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La Argentina frente al triunfo de Trump

11 de noviembre de 2016 a las 12:00 a. m.

Estamos mirando asombrados grandes marchas de protesta en Nueva York por el triunfo de Donald Trump, un distrito que votó abiertamente por Hillary Clinton. Lo que nos llama la atención es cómo se abrió una grieta tan importante en una nación donde las elecciones normalmente pasaban casi sin pena ni gloria, ganara quien ganara. 

Estos comicios, en los que votó un 40 por ciento de los norteamericanos -una cifra a la que nunca treparon precisamente por la apatía del ciudadano respecto de la política y por las características antisistema de Trump- se plantearon distintas desde el comienzo. La mayoría de los dirigentes de casi todas las naciones, en forma abierta o encubierta, apostaban a un triunfo demócrata pero el nortemericano eligió.

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Mauricio Macri, que ha tenido relación personal con Donald Trump -el empresario no el candidato- espera mantener buenas relaciones con Estados Unidos, aun cuando tanto él mismo con su canciller, Susana Malcorra, cometieron el resbalón de dejar trascender que apoyaban a Hillary.

Obviamente que es un error diplomático que los gobiernos se expresen respecto de las elecciones de otros países. Incluso la canciller, con vasta experiencia diplomática, también cayó en la misma trampa. O tal vez no fue un error sino una jugada, desde su convicción de que ganaba Hillary, que era la de muchos, para posicionarse mejor en el país sede de la ONU, donde persigue grandes aspiraciones personales, como es sabido.

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La idea ahora es reforzar los lazos con el nuevo presidente de Estados Unidos y evitar que la política proteccionista que fogoneó el republicano complique lo menos posible las relaciones comerciales con la Argentina.

Desde lo formal, Mauricio Macri felicitó a Trump a través de un twit y destacó: “Espero que podamos trabajar juntos por el bien de nuestros pueblos”. En las próximas horas habrá una carta más extensa al presidente electo para abrir una suerte de canal de diálogo con vistas a futuro.

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Es que, si bien como dijo Martín Redrado, Argentina es la preocupación Nº 100 de Estados Unidos y su nuevo presidente, desde lo personal hay un camino que empezar a de-sandar por la imprudencia cometida: Macri cuestionó a Trump por la idea de construir un muro en la frontera con México y no explotó su relación personal con el ahora presidente mientras duró su campaña. No es raro este comportamiento, porque el mandatario argentino no es claramente un proteccionista y como la mayoría, daba por hecho el triunfo de Clinton.

Es de esperar que Macri y toda la clase política tomen nota para no volver a caer en tan desprolijas acciones como criticar la plataforma de gobierno de un candidato, no solo porque el destino lo puede poner en el cargo y quedar en “off side” como sucede ahora sino porque sencillamente no corresponde a la dirigencia de otro país tales intromisiones.

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Quizás es que de tanto verlo lo hemos naturalizado, pensemos si no en cómo los mandatarios de la región opinaron y participaron activamente en la última campaña presidencial argentina, tomando claro partido por Daniel Scioli.

No está bien, por más que sea una práctica reiterada. Ahora le pasó a Macri. Ojalá que este nuevo fallo sirva a todos para aprehender una conducta que es sana y milenaria y que, por otra parte, es estratégica. 

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Lo interesante es que Trump apenas ganó las elecciones se suavizó como por arte de magia, que es lo que debe suceder tras un comicio, aún cuando protagonizó una de las campañas de denuncias más escandalosas de los Estados Unidos. Con la vehemencia convenció a un sector de la sociedad, pero ahora debe obtener la empatía del resto, por lo que es natural que haya bajado los decibeles.

También en una actitud que debería ser natural pero para nosotros no es tan frecuente, calificó a su adversaria de “incansable luchadora” y le envió saludos a toda la familia Clinton. Y ya ayer mismo se reunió con el presidente Barack Obama para hacer una transición normal.  En la Argentina no pudo suceder de igual modo porque Cristina Kirchner se encaprichó con no darle la banda presidencial a Mauricio Macri y llegó al desprecio institucional de no asistir al acto de traspaso de mando. Nos detenemos solo en estos dos gestos aunque hubo y hay hasta hoy muchos más que marcan las diferencias de institucionalidad que existen entre la Argentina y el país del Norte. Y, mal que nos pese, nos pone en el peor de los lugares en el concierto internacional aunque nos creamos los mejores del mundo, incluso mejores que Estados Unidos. Esta es la realidad que nos toca y que muchas veces como sociedad validamos, y no son detalles menores sino que hablan de nosotros como país, en todos los sentidos. 

También Estados Unidos se ha convertido por estas horas en un espejo en que Argentina puede reflejarse para bien. Allí se abrió una incipiente pero profunda grieta y sin demoras, lejos de capitalizarla políticamente, tanto el presidente saliente como el entrante intentan suavizarla desde sus respectivas tribunas, para pasar página rápidamente y calmar a quienes perdieron y no se resignan. 

En la Argentina y aunque las comparaciones siempre son odiosas, no podemos menos que reclamar a nuestra dirigencia que deje de fomentar la grieta que padecemos en el país, más allá de que sabemos que tanto al kirchnerismo como al macrismo les conviene ese efecto espejo para mantener sus caudales electorales. No le hacen bien al país y eso debieran tenerlo en cuenta.

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Lógicamente que con Trump en el Gobierno habrá cambios en la política internacional, como siempre sucede tras cada elección en Norteamérica, aunque es bien cierto que la diplomacia americana tiene constantes que nunca cambian.

Habrá que ver la política a desarrollar en el polvorín de Oriente Medio, las relaciones con la Otan que Trump amenaza con dar de baja, los contactos con el Mercado Común Europeo y cuál será el punto de su proteccionismo entre otras cuestiones.

La verdad es que la Argentina no exporta en forma significativa a los Estados Unidos, en realidad es menos de un 6 por ciento lo que aportamos desde aquí. De modo que nuestro comercio exterior no se verá claramente alterado en este aspecto. Se suponía que íbamos a profundizar este intercambio pero, de seguir la línea anunciada, es muy probable que esto no suceda. Es decir que una proyección que había no se dará, pero no más que eso. Pero al mismo tiempo, Trump amenaza con arrinconar los negocios que mantiene su país con China, el nuevo gigante asiático mundial y en este punto puede resultar una oportunidad para que nuestro país pueda colocar más productos de exportación. 

En lo que puede llegar a perjudicarnos, con su estilo populista (a la norteamericana no confundir con el estilo de Latinoamérica) y su tendencia al cierre de fronteras, es el mal humor que genera en los mercados financieros con sus anuncios y como son muy sensibles, terminen por tener miedo y eleven las tasas de interés. 

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Y esta no es una buena noticia para la gestión de Macri que necesitará el año próximo de créditos por unos 30.000 millones de dólares para financiar el déficit fiscal. Más allá de que estemos o no de acuerdo con tomar deuda para financiar déficit, es así como ha decidido el Pro salir de la encerrona en que está la Argentina.

Esperemos que Trump siga haciendo gestos de normalidad, para que la situación de Estados Unidos no se desborde en el plano económico. Lo que por el momento aún está lejos.

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