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Hacer del Estado un lugar atractivo para trabajar

13 de abril de 2016 a las 12:00 a. m.

Concursos que quedan desiertos en los hospitales públicos muestran otra cara del deterioro de los nosocomios, no sólo de la región metropolitana sino de todo el país. 

Las causas por las cuales muchos profesionales no eligen la carrera hospitalaria son múltiples; no son solo los bajos salarios lo que pesa en la decisión de los profesionales (que han invertido años y en algunos casos mucho dinero en su formación) sino también las condiciones laborales cada vez más complejas en las que se deben mover.

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Esta cuestión genera dificultades a la hora de lograr excelencia en la atención para los 14 millones de argentinos que no cuentan con ningún tipo de obra social o plan de salud y no tienen otra alternativa que la salud pública. En el país, un 46 por ciento de la población tiene obra social; un 16 por ciento, algún tipo de prepaga; un 2 por ciento, cobertura por un programa o plan estatal de salud, y un 36 por ciento no cuenta con esa protección.

Si bien en términos de PBI per cápita la Argentina tiene el estándar más alto de la región, la burocracia, los problemas administrativos y la falta de transparencia hacen que no se vea el esfuerzo del Estado en este sentido. En los 24 sistemas de salud distintos que operan en el país (uno por cada provincia y el de la Ciudad de Buenos Aires), los hospitales tienen graves problemas, que son los que marcan una diferencia sustancial entre la atención pública y la privada, visto de parte del paciente, que pertenece del sector más vulnerable de la sociedad, y desde el profesional que ha dedicado años a su estudio y el esfuerzo para poder desarrollarse.

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Hay también una concepción generalizada de que quienes trabajan para el Estado ganan mucho dinero en relación con la carga laboral y el escaso margen de riesgo que corren. Pero esta mirada se circunscribe a las funciones administrativas. Aunque en realidad, a mayor calificación requerida, los salarios que se pagan no suelen ser tentadores. Puntualmente, cualquier profesional logra una mejor relación costo-beneficio en el sector privado, por lo que–salvo en caso de mediar una gran vocación por el servicio público, se vuelca hacia el sector público el que no ha logrado acceder exitosamente al privado, lo cual nos aleja de pensar que la excelencia sea el factor por el que se ingresa al hospital público. Siempre con las honrosas excepciones y con la mucha experiencia y capacitación que, en el caso de los médicos, se adquiere en los hospitales, dada la variada casuística que allí se atiende, se alcanzan estándares óptimos de profesionalidad. En otras épocas en nuestro país los mejores galenos trabajaban en el hospital y en el sector privado, siendo una generalidad, una lógica de la propia carrera médica pero con el deterioro del sector público esta situación comenzó a cambiar y actualmente quienes pueden trabajar bien en el sector privado se alejan de la salud pública. Siempre hay excepciones en todos los hospitales del país, pero cada vez se ve menos. Es lo vocacional lo que los atrae mas no la posibilidad de lograr un buen pasar económico, de hecho lo sacrifican por la carrera hospitalaria. 

Donde la cuestión de los sueldos estatales no acordes a la prestación profesional más hace mella es en la ruralidad. Si a baja remuneración se suman malas condiciones, falta de recursos técnicos, de insumos y tener que alejarse de la urbe, es comprensible que los puestos en las salas sanitarias de parajes y pueblos estén desatendidas.  Y si el sistema periférico no funciona, el hospital central se satura y colapsa. En Pergamino por ejemplo las dificultades se plantean en la zona rural, donde es dificultoso conseguir médicos que se trasladen a los pueblos de nuestro distrito. Cuando hablamos de periferia, lo que se vive en el interior de provincias como Chaco, Formosa y Santiago del Estero es dramático, porque a la falta de atención en el lugar se agrega la complejidad que tienen estos ciudadanos argentinos para acceder a un centro de salud urbano. Estamos hablando de montes profundos y alejados de todo servicio de transporte. Pero, ¿cómo hacer que un médico concurse por cubrir estos puestos si en cualquier otro lugar puede desplegar su vocación con una mejor remuneración por su servicio? Se entiende que la medicina es una carrera vocacional, pero el Estado no puede quedarse en el romanticismo hipocrático y deben procurar una relación entre el salario y el servicio que sea coherente, tanto con la realidad que deberá afrontar el profesional, como con la realidad del mercado. No todos los egresados de la Facultad de Medicina son René Favaloro y dejan todo para irse a trabajar a Jacinto Aráuz.

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Alguna forma deberá encontrar el Estado para cambiar el paradigma en función de la foto actual, que revela que si bien en el interior el 40 por ciento de la población no cuenta con obra social y se atiende en el sector público, y en Ciudad de Buenos Aires siete de cada 10 están cubiertos, la mayoría de los médicos se desempeña –o pretende hacerlo- en la zona metropolitana por cuestiones básicamente económicas y porque aunque comiencen trabajando en hospitales, tienen más cerca las posibilidades de ingresar al sector privado. Estímulos salariares, ventajas comparativas, beneficios impositivos, algo que tiente a los jóvenes profesionales a llevar su servicio a los hospitales públicos del interior. Como en otras épocas se hizo con el sector industrial.

Volviendo a los profesionales hospitalarios en general, los de todo el país, vemos que hoy en día no sólo se encuentran con salarios que quizá no son acorde a su idoneidad, su título y su especialización, sino que además deben pasar por las tensiones de nosocomios donde se dan a diario situaciones de violencia que ponen en riesgo su vida.. Este problema no es menor y las guardias de policías o de seguridad privada no parecen haber sido efectivas ya que los hechos de violencia se han sucedido igual. Esta cuestión agrega más tensiones a una actividad que es claramente desgastante.

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Frente a la problemática salarial, es probable que el Estado no pueda destinar más fondos para sueldos de profesionales de la salud, aunque bien administrados esos mismos recursos rendirían mucho más. A veces no se trata de más dinero solamente, sino de optimizar el gasto, de que ese presupuesto rinda lo que debe. Como en todos los ámbitos del sector público, una mejor distribución de la nómina haría la diferencia. Achicar la cantidad asignada a funciones administrativas y utilizar esos recursos en todo lo que es concerniente a la prestación directa de servicios al ciudadano es un manera posible, más cuando muchas tareas burocráticas se han simplificado o directamente desaparecido con la llegada de nuevas tecnologías.

No importa el número de empleados de una plantilla estatal sino que todos tengan asignada una tarea que realmente sea necesaria y la cumplan. Tampoco es cuestión de mejorar los números con salarios bajos sino, por el contrario, que haya buena paga a cambio de una rigurosa eficiencia, de modo de atraer a los mejores y más voluntariosos.

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