La amenaza a periodistas en Rosario: un acto inconcebible en democracia
La certeza de que el narcotráfico lesiona a las sociedades en todas sus dimensiones comienza a mostrar su rostro más cruel en la geografía cercana. La realidad que se vive en Rosario, donde bandas organizadas operan con la impunidad que les da la propia inacción del poder exhibe imágenes que...

La certeza de que el narcotráfico lesiona a las sociedades en todas sus dimensiones comienza a mostrar su rostro más cruel en la geografía cercana. La realidad que se vive en Rosario, donde bandas organizadas operan con la impunidad que les da la propia inacción del poder exhibe imágenes que hasta hace poco tiempo parecían confinadas solo a la ficción y al relato de historias que las crónicas periodísticas referían de otros países. Sin embargo, el daño de la narcocriminalidad se expresa a diario en la vecina localidad con consecuencias impredecibles si no se le pone coto.
Esta semana la colocación de un cartel de explícita amenaza a periodistas de un canal de televisión rosarino es apenas la punta del icberg de una verdad compleja que tiene a los rosarinos como rehenes.
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Más allá de la solidaridad para con los colegas que se han visto amedrentados en el ejercicio de su profesión, el hecho es de suma gravedad y no puede minimizarse por lo que representa la amenaza y por lo que el avasallamiento a la libertad de expresión significa para la vida en democracia.
Lejos de una actitud corporativa, el espíritu de esta reflexión es hacer un llamamiento a las autoridades que no terminan de asumir la dimensión que ha tomado este problema, o lo que es peor, por acción u omisión contribuyen a que el espiral de violencia desatado no encuentre límites.
La amenaza a periodistas muestra como en pleno centro de una de las principales ciudades del país cualquiera puede colocar una pancarta con un mensaje lesivo sin ser visto ni persuadido, como si el Estado se hubiera corrido de su función primordial. Si bien la actuación judicial posterior habilitó una investigación que está en curso, la semilla del terror que supone una amenaza de estas características, ya está sembrada. Como está sembrado el miedo en vecinos que se rehúsan a hablar de lo que saben que sucede en las puertas de su casa, o en barrios de emergencia donde el narcotráfico ha coartado no solamente la libertad de quienes están presos del consumo de drogas, sino de la ciudadanía que atónita es testigo de cómo "las bandas" actúan baleando vehículos y propiedades sin medir costos ni consecuencias de una acción temeraria.
Hace mucho tiempo que en Rosario la narcocriminalidad altera la paz social y parece ganar la batalla, frente a la incapacidad de un poder político y judicial de contener lo que ocurre. La bandera colocada en el predio de un canal de televisión que funciona a pocos metros del Monumento a la Bandera es un botón de muestra más de una guerra desatada. ¿Faltaba que el avasallamiento llegara a la prensa para que la cuestión tomara otra visibilidad?
La reacción de entidades periodísticas y organizaciones que representan al personal de los medios de comunicación hizo que el tema escalara en la agenda pública y alguien se ocupara de la cuestión. Pero antes, la amenaza alcanzó a otros actores sociales y se naturalizó. Hasta dónde habrá que llegar para que finalmente sea una política de Estado la que se proponga firmemente ganarle la batalla al narcotráfico y hacerlo sin condicionamientos.
Los propios periodistas amenazados dan cuenta en sus crónicas de la desprotección con la que se vive en la ciudad. Sus relatos refieren que hay zonas a las que ya no es posible ingresar porque "es territorio ganado por los narcos". No hablan del temor que ellos sienten en el ejercicio de una labor que supone una buena cuota de coraje; expresan lo que les pasa a sus vecinos, a muchos de los cuales conocen porque la dimensión de una ciudad como Rosario hace que sea común conocerse las caras y saberse los nombres propios del que vive cerca.
Lo que sucede en Rosario y esta semana encontró en la amenaza a la prensa un escenario de acción, es la parte visible de una compleja realidad que corroe la trama oculta de una sociedad coptada por el narcotráfico. Existe un comportamiento mafioso detrás del avasallamiento a la libertad y hasta la propia fisonomía de la ciudad y el modo de vivir de su gente se ven modificados. Cortar los hilos de esa trama es una tarea urgente, que compromete no solo al poder local sino provincial y nacional.
Esta amenaza no ha sido la primera y nadie garantiza que sea la última. Otros profesionales de la comunicación abocados a investigar redes delictivas que operan en Rosario han sido blanco de ataques antes. Diarios, portales y profesionales independientes no han escapado a este azote. Y eso siembra temor, porque a la luz de lo que sucede en las calles todos los días, nadie duda de la capacidad de daño que tienen esas organizaciones para mostrarle a la sociedad su poder
Frente a ellas hay que actuar con la institucionalidad como herramienta, tal vez la más poderosa al alcance de la mano. Preservar y dar todas las garantías a esos que están en riesgo y asumir con toda la complejidad y crudeza que detrás de cada amenaza hay una afrenta a la libertad de expresión y a la democracia que es un bien que pertenece a todos, es un ejercicio urgente. No hacerlo es dejar que la escalada continúe y ascienda a niveles impredecibles, propios de cualquier serie de ficción, pero tristemente real y cierto. Acá nomás, cerca de casa.














