José Luis Bichara, la amabilidad como atributo para su trabajo y para la vida
Está a cargo de la recepción en la Clínica Pergamino. Allí recibe a quienes acuden al sanatorio y los orienta. Durante 23 años fue ambulanciero allí mismo, una función que le dejó muchos aprendizajes. En su tiempo libre disfruta plenamente de su familia y del placer que le provoca la cocina. Ama Pergamino como lugar para vivir.

Cada día a las 7:00 de la mañana José Luis Bichara ingresa a la Clínica Pergamino, institución en la que trabaja desde el año 1996, y se dispone a recibir a quienes llegan. La tarea de recepción que él realiza cambió significativamente con la pandemia y él se adaptó con naturalidad a protocolos y hábitos que se instalaron. Saluda a cada persona que ingresa al sanatorio, les realiza el control de temperatura y les coloca alcohol en sus manos. También los orienta y establece con ellos la conversación amable, esa que solo pueden entablar aquellos que disfrutan de lo que hacen. Antes de estar en ese puesto, fue ambulanciero, una función que desempeñó con comprometida responsabilidad y que le enseñó muchas cosas.
Acepta trazar su "Perfil Pergaminense" con entusiasmo y cuenta su historia de vida con la misma amabilidad con la que se maneja en sus interacciones cotidianas con jefes, compañeros de trabajo y pacientes. La entrevista se realiza en un alto de la tarea y respetuoso de su quehacer para iniciar la charla aguarda que una de sus compañeras pueda reemplazarlo. En el comienzo habla de su infancia. Nació en Pergamino hace 59 años y creció en el barrio Acevedo, donde vivió hasta que se casó y se mudó al barrio Ameghino, a su casa propia.
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Su papá fue Adolfo Lázaro Bichara, ya fallecido; y su mamá que tiene 85 años es María del Carmen Bianchi. Tiene una hermana mayor, Alicia, que trabajó durante muchos años en la Asociación Médica de Pergamino hasta que se jubiló hace tres años. "Papá tenía un taller de confección y mamá era ama de casa", relata y rescata de la memoria vivencias entrañables de su infancia: "Tuve una niñez muy linda, lo que siempre recuerdo es que los vecinos jugaban al carnaval, algo que ya no se hace. El encuentro entre vecinos transcurría en la calle. Uno salía a comer un sándwich a la vereda y ya otro venía y se generaba una charla. Si uno se iba de viaje, le dejaba las llaves al vecino para que le cuidara su casa. Era una época hermosa".
Hizo la primaria en la Escuela Nº 4, después fue al Comercial y abandonó los estudios en tercer año. "Me tocó el Servicio Militar y ya después no seguí estudiando y empecé a trabajar en la fábrica de papá. Trabajé en el rubro de la confección hasta el año 1995".
La Clínica
Al año siguiente ingresó a trabajar a la Clínica Pergamino: "Nosotros habíamos cerrado un pequeño comercio que teníamos, estaba por nacer mi hija, y una señora que trabajaba en la Clínica me sugirió que me anotara para trabajar acá. Lo hice y tuve la suerte de poder ingresar. Trabajo aquí desde entonces".
Su primera tarea en la Clínica fue ser ambulanciero, función que desempeñó durante 23 años. "En los últimos tiempos pasé a cumplir turnos fijos de mañana en la ambulancia. Me dedicaba al traslado del paciente y ayudar en todo lo que precisaran. Hacíamos domicilios también", refiere y recuerda que habitualmente viajaba acompañado por la médica, dependiendo del tipo de traslado que tuvieran que realizar.
Señala que para ser ambulanciero tuvo que capacitarse; la Clínica Pergamino le brindó el entrenamiento necesario para formarse en una tarea que supone una enorme responsabilidad "porque manejar una ambulancia no es andar en un vehículo común". "Tuve un camillero que ya no está, un hombre muy serio llamado Luis Gómez, que me enseñó mucho. Cuando ingresé a la Clínica estaba a la par de él aprendiendo mucho".
Una nueva tarea
Se bajó de la ambulancia hace tres años cuando lo convocaron para realizar tareas administrativas en la mesa de entrada del sanatorio. "Acepté el desafío como una posibilidad de crecimiento y de seguir aprendiendo cosas nuevas". "Hoy estoy abocado a la recepción de la gente. Recibo a las personas que ingresan a la Clínica y las oriento para que cada uno se dirija sin inconvenientes al servicio al que va", menciona y resalta que a partir de la irrupción del coronavirus su labor cambió mucho. "Empezamos a tomar la temperatura, a propiciar la higiene de manos y a indagar en los motivos por los cuales acude al sanatorio para orientar a la persona garantizando que se sienta segura dentro de la Clínica".
"Ha cambiado mucho el trabajo, parte de la institución ha cambiado y se ha tenido que adaptar a la pandemia", recalca y asegura que se siente muy a gusto con su labor que lo mantiene en contacto directo con la gente. "Sé que estoy muy expuesto, a un metro del positivo; pero me he cuidado bien, me he alimentado bien para que mis defensas estén altas. La pandemia nos ha cambiado a todos, me ha frenado mucho en el trato con la gente, en la amistad. Pero nunca he sentido miedo, porque la Clínica nos ha cuidado mucho y nos ha dado todas las armas para estar protegidos".
Un buen compañero
Reconoce que siempre le gustó interactuar con otros, brindarse. "Me gusta mucho mi trabajo y me siento muy cómodo en la Clínica, nunca he sido obsecuente, siempre me comporté con responsabilidad y han pasado cambios de directorio y siempre seguí igual, nunca tuve problemas con nadie".
Fruto de tantos años de trabajo, tiene un sentido de pertenencia a la institución que se traduce en la charla. "Me gusta la Clínica; acá cumplimos ocho horas de trabajo, y en ocasiones algunas más. Tenés compañeros y haces amigos. Hay un trabajo en equipo". Durante cinco años fue elegido "mejor compañero". Lo cuenta con orgullo porque esa ponderación habla mucho de él en el trato con los demás. "Fue un honor, y una alegría", expresa y asegura que ese reconocimiento lo hizo profundamente feliz.
La familia, su gran construcción
Por fuera de su trabajo, el sostén de su vida es la familia. Se casó con Nancy Casella. Se conocieron siendo jóvenes y llevan juntos 35 años. "Ella es de Acevedo y venía a cuidar a mi abuela Celina que vivía a la vuelta de casa. Así nos conocimos, nos pusimos de novios y nueve años después nos casamos", relata.
Tienen dos hijos: Evelyn (27) que trabaja en Carrefour y está en pareja con Jorge González que trabaja en el campo y tienen a Valentino (7); y Julián, que trabaja en el campo y está en pareja con Agustina Balmaceda y tienen a Faustina (2).
"Estoy muy bien constituido, tengo una familia normal", señala reconociendo que esa ha sido su principal construcción y la empresa en la que junto a su esposa volcó todas sus energías. "Con Nancy somos muy compañeros, siempre estamos atentos a las necesidades del otro. Nos gusta compartir tiempo con nuestros familiares, viajar. Ni hablar de los nietos, ansío que llegue el domingo para tener ese 'bochinche' en casa cuando llegan".
Comenta que, aunque su esposa se dedicó a la crianza de sus hijos, fue una compañera incondicional a la hora de emprender distintos proyectos. "Durante muchos años fuimos mozos en el Complejo Smata y nos gusta mucho cocinar, así que compartimos esa pasión". Recuerda que accedieron a la casa propia a través del Plan Novios y cuando lo señala lo emociona la satisfacción de ver cuánto pudieron crecer como familia desde que tomaron la decisión de "construir juntos". "En una época trabajaba en la Clínica, era mozo y también trabajaba en otra ambulancia en las carreras de la Asociación Argentina del Volante, fueron años de mucho sacrificio, pero valió la pena".
Raíces nobles
De raíz siriolibanesa, en toda ocasión se muestra tal cual es: "Somos paisanos, bondadosos, dados y cariñosos, siempre desde el respeto; yo soy así". Le rinde culto a esos orígenes y honra lo que en su casa le enseñaron.
"He cosechado muchos amigos. Y ese respeto a la amistad lo aprendí de mis padres. Hasta el día de hoy si me cruzo en la calle con algún amigo de mi padre, me saco el casco y me presento. Valoro mucho a las personas, tengo buenos amigos por todos lados".
Su tiempo libre
Por las tardes, cuando se va de la Clínica, le gusta compartir tiempo en familia. "También me gusta cocinar para peñas y cuando me piden preparar algo, ahí estoy. Es una pasión que comparto con mi esposa, así que cocinamos bastante", refiere y reconoce que tiene una vocación que lo inclina hacia el servicio en todas sus formas.
"Me gusta estar en casa", afirma cuando la pregunta lo interroga por su tiempo libre y menciona que cuando estaba en la ambulancia, no había descanso. Hoy los domingos son para la familia. "Uno hace con los nietos lo que quizás no pudo hacer con los hijos, porque mientras los hijos crecen uno tiene que trabajar bastante y eso resta tiempo". Con Nancy nos gusta salir, vamos a la pizzería o nos sentamos en la avenida a comer algo", agrega y también comenta que le gusta mucho viajar en familia.
Imagina el futuro disfrutando. "Me faltan unos años para jubilarme, pero no creo que tenga una jubilación tranquila porque siempre tengo que estar haciendo algo".
"Antes la gente llegaba con lo justo al final de su vida, yo espero que la vejez me alcance haciendo cosas, disfrutando de la familia y del afecto de los amigos", refiere con el anhelo y la certeza de que "será positivo el balance".
Los mejores recuerdos y el aprendizaje
De sus años de ambulanciero guarda los mejores recuerdos. "Hasta el día de hoy me cruzo en la calle con gente que me dice 'vos llevaste a mi viejo' o 'trasladaste a mi mamá cuando la internaron'. Ellos se acuerdan de mí. Yo no retengo todos los rostros, pero es muy gratificante, cuando la gente me agradece, siento orgullo porque significa que hice mi trabajo bien". En cada una de las tareas que le tocó realizar y en la que desarrolla hoy cosechó experiencias y aprendizaje. Los valora y se los lleva para la vida. Se siente satisfecho y siente con convicción que no hay algo que le hubiera gustado hacer y no haya podido concretar. Está a mano con la vida. "Podría decirte algo que me gustaría hacer cuando sea grande", bromea.
Honrar la confianza
En cada dimensión de su vida personal y laboral se esmera en causar una buena impresión, no por complacer sino más bien por mostrarse auténtico. Señala que Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir y sabe que aquí lo conoce todo el mundo. Eso conlleva una gratificación y una responsabilidad. Y lo expresa: "Siempre les digo a mis hijos: 'Vayan derecho porque a papá lo conocen todos'. El nombre de uno tiene un valor, hay gente que ha depositado su confianza en mí y eso hay que honrarlo", sostiene, en una apreciación que lo pinta de cuerpo entero.
"Sincero, sin grises, predispuesto a ayudar, recto, pero elástico; intuitivo y con un ojito clínico que pocas veces me hace equivocar con esa primera impresión que siento al conocer a una persona". Así se define y con esos atributos se maneja, siempre pensando en los demás para ofrecerles de sí, lo mejor.
















