La acallada voz de la clase media tiene que resurgir
La sociedad, como conglomerado humano total, que convive en un destino común, debe tener la oportunidad de participar, no solamente en la formación del poder del Estado sino también en el diseño del rumbo que ha de trazarse para la consecución del bien común, que es el objetivo del ejercicio...

La sociedad, como conglomerado humano total, que convive en un destino común, debe tener la oportunidad de participar, no solamente en la formación del poder del Estado sino también en el diseño del rumbo que ha de trazarse para la consecución del bien común, que es el objetivo del ejercicio del poder, y además en el control de las acciones que conducen a su logro.
Es preciso e inexcusable, en consecuencia, que el poder político promueva y favorezca la apertura a esa participación, como protagonista, a la sociedad plural en las decisiones del poder, a través de expresiones de apoyo o crítica, de propuestas o demandas, que se la deje opinar, intervenir y controlar, que convierta a la sociedad en un partícipe activo de su propio destino. En esta condición se resume la auténtica significación de la palabra democracia.
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Para la efectiva participación de la sociedad, no alcanza con la esporádica oportunidad de elegir a sus representantes en un comicio.
Es necesaria una colaboración o implicación permanente, que se afirma y se consolida desde dos frentes: en primer término, que el poder político ofrezca la sensibilidad necesaria conducente a esa apertura a las pretensiones de la sociedad y, en segundo lugar, una actitud dinámica, decidida por parte de esa misma sociedad. Porque esa participación no solo choca con la conducta mezquina del poder sino también con la desidia y la indolencia de un grupo social insensato e irresponsable, que obstaculiza el ejercicio de un poder compartido y esencialmente democrático. Es necesario que exista una interpenetración entre el poder político y la participación activa de la sociedad, para que pueda hablarse de un sistema genuinamente democrático.
Pero cuando esa ósmosis entre poder y sociedad no se produce por la actitud despótica, asfixiante y negativa del poder; cuando se pone de manifiesto la voluntad de impedir la libertad de expresión, ante la obstrucción del ánimo de diálogo y el entorpecimiento de la intercomunicación, es preciso entonces que la demanda de participación adquiriera el nivel de exhortación a responder al derecho de peticionar a las autoridades, reconocido en el artículo 14 de la Constitución Nacional. Una sociedad raquítica en su deber cívico, que se aborrega ante el poder, es partícipe de sus avasallamientos, que conducen a instalar un gobierno sord y ciego (nunca mudo), cuyo único objetivo es el de satisfacer su éxtasis por las riquezas personales, o el que se manifiesta en el decadente lenguaje inexpresivo de los incapaces de asumir una representatividad que les fue requerida al designarlo.
Por supuesto que dentro de la sociedad total existen grupos diversos que conforman un pluralismo con distintas expresiones políticas, diferentes apetencias sectoriales e intereses particulares, unos más o menos complacientes del poder, otros decididamente enrolados en una postura de censura, pero lo relevante es que subsista una ciudadanía numerosa que, a través de esos grupos de interés, conforme un pluralismo que se alce como circuito de limitación a los excesos o las incongruencias del poder.
El deber cívico de plasmar ese entorno condicionante y limitativo del poder recae, preponderantemente, sobre las agrupaciones y referentes políticos, cuya ambición es la de llegar a participar en las decisiones y en el ejercicio del mismo, a quienes les cabe, en consecuencia, la responsabilidad de no limitarse a cuestionar u oponerse a medidas de gobierno inconsultas o nocivas para el país, sino también a proponer programas de gobierno que expresen ante los ciudadanos la planificación que ofrecerán para encauzar los diversos ámbitos de la administración del Estado.
La desidia y el raquitismo de ese grupo social, tan relevante en la participación y el control del poder, se pone de manifiesto cuando la obligación cívica de asumir la representación de una ciudadanía postergada y asediada por necesidades elementales insatisfechas se diluye en la lucha intestina por el protagonismo y la pretensión de mezquinos liderazgos personalistas, en lugar de madurar soluciones que, si no son de posible aplicación inmediata por no poseer la autoridad para concretarlas, al menos ofrecen a la ciudadanía el propósito de un plan de gobierno, que sosiegue la incertidumbre y genere un sentimiento de esperanza.
El debilitamiento de la participación ciudadana produce una anemia social de la que saca partido el poder político ineficaz y estéril, al otorgarle a éste la oportunidad de acrecentar su actuación malsana y su proclividad al autoritarismo, encerrado en un gobierno egocentrista que ignora, cuando no desprecia, las necesidades, las apetencias y las propuestas del ciudadano.
Dentro del conglomerado social, existe hoy en la Argentina, un grupo importante, no solo por su número sino por haber constituido la base y el fundamento de un crecimiento ejemplar y la médula de un pueblo que se elevó desde un analfabetismo generalizado a una intelectualidad sobresaliente, donde se construyó una clase media pacífica, laboriosa, honrada, que conserva un amor perseverante por su familia y su patria, que respeta las leyes y la convivencia; esa ciudadanía que ahora parece haber sido relegada por movimientos "sociales" que se han apropiado de las calles y las plazas, sometidos en la humillación de ser deshonrados en la pobreza y la ignorancia, por mandamases y cabecillas desalmados.
Ese grupo social postergado permanece oculto en un anonimato absurdo, irracional e injusto, mientras trabaja sin descanso y sin otra retribución que una catarata de exigencias; de cargas que se le imponen sin piedad por un poder al que debe someterse entregando el fruto de sus esfuerzos, solo para que ese poder subsista mediante la dádiva infame que distribuye sin sonrojarse.
Es allí, en ese conglomerado social de la dignidad cívica y humana, donde debe renacer una Argentina honorable y floreciente, a través de una participación decidida pero pacífica, que se propague entre el vecino, el amigo, el compañero de trabajo, el ama de casa en el supermercado, en toda reunión familiar o social, con voces valerosas que no teman la andanada de prepotentes sometidos a la indignidad de la limosna que soborna. Una acción de civismo espontáneo, manso pero fervoroso; sosegado pero altivo; que termine acorralando al fanatismo ciego del servilismo aborregado.













