La apatía de la ciudadanía por el proceso electoral, algo que la política debe leer
De cara a las elecciones generales del mes de octubre, que tendrán su primer termómetro apenas en unas semanas cuando se celebren las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (Paso), las campañas electorales están en pleno desarrollo, aunque con más slogans que propuestas concretas a la ciudadanía. Incluso hacia adentro de...

De cara a las elecciones generales del mes de octubre, que tendrán su primer termómetro apenas en unas semanas cuando se celebren las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (Paso), las campañas electorales están en pleno desarrollo, aunque con más slogans que propuestas concretas a la ciudadanía. Incluso hacia adentro de las propias fuerzas políticas que competirán en las Paso se escuchan discursos que muestran posturas hasta antagónicas que abren fuertes interrogantes en relación a cómo harán luego los mismos candidatos para integrarse en una plataforma común para presentarse en la contienda general. Lo cierto es que con pocas referencias respecto de qué hará cada uno con los temas urgentes del país y con aquellos problemas estructurales que exigen de políticas de Estado capaces de sostenerse en el tiempo más allá de cualquier ideología partidaria, lo que sí aparece como un indicador es el escaso interés que generan en la sociedad las elecciones. Este dato preocupa por sus implicancias. A 40 años de la recuperación de la democracia en el país es alarmante que haya desinterés respecto de candidatos, propuestas y fundamentalmente de las herramientas que brinda la política para resolver los problemas de lo cotidiano.
En un contexto en el que varias provincias han desdoblado su calendario electoral y adelantado sus procesos eleccionarios para separarlos de la competencia nacional, se advierte que hay un elevado porcentaje de la ciudadanía que se ha mostrado reticente a ir a las urnas o que directamente no ha ido a votar, renunciando de este modo a la posibilidad de expresar su voluntad. En algunos lugares la cantidad de electores que han emitido su sufragio ha sido sensiblemente menor a la de otras instancias electorales y en la mayoría de las provincias donde ya ha habido instancia electoral el nivel de participación arrojó los volúmenes más bajos desde la recuperación democrática. A ello se le suma que el número de votos que se han hecho en blanco o que por alguna razón han sido impugnados también aparece como un dato llamativo que alerta a políticos y analistas. Aseguran que esto tiene que ver con la falta de credibilidad en el sistema, algo que resulta sumamente preocupante en una democracia que, aunque ha tenido serias dificultades para dar respuestas a problemas reales, ha sido y es el mejor sistema de vida que puede adoptar una sociedad para desarrollarse.
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Hay quienes también aseveran que este desinterés se da en las Paso por considerarlas apenas una interna entre los partidos políticos, pero aun sosteniendo este argumento, también prestan atención al hecho de que es una forma de expresar descontento.
Nadie sabe a ciencia cierta qué sucederá en las Paso del 13 de agosto en relación a la cantidad de ciudadanos que finalmente asistirán a votar. Y menos aún cuál será el comportamiento de la ciudadanía en las elecciones generales del mes de octubre. Lo que si se advierte es una apatía quizás producto del hartazgo o de la falta de puentes para conectar las necesidades de la sociedad con las prioridades de la política. Por el motivo que sea, que no puede generalizarse porque responde a causas subjetivas propias de cada persona en relación a su sentir y a su comunidad, lo que subyace a esa apatía es la necesidad de intentar decir algo. No se deja de asistir a las urnas solo por casualidad. Más que causa de un fenómeno, es consecuencia y un llamado de atención al conjunto del sistema democrático.
Aunque perfectible, la democracia es el único sistema que propone, propicia y promueve la expresión del sentir popular y de una voluntad que se legitima a través del voto. No ir a votar no pareciera el camino correcto en dirección a seguir fortaleciendo una estructura institucional que al país le ha costado mucho conseguir y mantener.
Si bien las deudas de la democracia aún son muchas, quizás por eso, la necesidad de ir a votar resulta imperiosa, tal vez más imperiosa que nunca, aunque desde algunos sectores y atendiendo a conveniencias de pequeña dimensión se desaliente ese acto soberano.
Y hay que hacerlo con el entusiasmo del primer día y con la esperanza renovada de que es en el cuarto oscuro donde es posible cambiar una realidad consolidando un rumbo o cambiándolo radicalmente.
No se puede desconocer que en la anomia crece el descrédito y se robustecen los mismos problemas que agobian a la sociedad. Candidatos, especialistas en opinión pública y líderes de opinión se interrogan sobre los motivos de esa ausencia de la ciudadanía en las urnas. Lo que sucede sin dudas los interpela a buscar nuevas formas de llegar a un electorado esquivo, cansado, descreído.
Hay que encontrar modos de incentivar la participación, conseguirlo es un signo de madurez de la dirigencia y de la propia ciudadanía que ya tiene el ejercicio suficiente para expresar su voluntad y ha aprendido en estos cuarenta años que el mejor y único modo de hacerlo es en la libertad que le propone la democracia, emitiendo con absoluta responsabilidad ese voto capaz de transformar el destino de una sociedad de la que se es parte.












