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Igual afuera que adentro

16 de diciembre de 2021 a las 12:00 a. m.

La diplomacia es un universo paralelo que tiene sus propias reglas, tanto en la comunicación no verbal como en el lenguaje, donde todo debe ser cuidadoso para evitar malentendidos o incidentes y mantener las relaciones entre países en su cauce. Como dice el exembajador chileno, Eduardo Jara Roncati, no puede haber en la diplomacia, entonces, otro propósito que el de unir a los pueblos, acercando a sus gobernantes y a sus políticas, atenuando las dificultades que surjan entre ellos. La actitud de quienes participen en ella debe ser, por ende, tan constructiva como los principios que guían el arte que profesan, agrega en su libro "La función diplomática". 

En el Gobierno parecen haber perdido el foco respecto del manual de estilo de las relaciones internacionales. Se observa desorientación, desidia y falta de lucidez en el campo de la diplomacia a juzgar por los errores no forzados que acumula la actual gestión gubernamental. Una suerte de política del zigzag. 

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Los casos de los actuales embajadores argentinos en Chile, Rafael Bielsa, y en Bolivia, Ariel Basteiro, demuestran la degradación por el rol de la diplomacia cuando dirigentes políticos sin formación en el campo de las relaciones internacionales ocupan cargos para los cuales no están preparados y a los que acceden como pago de favores o en reconocimiento a respaldos circunstanciales en una campaña. 

El actual Gobierno puso sobre la mesa, en forma reiterada, el argumento de no inmiscuirse en asuntos internos de otros países para evitar fijar una posición ante los repetidos atropellos contra la democracia y los derechos humanos, en especial en los casos de Venezuela y Nicaragua, los que -cabe agregar- fueron condenados en gran parte del mundo.

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Sin embargo, Bielsa cuan buscapleitos decidió a mediados de octubre defender personalmente ante la justicia de Chile al dirigente mapuche Facundo Jones Huala, condenado a nueve años de prisión en 2018 por el incendio de una propiedad y tenencia ilegal de armas, lo que armó un revuelo por el cual debieron intervenir las cancillerías. En noviembre volvió a inmiscuirse en los asuntos internos del vecino país al criticar en duros términos al candidato chileno José Antonio Kast, que este domingo participará de la segunda vuelta presidencial en su país.

Ante este reprochable accionar del dirigente kirchnerista santafesino, el Gobierno argentino tomó distancia al aclarar que sus expresiones habían sido a nivel personal, mientras que la Cancillería chilena emitió un comunicado en el que advirtió que estas expresiones representan una intromisión inaceptable en los asuntos internos de Chile y vulneran normas de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas.

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En Bolivia, el embajador Basteiro se sumó el 24 de noviembre a la marcha política del movimiento político MAS para expresar su apoyo en defensa de la democracia y los valores que llevaron a Evo Morales al Gobierno en 2005. Es decir que, al igual que Bielsa en Chile, se inmiscuyó en los asuntos internos de otro país.  

Justo es mencionar que es el propio presidente de la Argentina el responsable de generar una secuencia de micro incidentes diplomáticos a partir de comentarios para destacar su gestión contra la pandemia. En este marco, en seis de los siete anuncios en los que se extendió el aislamiento se utilizó el recurso de comparar la situación argentina con la de otros países. No obstante, en varias ocasiones hubo información errónea o un incorrecto uso de los datos, una desinformación que derivó en reclamos de diplomáticos extranjeros y posteriores rectificaciones del Gobierno. 

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¿Qué pasaría si todos los embajadores extranjeros destacados en Buenos Aires opinaran de los asuntos internos del país como lo hicieron Bielsa o Basteiro? Es necesario, entonces, revalorizar la función diplomática y elegir mejor a sus intérpretes.

Más allá de los errores que naturalmente puede tener cualquier ser humano en su profesión, aquí hablamos de desaciertos que provienen de la falta de idoneidad para el cargo, conjugada con un fanatismo ideológico que no se corresponde con la función de representar los intereses de una nación y sus contribuyentes. No son diplomáticos sino políticos y militantes disfrazados de diplomáticos. Es aquí donde más se nota la diferencia entre el diplomático de carrera y el político: el primero responde a los intereses del país y el segundo a los de su jefe político.

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La figura del embajador político es necesaria como complementaria a todos los funcionarios que componen el cuerpo diplomático de carrera. Pero como sucede con muchas cosas en este país, la utilización de esta figura se ha –valga la redundancia- "desfigurado" para convertirse en una caricatura de lo que debería ser.

La profesión de embajador político, según el artículo 5 de la Ley N° 20.957 del Servicio Exterior de la Nación, la ejercen aquellas personas designadas por el Poder Ejecutivo y que posean "condiciones relevantes", por el término que comprende la duración de su mandato. Pero quienes sean nombrados en estas condiciones, lo hacen -a diferencia de quienes forman el cuerpo diplomático permanente (de carrera)-, sin la aprobación de los cursos que se dictan en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (Isen) durante dos años, incluyendo un exhaustivo coloquio cultural para ingresar y un muy complejo examen final.

Esta posibilidad de designar embajadores de excepción deriva las más de las veces en nombramientos signados por el favoritismo personal o partidista, cuando no en una devolución de favores. Así llegan a las embajadas argentinas en el mundo personas que, por no haber pasado por las instancias formativas que sí pasaron sus ahora colegas, demuestran al poco tiempo no estar a la altura de las circunstancias, con la gravísima consecuencia de dejar mal parado al país con cada uno de sus fallos. 

Estos diplomáticos políticos, según la ley, deben reunir "condiciones relevantes", pero en un país donde la vara del mérito es constantemente movida, es difícil que se pueda establecer un parámetro de esta relevancia aludida. También la Ley Nº 20.957 es clara con respecto al carácter "excepcional" de tales nombramientos, y el Decreto Nº 337/95 que lo reglamenta establece un número máximo de 25 cargos. Pero en nuestra historia política y diplomática, se han dado numerosos casos en que tales limitaciones no han sido observadas. Entre los años 1983 y 2012, el 43 por ciento de los embajadores en ejercicio de sus funciones, es decir casi una de cada dos embajadas, se encontraba encabezada por personas que no provenían del Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Al hacer una descripción de la cantidad de nombramientos realizados por los mandatarios al frente del Ejecutivo en este lapso, observa que la mayor cantidad de designaciones de este tipo se verificaron durante las administraciones de Cristina Fernández de Kirchner (del año 2007 a 2012), con un 65 por ciento, es decir, 33 embajadores políticos sobre 51 cargos. Durante el primer año de su gobierno, Fernández de Kirchner cambió 11 embajadores de los cuales ocho fueron designados por el artículo 5 (embajadores políticos).

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El principal problema de la política exterior argentina consiste, en términos generales, en que está completamente sometida a la política interna, de lo cual se deriva que carece de sus propios objetivos, planes, mecanismos, personal, criterios. Esto a su vez redunda lo cual en que la diplomacia argentina padezca de criterios parroquiales, fines partidarios, embajadores amateurs, presiones de grupos menores de la política local, caprichos ideológicos, moneda de cambio de transacciones políticas internas y externas. En suma, a la política argentina le interesa poco y nada la política internacional, vivimos de espaldas al mundo y padecemos de la soberbia de creer que podremos continuar viviendo con lo nuestro para siempre.

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