¿Hasta cuándo Macri podrá amortiguar los golpes?
Para poder analizar la situación de Mauricio Macri, a casi nueve meses de haber iniciado su presidencia, es necesario abstraerse ideológicamente para asumir que el actual escenario -excluyendo lo actuado en materia de tarifas- le habría tocado a cualquier otro que llegara al puesto. Una forma de saber cómo repercuten en su crédito con la sociedad cada una de sus decisiones es viendo las encuestas que periódicamente miden su imagen.
Elegimos dos consultoras muy conocidas, como podríamos haber seleccionado otras, ya que porcentuales más o menos, todas ofrecen una misma visión. En este caso son Poliarquía y Management & Fit.
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La conclusión a que llegan ambas encuestadoras es similar, algo como que el presente aparece peor que el pasado, pero con la esperanza de que en el futuro todo mejorará. Estamos mal pero vamos bien, sostienen algunos, sobre todo con la mira puesta en los sectores medios que, al fin, son los que sostienen las expectativas hacia Macri aún vivas.
Solo el 19 por ciento de los argentinos considera positiva la situación general del país. Para el 39 por ciento es regular, mientras que el 42 por ciento de los encuestados la califica como negativa. No son números muy halagadores, pero teniendo en cuenta el enorme traspié de los tarifazos, la ausencia de inversiones y el enfriamiento del consumo, no se podría pedir más.
Del universo que compone el 39 por ciento de los que consideran regular el momento que atraviesa el país, la gran mayoría (73 por ciento) considera responsable a la expresidenta Cristina Kichner, sea por lo que hizo o por lo que dejó de hacer. En el 42 que desaprueba al Gobierno, el 67 por ciento culpa a las medidas que adoptó Macri por los problemas de la actualidad.
El dato positivo para el Gobierno es la expectativa por lo que vendrá: casi 6 de cada 10 argentinos confían en que la situación mejorará dentro de un año. En contraste, el 24 por ciento cree que estará peor y el 15 por ciento considera que se mantendrá como hasta ahora.
La alta inflación que no cede y como decimos la mala praxis en los aumentos de las tarifas públicas explican, en parte, la baja de la aceptación de la gestión de Macri. Eran dos cuestiones que debería afrontar el presidente que asumiera, eran ineludibles. Sabemos que a Macri, su estrategia no le funcionó. Nunca sabremos si la de los otros candidatos hubiera cuajado pero lo que es seguro es que había que hundir el escalpelo en estos asuntos. Estas eran (y son) las papas calientes de la Argentina; no lo era el cepo al dólar, no lo eran los fondos buitres. Estos temas eran de sencilla resolución y si Kicillof y Cristina no los resolvieron fue por cuestiones ideológicas, no porque fuera imposible. Por eso Macri necesitó horas para salir de estos escollos mientras que a la inflación, la falta de inversión y el déficit fiscal no les encuentra la vuelta. Tal vez el gobierno anterior tampoco tenía una solución y por eso los eludía.
La encuesta de Poliarquía mide un estrepitoso crecimiento de la desaprobación de la gente a la gestión de Macri: de 25 a 43 por ciento en poco más de seis meses.
Pero no es menor atender a la franja etaria a la que se apunta: Macri pierde mayor terreno en aquellas personas que tienen sólo estudios primarios. Los sectores más vulnerables son los más afectados por los aumentos de tarifas y la inflación. En contraposición, las personas con estudios universitarios son los más fieles al Gobierno: sólo retrocedió tres puntos, de 64 a 61 por ciento.
En líneas generales donde peor es su imagen es en el Conurbano y donde mejor la mantiene es en la Ciudad de Buenos Aires.
La encuesta de Management & Fit, en cuanto a la gestión presidencial y en sintonía con las voces del PRO que hablan del peor momento, los números de Macri son los más bajos desde que asumió: 44,1 por ciento de aprobación, contra un 46,9 en enero y un pico de 50,7 en marzo. La desaprobación a la administración nacional está en 42,5 por ciento, la más alta desde diciembre.
En cuanto a la mirada por sexo, edad y nivel educativo, estas son las principales conclusiones: a Macri lo quieren más los hombres, los de nivel educativo alto y los mayores de 40. Y en esto coincide con Poliarquía, a medida que se va bajando el nivel educativo la resistencia a Macri es mayor.
Este punto no es menor porque el Gobierno ha mantenido y hasta incrementado los apoyos sociales a los sectores más vulnerables, pero la inflación termina destruyendo en muy breve lapso ese esfuerzo del oficialismo.
Indudablemente, y ahora ingresamos al terreno subjetivo, la mirada que se tiene del momento refleja que el Gobierno atraviesa una suerte de crisis de identidad. Porque las expectativas con las que llegó al Gobierno no las pudo cumplir en esta primera etapa (una vez que pagó a los fondos buitre y se levantó con éxito el cepo). Y en esta cuestión mucho tuvo que ver el empresariado argentino, más que el extranjero, porque no se decidieron a invertir y, en cambio, se dedicaron a la hiperespeculación generando una inflación que nos perjudica a todos.
No habrá sido poca la desilusión de Macri para con su propio sector, el empresario que, aunque lo conoce, esperó quizá un cambio de conducta más importante. Por ejemplo, ofreciéndole una confianza que se hubiese merecido por los primeros gestos que hizo el presidente para recrear un clima de negocios en la Argentina.
Y esta actitud especulativa la vemos también respecto del blanqueo de capitales, porque esta etapa es completamente distinta a otras anteriores, ya que el mundo entero está trabajando para terminar con estos fondos que circulan sin ser declarados. De modo que habrá cruces como nunca antes entre bancos de todos los países. Sin embargo, una vez más la desconfianza los lleva a esperar a último momento para sumarse al blanqueo, aun cuando saben que no tienen muchas opciones para seguir escindiendo el dinero.
Un capítulo aparte fue el tarifazo, porque en este caso fue el Gobierno el que por mala praxis perdió una oportunidad muy importante de aumentar las tarifas de servicios públicos gradualmente y con pleno apoyo de la ciudadanía. La brutalidad del primer incremento que, además, fue mal distribuido en el país, sin atender a las regiones y sus problemáticas tan diversas, generó una reacción social muy fuerte que fue acompañada por la Justicia y, al fin, tras el fallo de la Corte, se volvió a fojas cero con los incrementos.
La inflación, los fallidos tarifazos y la inseguridad se mezclan en el imaginario colectivo con el temor al desempleo que no es menos, tras la cifra del casi diez por ciento de desocupación.
Desde el punto de vista político, el Gobierno no está ajeno a esta cuestión y por eso redobló sus tareas militantes, timbreando en el Conurbano y organizando las mesas de Cambiemos en todo el país. Se está preparando para el año que viene, para las legislativas que no quieren perder.
Porque si bien el peronismo que es su principal fantasma no está reorganizado como para temerle, las encuestas marcan que Sergio Massa está creciendo y si un sector del peronismo se le suma, por ejemplo Juan Manuel Urtubey, la situación del macrismo se puede complicar el año que viene. Todavía se espera también una reaparición de Florencio Randazzo, que estratégicamente se alejó y a tiempo- de Cristina Kirchner. Con este triunvirato y el de la CGT, el macrismo tendría una oposición estructurada y un rival electoral de porte. En tanto, mientras la contracara sigan siendo Cristina, Boudou, Kicillof y compañía, Macri seguirá amortiguando los golpes. Porque cada vez que estas figuras aparecen en la escena y hacen sus declaraciones, la imagen del presidente, por default, mejora, validando el concepto de que no estamos bien pero podríamos estar peor.
Es decir, las expectativas y el efecto espejo son, por estas horas, el mayor capital político del presidente.















