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La agenda de género: un aspecto de lo social que no debe invisibilizarse

02 de diciembre de 2023 a las 12:00 a. m.

Hace apenas unos días, la efeméride que recrea la lucha por la eliminación de la violencia contra la mujer puso una vez más en agenda un tema que merece la atención de los gobiernos porque expone una de las cuestiones más acuciantes de la sociedad como es la desigualdad de género. Aunque en los últimos años han sido significativos algunos pasos dados, todo lo realizado resulta insuficiente a la luz de lo que muestra la realidad.

La problemática no es privativa de Argentina. A nivel de América Latina la difusión de algunas estadísticas que delinean un mapa preocupante. La información surgida de los datos recolectados de los observatorios locales muestra que la región no es homogénea. Sin embargo, también exhibe que, a pesar de estar atravesada por diferentes culturas, tradiciones, geografías, idiomas y lenguas, la violencia machista está presente en todos los países. 

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El femicidio es la expresión más alevosa de la violencia contra las mujeres: el asesinato de una mujer por el solo hecho de ser mujer. Es también la forma más visible y espeluznante de la violencia machista. 

Pero hay muchas otras: el acoso, la violencia física y sexual, las brechas salariales y de oportunidades y la inequidad en las tareas de cuidado, entre otras. De acuerdo al último registro del Observatorio de Igualdad de Género que depende de la CEPAL, en un año, al menos 4050 mujeres fueron víctimas de femicidio. 

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Desde el organismo remarcaron que, en la última década, al calor de la movilización de las organizaciones de mujeres, los Estados de la región reconocieron la gravedad de la violencia femicida y la necesidad de trabajar para prevenirla y sancionaron leyes y protocolos. Sin embargo, los femicidios no descendieron. En algunos países, incluso, aumentaron.

Cada 25 de noviembre en Argentina se visibiliza la problemática de la violencia de género y se pone en agenda el trabajo que se necesita para su erradicación.

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La Ley 26.485 de Protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales, fue sancionada en el año 2009 en la Argentina y constituye una herramienta fundamental en la lucha contra las violencias. En el artículo 5° señala una de los tipos de la violencia de género: la denominada "violencia sexual", la que incluye la explotación de la prostitución, la esclavitud, el acoso, el abuso sexual y la trata de personas.

A pesar de los avances logrados, resta mucho camino por transitar. Y en este contexto del país en el que se prometen cambios radicales en el abordaje de las políticas públicas, no puede suceder que se retroceda en derechos ganados.

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En torno a las cuestiones de género, oficialismo y oposición abrieron una grieta sobre estos hechos que por su naturaleza deberían motivar coincidencias colectivas imprescindibles. Las discusiones en torno a la tarea del Ministerio de la Mujer, Género y Diversidad y la promesa del presidente electo de cerrar esa dependencia del Estado no debe representar la anulación de una mirada empática respecto de problemáticas graves y urgentes. Por el contrario, se avecinan tiempos en los que por la crisis económica y el resquebrajamiento del tejido social, se profundizarán situaciones que siempre encuentran en los segmentos de la sociedad más vulnerables escenarios donde expresarse con mayor virulencia.

El modo en que se aborda esta problemática, el tono social del debate que genera y una discusión que se detiene a menudo en las cuestiones solo coyunturales, no contribuye a que se alcances soluciones de fondo.

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Puede decirse mucho sobre las políticas de género. En algunos ámbitos, incluso pudo avanzarse en transformaciones, pero no alcanza con analizar la problemática ni ponerla bajo el prisma de la ideología. No resultan suficientes las medidas "insignia" que hacen suponer que se está trabajando mucho en el acompañamiento a las víctimas, cuando en verdad, nada cambia. Por el contrario, la problemática se agiganta y muestra costados cada vez más deshumanizados.

Tal como ha sido mencionado en este mismo espacio editorial alguna vez, cuando se trata de violencia de género, el tema no se reduce a la agresión física ni siquiera al daño psicológico. El problema es mucho más profundo y compromete distintas dimensiones de la estructuración de la vida misma de las sociedades. Una sociedad que legitima la violencia, que la denuncia pero que se muestra reticente a actuar para erradicarla de fondo y en algunas ocasiones la minimiza. En la antesala de una nueva etapa en la vida pública argentina, el tema merece ponerse una vez más sobre la mesa, para promover que se deje de actuar por espasmo y por el contrario con Ministerio o sin él se avance en la búsqueda de los verdaderos espacios de representación para ubicar esta problemática entre las prioridades de la agenda común. No hacerlo es invalidar la posibilidad de una construcción colectiva de las soluciones que hacen falta.

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