La agenda de género como cuestión urgente
Como cada 25 de noviembre, el Día de la Erradicación de la Violencia contra la Mujer volvió a colocar en la agenda pública un tema que preocupa: la violencia de género. A pesar de las políticas públicas que se instrumentan las estadísticas siguen mostrando el horror: un nuevo informe del...

Como cada 25 de noviembre, el Día de la Erradicación de la Violencia contra la Mujer volvió a colocar en la agenda pública un tema que preocupa: la violencia de género. A pesar de las políticas públicas que se instrumentan las estadísticas siguen mostrando el horror: un nuevo informe del Observatorio de Feminicidios en Argentina, a cargo de la ONG La Casa del Encuentro, reveló hace unos días que en lo que va de 2021 se cometieron 227 femicidios y diez transfemicidios o travesticidios en el país. Los datos refieren que solo el mes pasado, la violencia sexista se llevó la vida cada 23 horas.
Si bien las estadísticas oficiales son las que elabora la Corte Suprema de la Nación (CSN), y aquellas que corresponden a 2021serán divulgadas recién a fin de año, el informe difundido por la Casa del Encuentro representa la descripción más actualizada de una problemática que no da tregua. Con la elocuencia de una realidad que golpea, las estadísticas muestran con total claridad que no alcanza con proclamar interés por resolver las cuestiones de género. Se requiere de cambios culturales profundos para que la violencia sexista deje de ser el flagelo que representa. El informe elaborado por la ONG detalla que como consecuencia de los 227 femicidios ocurridos hasta el 31 de octubre, 255 hijas e hijos quedaron sin madre.
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El relevamiento detalla, además, que se produjeron 18 "femicidios vinculados de varones" se entiende por ello al asesinato en el cual el femicida con el objetivo de infringir mayor daño sobre su víctima asesina a un hombre allegado a ella-.
Si se tiene en cuenta que detrás de cada dato estadístico se esconden historias, la tragedia se observa en toda su magnitud. Y genera no pocos interrogantes. ¿Alcanza con impulsar medidas que solo actúan cuando la violencia ya ocurrió? ¿Se invierten recursos en la prevención de las situaciones de violencia? ¿Puede una sociedad violenta en muchas de sus dimensiones, erradicar los hechos que vulneran los derechos de las mujeres? ¿Se considera este tema una cuestión prioritaria de carácter público o se sigue observando como algo de la esfera privada que se mira con cierta curiosidad y una cuota de morbo cada vez que un hecho trágico ocurre y toma trascendencia en las noticias?
La realidad y el consecuente crecimiento exponencial de las estadísticas muestran que si bien producto de políticas públicas se han establecido líneas a través de las cuales requerir ayuda; se han abierto espacios pensados para la asistencia a las víctimas y se incentiva a la denuncia de los hechos, no es fácil dar ese paso y quebrar un espiral de violencia que termina por naturalizarse.
Cuando se trata de violencia de género, el tema no se reduce a la agresión física ni siquiera al daño psicológico. El problema es mucho más profundo y compromete distintas dimensiones de la estructuración de la vida misma de las sociedades. Una sociedad que legitima la violencia, que la denuncia pero que se muestra reticente a actuar para erradicarla de fondo y en algunas ocasiones la minimiza estigmatizando a quienes sufren este tipo de situaciones, esconde muchas y profundas desigualdades. Lo que ocurre en la esfera íntima, también se traduce en el acceso al trabajo, en la dependencia económica y emocional, en el establecimiento de formas de relación. Y en la legitimación de roles.
Con crudeza, los hechos que no solo siguen ocurriendo sino que se multiplican confirman que a pesar de los esfuerzos realizados desde los dispositivos que brindan ayuda, poco pudo transformarse la realidad que azota no solo a las víctimas, sino que corroe el tejido social, y se perpetúa en la medida que no se instrumenten las acciones adecuadas que pasan por muchos lugares, entre ellos la educación, entendida como fenómeno de aprendizaje social desde el cual forjar nuevas formas de relación en términos individuales y colectivos.
Sin caer en lugares comunes el espíritu de este comentario es invitar a una reflexión profunda sobre la desigualdad. Volver a poner en la agenda pública este tema como una cuestión prioritaria en cuya resolución deben intervenir por igual hombres y mujeres. Esto trasciende la efeméride. Como eco de las actividades desarrolladas el 25 de noviembre el tema está presente en las primeras planas de los diarios y en los principales espacios de noticias. Pero no alcanza con eso. Como ha sido señalado en reiteradas oportunidades, la agenda de género está convocada a decir presente en el debate de la sociedad actual, porque no hay que olvidar que aquello que reflejan las estadísticas, es apenas la punta del isberg de un problema tremendamente complejo frente al cual hay un llamado urgente al hacer.
Se necesita de manera urgente un Estado proactivo y regulador: ya no alcanza con leyes, con ministerios, ni siquiera con fondos económicos para escuchar a la mujer. Falta avanzar en la justicia y la prevención de la violencia y en el sostenimiento y fortalecimiento de políticas articuladas que aborden estas situaciones en toda su diversidad. Agotar el compromiso individual solo en la compasión es invalidar la posibilidad de una construcción colectiva de las soluciones que hacen falta.














