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Indolentes y de reacción lenta

Ni siquiera el cuidado de la Naturaleza se convierte en un factor decisivo para promover un frente común más allá de las diferencias políticas. El fuego voraz e impiadoso consumió miles de hectáreas en una provincia y en otra, pero rápidamente asoma la grieta entre oficialismo y oposición para dividir...

26 de febrero de 2022 a las 12:00 a. m.
Indolentes y de reacción lenta

Ni siquiera el cuidado de la Naturaleza se convierte en un factor decisivo para promover un frente común más allá de las diferencias políticas. El fuego voraz e impiadoso consumió miles de hectáreas en una provincia y en otra, pero rápidamente asoma la grieta entre oficialismo y oposición para dividir en lugar de unir. La provincia de Corrientes es un escenario de dos batallas, la primera contra un incendio y sus consecuencias y la segunda, una confrontación dialéctica entre autoridades de ese distrito y del Gobierno nacional, que concentra a través de un ministerio específico los recursos para apagar las llamas. Y como si no fuera suficiente, se sumó un nuevo actor a esa pelea no urgente: el sector agropecuario, acusado por un funcionario nacional de instigar las quemas. 

Como periódicamente se afirma en esta columna editorial, la improvisación es una política de Estado en la Argentina. Y la falta de coordinación también. La política de seguridad no está integrada entre el Gobierno nacional y las provincias en sus trazos medulares, más allá de las especificidades de cada territorio. Tampoco la política de tránsito ni la de educación ni la de salud. 

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El ministro de Ambiente de la Nación, Juan Cabandié, culpó a algunos productores de la provincia de la catástrofe climática. Desde su cuenta de Twitter, el funcionario aseguró que Corrientes es una provincia ganadera y forestal muy importante para el país, donde la mayoría de esos productores están afectados por las quemas para renovar pasturas de unos pocos que producen daños irreparables afectando al conjunto del sector productivo. Desde el cargo que ocupa, ¿se puede hacer una declaración tan irresponsable en una red social? El problema comienza muchas veces con la designación de personas que no están preparadas para la función que se les asigna, que solo llegan con el reparto de cargos de un frente electoral victorioso o la devolución de favores. El presidente de la Federación Agraria, Carlos Achetoni, también cruzó al ministro con una expresión tan simple como contundente al sostener que "es tan fácil hablar... ¿qué productor quemaría la forestación y la pastura que tiene para los animales?". 

Si Cabandié dice lo que dice en una red social, ¿por qué no hace una denuncia en la Justicia pero con pruebas concretas que eviten montar solo un show transfiriendo la carga a los fiscales? Si acusás a productores de prender fuego para renovar pasturas, siendo funcionario, es porque tenés pruebas. Por tanto, la obligación es presentarse ante la Justicia. Caso contrario, solo es una estrategia para resistir la ola de críticas por su desmanejo del fuego en la Argentina, mientras da la vuelta al mundo para participar de congresos y foros vinculados a la política ambiental en destinos atractivos. Los productores correntinos lamentan pérdidas que superan los 70 mil millones de pesos. El primer foco fue el 30 de enero; el 7 de febrero Cabandié eligió ir a Barbados con el presidente Fernández, "para profundizar en la agenda por el cambio climático". Sin comentarios. 

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Ante los incendios, el Estado debe estar presente integralmente, ayudando a apagar el fuego pero también diseñando un programa de asistencia para los productores afectados. El infierno de Corrientes es el mejor test de producto de esa poca cosa que somos hoy los argentinos. Del patetismo de una sociedad que ha perdido su rumbo y le pone burletes a puertas y ventanas para que no se cuele el viento caliente de la realidad.

La basura de palabras y acciones que hemos presenciado, y la que todavía vamos a ver, nos interpela fiero: siempre hay lugar para más tonterías, mientras se está quemando buena parte del país, literal y metafóricamente.

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Esto no es un reproche solo dirigible a la tribu política que vive en sus frascos y obsesionada con qué arañará en 2023. Una ciudadanía esclava del miedo, el egoísmo y la abulia la valida al desentenderse de su territorio calcinado.

"¡Yo no te vi marchar por esto!" es el desafío a militantes y simpatizantes de las banderas ecologistas, que hace muy poco han saltado como resorte frente al fracking, el petróleo offshore y las minas. Pero que callan ominosamente ante el mar saqueado por los chinos, los basurales, las cloacas, el aire podrido y nuestros centenares de Riachuelos desde La Quiaca hasta Ushuaia.

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 "¡No fue la calor estúpido!". Ya han denunciado los bomberos correntinos que el 90 por ciento de los focos han sido intencionales, como mencionamos más arriba.

Solo la misma Naturaleza, con su sabiduría, calmó la situación. Pero antes dejó en evidencia la miseria humana. Juan Cabandié y su staff ausente e incapaz, al igual que el de su jefe devenido en arquero playero, eximen de todo análisis. Desde que el 30 de enero comenzó el infierno que multiplicó por 10 el promedio anual de incendios del país, el Gobierno nacional decidió que el fuego no existe. Se sentó a esperar lloviera, mientras operaba pautas publicitarias, aprietes mediáticos y trolls, lo mismo que hizo con cocaína estirada de enero, de nuestras cortas memorias, de la que ya nadie habla. 

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También se podría escribir y hablar horas sobre el paupérrimo rol de la oposición, que recién se acercó a las cenizas correntinas después de un mes, cuando ya se han incinerado un millón de hectáreas de cultivos, ganado, flora y fauna nativa, en uno de los santuarios verdes de la República. Apuntarle a esta estructura de poder perversa, imbécil y cerril es un ejercicio sin margen de error. Pero el caso es que este elefante inútil no nos deja ver nuestro bosque que no para de quemarse.

 "Qué enojados están los argentinos con su destino", dice a menudo la prensa mundial. Pero esta ira es el anverso de nuestro DNI, en el reverso está tatuada una red de miedos colectivos: a no poder comer y pagar las cuentas, a ser asesinados por un motochorro, a la ruina de esforzados negocios, a quedarse sin laburo y caerse del sistema, a que los hijos se vayan del país, a quedarnos solos, a sufrir horrores con jubilaciones paupérrimas. Siempre hay una razón en nuestro espejo no te deja ver el bosque.

Por WhatsApp cunden cadenas de oraciones por Corrientes en llamas, pero ¿qué culpa tiene Dios de que todo el tiempo dejemos la pava en el fuego? No hace mucho, millones de argentinos han moqueado frente a la tele al ver los incendios en la Amazonia boliviana y brasileña, lo mismo que en Australia. Muchos de ellos no sienten hoy similar horror por esta destrucción masiva.

¿Qué hacer entonces? Cualquier cosa será poco y a la vez estará bien. Aunque el primer consejo sería darnos cuenta de esta ceguera asintomática. Vale la indignación ciudadana, esta vez, por la inmensa tierra arrasada. Y no dejar que nos abracen y sonrían para la foto los que desde que comenzaron los incendios en 11 provincias argentinas han mirado y nos hicieron mirar para otro lado.

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Corrientes, la brava, bella, verde, intensa y heroica, agoniza en medio del silencio fulminante de 40 millones de almas, que han preferido jugar con sus celulares. Así las cosas, será estéril abundar en crónicas sobre funcionarios chorros y/o mediocres de lengua fácil y cero compromiso a los que nadie osará remover de sus poltronas. Su impune desparpajo se erige sobre la indolencia del gran pueblo argentino. De una u otra forma, todos somos (como) Cabandié.

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