Hartazgo, pragmatismo y vértigo
Así como se están cumpliendo 40 años desde el regreso de la democracia, también se están cumpliendo, con menos fanfarria, 30 años del Pacto de Olivos, el acuerdo entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín para reformar la Constitución a partir de un \"núcleo de coincidencias básicas\" entre las que estaban...

Así como se están cumpliendo 40 años desde el regreso de la democracia, también se están cumpliendo, con menos fanfarria, 30 años del Pacto de Olivos, el acuerdo entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín para reformar la Constitución a partir de un "núcleo de coincidencias básicas" entre las que estaban la reelección presidencial, el tercer senador para cada provincia, la regulación de los DNU y la creación de la figura del jefe de Gabinete. El acuerdo encontró su camino hasta el texto constitucional, elecciones y convención mediante, y ahora es una parte poco polémica de nuestra arquitectura institucional. Algo que quizás quedó olvidado con el tiempo es lo impopular que fue aquel pacto en su momento y cómo aceleró la incipiente reconfiguración del mapa político argentino.
En esos años nadie se preguntaba por qué Menem quería el acuerdo, porque la respuesta era obvia: le interesaba la reelección, el resto lo negociaba. La pregunta era por qué lo quería Alfonsín, y Pablo Gerchunoff, en "El planisferio invertido", da cuenta de la vieja obsesión del expresidente radical por reformar la Constitución para, entre otras cosas, atenuar nuestro presidencialismo. De ahí, por ejemplo, la Jefatura de Gabinete, que finalmente incumplió aquel objetivo inicial. Aun así, las razones de Alfonsín para el acuerdo no fueron comprendidas por la sociedad ni por los medios de comunicación, que castigaron el acuerdo con dureza: por habilitarle la reelección a Menem, algo a lo que la prensa progresista, en su momento de mayor prestigio, se oponía; y por hacer un acuerdo de cúpulas cerrado y de espaldas a la sociedad.
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Alfonsín y el radicalismo tardarían años en recuperarse del costo político que supuso el Pacto de Olivos. En las elecciones para constituyentes de abril de 1994, la UCR sacó 20 por ciento y en la elección presidencial del año siguiente, la de la reelección de Menem, terminaría tercera, por primera vez en su historia, con menos del 17 por ciento de los votos. El espacio vacante lo ocupó una fuerza nueva, el Frente Grande, que compartía con Alfonsín la crítica a las reformas de mercado de Menem pero también proponía una renovación de la política y un énfasis mayor en la lucha contra la corrupción. Fue la sorpresa de las elecciones constituyentes, donde sacó 16 por ciento a nivel nacional, y en 1995, ya transformada en el Frepaso, saldría segunda con el 30 por ciento de los votos. El Frepaso cabalgaría la creciente ola anti-política, anti-neoliberalismo y anti-corrupción de la sociedad y del periodismo hasta su desaparición, en 2002, después del "que se vayan todos", que también arrastró a la UCR a su peor elección histórica un año más tarde. A pesar de todo esto, Alfonsín no se arrepintió nunca del Pacto de Olivos, insistió hasta su muerte en que había mejorado nuestra democracia y en que, si no lo hacía, la reforma de Menem, sin acuerdo, habría sido mucho peor.
La decisión de Mauricio Macri de apoyar a Javier Milei en la segunda vuelta es su "Pacto de Olivos", en el sentido de que es una apuesta arriesgada, con alto costo político y reputacional, difícil de entender en el corto plazo cuando perfectamente podría haber hecho la plancha, y que tiene como motor profundo una lectura de largo plazo del mapa político. El costo político de corto plazo está claro: como nunca antes fue criticado por la cúpula de la UCR, la respuesta del periodismo fue negativa en las últimas semanas le dedicaron editoriales duros Jorge Lanata, Carlos Pagni, Joaquín Morales Solá y Marcelo Longobardi, entre otros y fue acusado de romper por sí solo el principal vehículo político de este siglo para hacerle frente al peronismo.
Alfonsín negoció el acuerdo sin consultarlo con sus correligionarios (solo lo acompañaba "Coti" Nosiglia) y sin tener un cargo formal dentro del partido. Macri, igual: su decisión fue inconsulta (solo acompañado por Patricia Bullrich) y sin pertenecer al liderazgo orgánico del PRO. Cuando se anunció, Alfonsín debió persuadir a su partido y sus votantes sobre un acuerdo con el presidente al que venían castigando duramente desde hacía años. Un día después de la elección del mes pasado, Macri debió decirles a sus votantes que el reciente rival, duro crítico de Patricia y de buena parte de la coalición, era ahora su candidato favorito. Alfonsín y Macri llevaban, cuando tomaron estas decisiones, exactamente la misma cantidad de tiempo como expresidentes. Eran referentes informales pero potentes en sus partidos (Alfonsín volvería a presidir la UCR poco después), que se sintieron con la autoridad necesaria como para proponer un cambio de timón. A su manera, ambos cantaron falta envido: sin tener 33 (ni 32 ni 31) y poniendo cara de piedra ante la sorpresa de propios y ajenos.
Hasta acá las similitudes. Las diferencias principales que se observan, además de que el Pacto de Olivos tenía una dimensión institucional de la que carece el Pacto de Acassuso, son dos. Por un lado, la jugada de Macri todavía puede ser exitosa si Milei hace un gobierno razonable, que en el delicadísimo contexto económico actual parece imposible, porque las únicas opciones son del tipo "gloria o Devoto": u ordena la economía, baja la inflación y se vuelve tremendamente popular; o vive de crisis en crisis, con un gobierno débil, en conflicto permanente. La otra diferencia es que, así como Alfonsín ignoró o subestimó en 1993 la reconfiguración política que asomaba con el crecimiento del Frepaso, ahora Macri está intentando adaptarse y abrazar la reconfiguración política que asoma con el surgimiento de Milei y La Libertad Avanza. La movida de Alfonsín fue anti-electoral, motivada por razones altas (servir a la República) o bajas (regresar a la cocina de las grandes decisiones); la de Macri puede tener motivaciones similares pero, a su manera, mantiene un ojo atento al escenario electoral futuro.
El anuncio de Macri de apoyar a Milei sin dudas infundió vértigo, porque se sabía que se venía un terremoto político. A medida que pasaron los días, sin embargo, se empezó a mirar la decisión con mejores ojos, sobre todo cuando se la pensó en dimensión histórica y como una decisión que en el corto plazo puede ser costosa o impopular también puede ser, como la del Pacto de Olivos, una decisión que entiende el contexto y las opciones reales. Alfonsín pactó con Menem, el presidente detestado por sus votantes, porque la alternativa era una reforma peor, hecha solo por el peronismo y plebiscitada, según el plan original, en elecciones a libro cerrado. Macri apoya a Milei y pone en jaque la unidad de su partido y su coalición porque la alternativa era una posible hegemonía de Sergio Massa con una oposición testimonial a merced de su inclemente acumulación de poder.
Viendo cómo Gerardo Morales y Martín Lousteau desacreditaban la movida de Macri y Bullrich con el argumento de que "la gente nos ha puesto en el rol de oposición", se comenzó a pensar también la decisión de apoyar a Milei como una jugada de alto pragmatismo e imaginación política, que da vértigo justamente porque, como el Pacto de Olivos de Alfonsín, es una apuesta fuerte y de resultado incierto. Si por sus declaraciones Morales y Lousteau parecían aceptar mansamente su futuro rol de opositores (¡ahí nos puso la gente!), Macri y Bullrich elegían rebelarse, mostrando hambre de poder y la dureza política propia del peronismo. Es posible incluso que algo que irrite especialmente de Macri en ciertos sectores es su negativa a jubilarse, a rendirse, a dar por terminado su proyecto. Morales y Lousteau protestaban en parte porque veían en la derrota de Patricia una palanca para lanzarse hacia una conducción radical de Juntos por el cambio, tantas veces anunciada, tan poco concretada. La persistencia política de Macri hace imposible ese proyecto.
El Pacto de Olivos de Macri (o de Acassusso, como se ha dado en llamar), además, fue novedoso e inesperado. Cuando la hipótesis más probable era una posición de neutralidad de Juntos por el Cambio a pesar de que es tradición en todo el mundo que los derrotados en primera vuelta expresen sus apoyos para el balotaje, el acelerón de Patricia, apoyado por Macri, sacudió en una hora la modorra que Juntos por el Cambio venía arrastrado desde hace más de dos años. Desde la elección de 2021, o incluso antes, ya estaba todo armado: Bullrich y Rodríguez Larreta dirimirían la candidatura de la coalición en las PASO, con la única duda de si también se presentaba Facundo Manes, cuyo sueño presidencial, a todo esto, fue torpedeado sin piedad por los propios Morales y Lousteau. Dos años en piloto automático, de campañas rutinarias y previsibles, empantanados en una interna agria mientras una parte de la sociedad pedía otro tipo de soluciones al declive kirchnerista.
Además de sorprender, el anuncio ya tuvo efectos concretos. El más importante, frenar en seco la opinión mayoritaria de que la presidencia de Massa ya estaba decretada y era inevitable. Es más, el runrún de aquellos primeros días era incluso que Milei se bajaba de la contienda, como Menem en 2003, ante la inevitabilidad de su derrota. Ya había una maquinaria calentando motores, acelerando para instalar este sentido común, que se terminó de un minuto a otro tras el anuncio del apoyo. Por otra parte, la conferencia de Patricia y las expresiones públicas de Macri aceleraron el trasvase de votos de Juntos por el Cambio a Milei, que para nada parecía garantizado. Cuando las primeras encuestas, días más tarde, mostraron escenarios de paridad, la narrativa sobre la inevitabilidad de Massa quedó sepultada para siempre. En buena parte gracias al falta envido de Macri y Patricia.
El resultado electoral de esta vertiginosa y pragmática jugada de Macri ya lo conocemos. Ahora resta saber, qué efectos tendrá en la gobernabilidad a partir del lunes.













