de una casta política corrupta, libre disponibilidad de armas y órganos y retrocesos en los derechos de las mujeres y las disidencias. ¿La mayoría de sus votantes acuerdan con los puntos más problemáticos y polémicos de su ideario político? Posiblemente no, pero con lo que sí acuerdan es con las fórmulas simples que propone para solucionar los grandes problemas que aquejan transversalmente a todas las clases sociales y, en particular, a los sectores populares: inflación, inseguridad, corrupción y un Estado enorme que brinda escasos y malos servicios para la cantidad de impuestos que cobra.
Cerrar el Banco Central, expulsar a la casta política, despertar a los leones, devolver el poder al pueblo son fórmulas discursivas vacías que lograron interpelar una diversidad de demandas, enojos y broncas que las dos coaliciones más importantes no pudieron ni supieron interpretar ni contener: Unión por la Patria por su responsabilidad absoluta de la situación actual y Juntos por el Cambio por sus limitaciones políticas para explicar su fracaso pasado, delimitar posiciones nítidas y resolver sus problemas internos
¿Y por qué es creíble Milei? Porque no solo brinda explicaciones que suenan verosímiles sino que, también, ofrece respuestas simples a problemas complejos cuya realización parece solo depender de la voluntad de un líder político con su carisma y dotes intelectuales particulares. El voluntarismo genera esperanza y es su principal capital político ante una sociedad hastiada, confundida y triste que necesita que el tiempo de los cambios se acelere para poder comer mejor, no morir en la calle en un robo, conseguir una vivienda en alquiler y poder planificar mínimamente su vida.
Es sabido (iluso seria suponer lo contrario) que las transformaciones profundas del tipo que necesita Argentina serán procesos dolorosos y complejos que requieren decisión y confrontación, pero también coordinación de incentivos, negociación de intereses y templanza en momentos críticos; todo esto en el marco de una democracia en la cual muchos actores políticos y sociales tienen poder de veto, influencia y presión. A la parte del electorado que votó a Milei ese diagnóstico no lo atrae ni le importa mucho porque la bronca y el cansancio no se seducen con consensos políticos y pericia tecnocrática. Esos votantes demandan resultados cuya obtención parecen depender del triunfo de esa bronca encarnada en la figura de un liberal de dudosas credenciales y actitudes autoritarias.
En este contexto, ¿es posible para Unión por la Patria o Juntos con el Cambio ganar la elección? Lo de Massa es casi imposible porque su destino está atado a un Titanic económico que está al borde del hundimiento total. Por su parte, Bullrich sí tiene posibilidades, pero es una tarea difícil que demanda la claridad, coherencia y elocuencia que no tuvo su espacio político hasta el momento. Para ella, una vez resuelta la interna, será necesario que contenga los votos de la coalición, motive a votar a los ausentes y seduzca a algunos votantes de la Libertad Avanza con un programa y un discurso claro que muestre una agenda de transformación nítida. Y, a su vez, necesita explicar los caminos posibles para que ese cambio se vuelva una realidad y no una profecía no cumplida.
En momentos de crisis, a veces, la combinación de miedo y sensatez pueden ganarle a la bronca. ¿Patricia Bullrich puede ser más creíble que el profeta Javier Milei? Ese es su desafío, probablemente el mayor de su vida política: parecer creíble sin prometer milagros. Mientras tanto, Argentina vivirá, hasta el 22 de octubre, unos meses inéditos en toda su historia.















