Juan Carlos Zaugg, un hombre comprometido con la vida de su comunidad
Juan Carlos Zaugg nació el 4 de marzo de 1952 en Santa Teresa, provincia de Santa Fe. Hijo de Delia y Omar, ella ama de casa y él ferroviario. Fue la actividad laboral de su padre la que hizo que su estadía en su lugar de nacimiento fuera casi circunstancial....

Juan Carlos Zaugg nació el 4 de marzo de 1952 en Santa Teresa, provincia de Santa Fe. Hijo de Delia y Omar, ella ama de casa y él ferroviario. Fue la actividad laboral de su padre la que hizo que su estadía en su lugar de nacimiento fuera casi circunstancial. En verdad creció en Pueblo Casas, una población rural pegada al Ferrocarril Belgrano donde la vida transcurría de manera apacible. Guarda lindos recuerdos de ese tiempo. "Allí hice la escuela primaria y tuve mis primeros amigos". Tuvo un hermano mayor que falleció hace dos años, Omar Abelino.
Actualmente Juan Carlos tiene 69 años que vive plenamente después de haber atravesado una condición de salud compleja de la que habla con la templanza de aquellos que le ponen el cuerpo a la dificultad y la resuelven con predisposición: "Hace unos años recibí un trasplante de riñón de un donante cadavérico, luego de haber hecho diálisis durante 10 años".
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"Gracias a Dios existe la donación de órganos que me salvó la vida", expresa apenas se inicia una charla en la que recorre las principales vivencias de una rica biografía personal y rescata los aprendizajes de cada experiencia.
Llega a Pergamino y forma su familia
Comenta que llegó a Pergamino en la década del '80: "La 'patrona' estaba acá, ella era nacida aquí". Habla de Mabel Nadur, maestra y quien fue su esposa y compañera de vida. Ella falleció hace dos años. Los unió el amor, fruto del cual nacieron sus tres hijos: Juan Yamil, Matías Miguel y Rafael Omar. "Los tres son médicos, recibidos en la Universidad Nacional de Rosario", señala mostrando la satisfacción que representa para él verlos realizados, cumpliendo sus sueños. "Dos de ellos trabajan y viven en Pergamino y el otro está radicado en Cipolletti".
"Rafael es médico cardiólogo, trabaja en el Hospital Fernández y en el Hospital San José y es médico presidencial; está casado con Soledad Olsen; Matías es médico clínico, ejerce en Pergamino y está casado con Romina Couto, y Juan es médico radiólogo y está en pareja con Paula de Martis", describe.
"Soy abuelo de seis nietos con el que viene en camino: Matías tiene a Joaquín y Trinidad; Rafael a Francesca; y Juan a Sherezade y Sebastián y está esperando a Ana".
Recuerda a su esposa en varios momentos de la charla y cuenta con un dejo de nostalgia que se habían conocido circunstancialmente en un viaje. "Yo estaba viviendo en Necochea, y viajaba cada fin de año a la casa de mis padres a Santa Fe. En uno de esos viajes la conocí. Ella venía de Mar del Plata a Pergamino".
Estuvieron un año de novios, se casaron y se establecieron en Pergamino, en el barrio Villa Progreso, donde vivieron siempre. "Perdí a mi esposa hace dos años, fue un golpe duro, hoy vivo solo, asistido por Florencia y Melanie que me acompañan y son parte de mi familia", agrega.
"Vengo llevando la viudez como puedo, lógicamente que no es fácil porque uno pierde a la persona con la que vivió gran parte de la vida. Pero cuando eso sucede, uno saca fuerzas, se deja acompañar por los efectos, y entiende que comienza una nueva etapa de la vida", reflexiona.
Hacer por la comunidad
Cuando se estableció en Pergamino de inmediato se introdujo en la vida de la comunidad a través de su participación en distintas instituciones y su aporte a proyectos que pudo concretar. "Cuando mis hijos estaban en el jardín de infantes comencé a colaborar con la asociación cooperadora de la Escuela Nº 62, institución de la que fui parte incluso hasta después que los chicos terminaran la universidad".
"Apenas me invitaron a participar me sumé porque siempre sentí una fuerte vocación por colaborar desde el llano en proyectos comunitarios y porque siempre consideré que las instituciones educativas necesitan del aporte y compromiso de las familias y de los vecinos", resalta y recrea las experiencias de "un tiempo hermoso".
"La escuela llegó a tener más de mil alumnos en primaria. Los padres hacían cola para inscribir a los chicos en la escuela, era una comunidad muy activa con familias comprometidas".
Relata que cuando él comenzó a trabajar el establecimiento ya funcionaba en el actual edificio. "Hacía poco tiempo que se había abierto, porque antes la escuela funcionaba en calle Santiago del Estero. Cuando se terminó el edificio se transformó en la Escuela Nº 62, una institución que acompañé desde que el jardín de infantes estaba en la misma escuela hasta que mis hijos fueron médicos. Siempre seguí, en los últimos años fui presidente de la Asociación Cooperadora y siento un cariño entrañable por esa institución de mi barrio, el lugar donde se educaron mis hijos".
"Siento una profunda gratitud porque la escuela, aparte de que le dio la educación a mis hijos, fue una compañía para mí", señala.
Vocación de colaborar
Menciona que su paso por la cooperadora y las experiencias adquiridas hicieron que pudiera desembocar en otras instituciones para prestar su servicio de manera desinteresada. "También participé mucho de la organización de festivales en verano. 'Pergamino a todas luces' era la propuesta que hacíamos en el Club Desiderio de la Fuente. Era muy lindo, después se nos fue de las manos la organización porque no teníamos gente para trabajar. "A mitad de temporada en la Casa de la Cultura hacíamos festivales, tuvimos la posibilidad de traer a grandes artistas, hicimos el festival de acordeones, estuvo Teresa Parodi, promovíamos muy lindos espectáculos".
"Y lo último que hice fue participar de las gestiones para la construcción del Parque Belgrano", refiere en un inventario de vivencias, insistencias y trabajo comprometido pensando en el bien de la comunidad y en el crecimiento del barrio del que se siente parte. "Ese predio estaba abandonado y con un grupo de vecinos anduvimos insistiendo para que pudiera recuperarse y el parque se lograra hacer", menciona con la humildad de aquellos que saben encolumnarse detrás de proyectos colectivos sin la aspiración de ser protagonistas. "Siempre me gustó trabajar desde el llano", recalca.
"La insistencia hace a veces que las cosas se logren hacer, y eso sucedió con el Parque Belgrano. Estoy realmente muy contento con lo que se pudo lograr. Está finalizando una obra que ha cambiado este sector de la ciudad de un modo increíble".
Por la ventana de su comedor se ve la calle Zeballos, una de las arterias que gracias a esa obra de infraestructura tiene conexión a través del Parque Belgrano con el centro de la ciudad. Cotidianamente es testigo de la modificación de la dinámica de uso de esta arteria y del crecimiento que esa obra representa para el barrio. "Es impresionante el tránsito que ha recuperado esta calle que ahora cruza el ferrocarril y desemboca al Centro. Antes quedábamos más encerrados", agrega y confiesa que la realización del Parque Belgrano fue como un broche de oro: "HYaber logrado eso fue una satisfacción, tengo guardado cada recorte de una gestión que fue larguísima y agotadora".
Confiesa el deseo de que aparezca en el horizonte "un nuevo proyecto que lo convoque" porque eso le permitiría ocupar el tiempo de un modo productivo y evitar que "la cabeza se ponga a pensar en cualquier cosa".
Una nutrida vida laboral
A la par de su participación comunitaria, Juan Carlos tuvo una larga historia de trayectoria laboral que comenzó siendo muy joven. "Cuando terminé la primaria no seguí estudiando, sí hice algunos cursos de instalador gasista y me dediqué durante un tiempo a hacer instalaciones y reparaciones. Pero esa actividad no la desarrollé durante mucho tiempo. Cuando estaba en Necochea trabajaba en una empresa dedicada a la venta de productos agroindustriales y veterinarios".
"Instalado ya en Pergamino comencé a trabajar en 'Tamequ', una metalúrgica que funcionaba cerca del Gabín. Y más tarde en Iradi, donde estuve prácticamente hasta que cerró", comenta. Y prosigue: "Después tuve un emprendimiento comercial propio".
Su relato hace referencia a un almacén que tuvo durante varios años en calle Luzuriaga. Conserva muchos recuerdos de ese tiempo y rescata el trato con la gente.
Reconociendo que se siente pergaminense, señala que en la ciudad siempre encontró oportunidades. "Este lugar me recibió con los brazos abiertos y me permitió crecer". "Trabajando junto a mi esposa pudimos mandar a nuestros hijos a estudiar. Ellos acompañaron mucho. El esfuerzo no fue solo nuestro para que pudieran estudiar. Ellos colaboraron, no se demoraron en recibirse, estoy satisfecho por el rendimiento que tuvieron. Creo que los hijos se dan cuenta del esfuerzo que hacen los padres", agrega en una charla.
Un ser resiliente
Cuando la charla lo interroga respecto del modo en que se ve a sí mismo, bromeando afirma que se considera "un multiuso". Esa apreciación habla de su versatilidad y de su capacidad de adaptarse a las distintas situaciones que la vida le fue planteando.
Ha afrontado duras pruebas. Una de ellas fue el cuadro de insuficiencia renal que lo llevó al trasplante. "La diálisis es un tratamiento complicado, yo lo hice en la Clínica Pergamino durante 10 años y lo tomé como una actividad que tenía que cumplir. Iba tres veces por semana cuatro horas y media. Nunca renegué y cumplí a rajatabla con las indicaciones, cuidándome mucho para poder soportarlo y que diera los mejores resultados".
Su testimonio da cuenta del valor de la buena actitud: "Desde el primer día estuve decidido a trasplantarme. Hice todos los trámites solo, viajé todas las veces que fueron necesarias, averigüé dónde tenía cobertura de la obra social y me quedé en Favaloro, donde cuando llegó el momento recibí el órgano que mi cuerpo precisaba".
Describe cada instancia de la espera y con precisión el momento en que le avisaron que estaba dentro de un operativo: "Fue un miércoles, iba a diálisis cuando me llamaron de Favaloro; atendí, me comunicaron que se había desplegado un operativo y me comentaron que estaba tercero en la lista de espera, pero que tenía muchas posibilidades por la alta compatibilidad que había con el donante. Me corrió un frío por la espalda. Terminé la diálisis y viajé en remis para el trasplante. Entre al quirófano a las 22:05 y salí a las 2:30 de la madrugada. De inmediato mi cuerpo aceptó el órgano y desde ese día me cambió la vida".
Sus brazos guardan las marcas del tratamiento y su alma las huellas de una espera que transitó con coraje.
Habla de sus emociones sobre el final. Y la gratitud se expresa. Es mutua. El agradece la posibilidad de contar su historia. Y quien escribe, la oportunidad de rescatar el testimonio de alguien que ha hecho mucho por su comunidad y que en lo personal ha sabido tomar de la vida cada reto como desafío. Su relato es aprendizaje.

















