Ganancias, grietas y extorsión
El tratamiento de la baja de ganancias no solo trajo conflictos políticos, juegos de poder y arduas negociaciones que finalmente parecen haber terminado bien. También mostró en forma descarnada la grieta que se abre entre la CGT y la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte, que el lunes probó los efectos y la magnitud de una medida de fuerza que paralizó los servicios de transporte público desde la madrugada hasta el mediodía. La presión se ejerció no solo hacia el Gobierno sino -y fundamentalmente para mostrar su poder hacia adentro de la CGT que, a esas horas debatía para el proyecto de ley que modifica el impuesto a las Ganancias.
La conclusión es obvia: siempre estas medidas, aun cuando el derecho de huelga es legal, se manejan de manera extorsiva, porque se hacen sin aviso previo, sin convocatoria genuina de las bases, en los momentos más inconvenientes, en este caso en particular obligando al ciudadano de a pie a padecer la falta de transporte, en medio de un calor bochornoso. También es parte del análisis que este sector gremial, al tener como afiliados a empleados de altos salarios, la gran mayoría paga impuesto a las Ganancias. Como contracara, los pobres desgraciados que iban a trabajar y no tenían transporte en su gran mayoría no pagan porque cobran bajos salarios. Paradojas que el sindicalismo deberá explicar en algún momento.
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La jornada del lunes al fin fue un infierno para todos los que se trasladan a sus trabajos en transporte público y para los que van en auto también, pues el tránsito hizo que los accesos a la ciudad y el microcentro estuvieran intransitables durante gran parte de la mañana. En Pergamino, la ciudadanía amaneció sobresaltada por los estruendos de bombas y pirotecnia que utilizaron los transportistas locales para hacerse oír, una variante también desprejuiciada de los derechos del resto de la sociedad resto de la sociedad. El día también volvió a dejar parado el Aeropuerto Internacional de Ezeiza y el de Aeroparque, colapsados con largas filas de pasajeros que recibían la notificación de que sus vuelos habían sido cancelados o reprogramados. En total hubo 168 cancelaciones de vuelos de Aerolíneas Argentinas y Latam y fueron demorados otros 35. Los servicios comenzaron a normalizarse recién a partir de las 14:00, aunque los problemas se extendieron durante todo el día con cancelaciones hasta la noche. Familias con chicos deambulaban por los pasillos como zombis no sabiendo cuando iban a poder viajar.
En cuanto al sector portuario y ferroviario, la adhesión fue total. No ocurrió lo mismo, sin embargo, con los colectivos. Algunos sí funcionaron, aunque con servicio limitado. La 60, una de las líneas más importantes por su extenso recorrido y por la cantidad de pasajeros que transporta todos los días, estuvo paralizada.
Diciembre es el mes en que el clima social se enrarece, porque nuestra historia así lo marca; es el mes de los estallidos, el que marca el descontento sobre todo cuando el Gobierno no es de signo peronista. Es ingenuo pensar que solo en el Partido Justicialista hay elementos con capacidad para terminar un mandato, más bien se trata del poder de choque y desestabilización que tiene el peronismo cuando es oposición, claro que sacado a relucir a partir de un cuadro de debilidad del gobierno de turno, genuino o provocado por pequeños golpe a lo largo de un período previo. Y de un tiempo a esta parte, es el gremio del transporte -tanto por la injerencia política de sus dirigentes como por la incidencia de la actividad en la sociedad- el que toma la sartén por el mango cuando se trata de marcar territorio. La Confederación de los Transportistas, que agrupa 22 gremios del sector, lanzó el lunes, en medio de la negociación por Ganancias, un mensaje claro para quienes dirigen la central obrera, a quienes consideran débiles frente al Gobierno y es así como se consolidó la primera grieta desde la unificación de la CGT.
En Transporte afirman que con el anuncio de las medidas de fuerza, el portuario Juan Carlos Schmid -miembro del triunvirato- marcó distancia con el gobierno de Mauricio Macri y con los otros dos jefes de la central, Héctor Daer y Carlos Acuña. Hasta ahí llegó el conflicto y dicen que el enojo de Schmid es más con la CGT y los legisladores que no son duros opositores que con el Gobierno que con el oficialismo.
Mientras tanto, el Gobierno cuestionó la interrupción de los servicios y el caos que esto generó; el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, calificó de raro al paro y recriminó que mientras ellos trabajan por corregir deformaciones de Ganancias que llevan más de una década, hacen un paro sorpresivo de transporte. Al oportunismo político esgrimido le agregó la desconsideración que tuvieron estos gremios al ir a una medida de fuerza extrema antes de que estuviera agotada la negociación.
Con su aguda mirada política, el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, fue mucho más explícito y dijo que el paro de transporte no era una expresión genuina, un reclamo de las bases sino una demostración de fuerza hacia adentro de la CGT. Monzó, al tener una raíz claramente peronista, aunque ahora milite en el PRO, sabe leer enseguida a dónde apuntan sus excompañeros de ruta. El paro responde a cuestiones internas de la central obrera, porque nosotros estamos manteniendo un diálogo institucional con la CGT unificada. Al ser un paro del transporte, lo que estamos viendo es una demostración de fuerza interna, sostuvo el diputado.
La verdad es que la Argentina es un país francamente difícil, si no se acuerda con la CGT puede haber problemas, pero si se acuerda también, como es claro que sucede. Los finos equilibrios de la política y el sindicalismo llevan a una suerte de negociación permanente a fin de evitar conflictos, sobre todo en diciembre, un mes que genera temores (hasta ahora infundados) en toda la dirigencia y que hacen sentir al pueblo que la estabilidad y la gobernabilidad está en manos de la dirigencia sindical, que cuando quiere pone en ascuas al sistema.














