Estados Unidos no resignará su derecho a las armas domésticas
No es la primera vez y seguramente tampoco la última que Estados Unidos padece una masacre a manos de un civil, uno de ellos, sin conexión con células terroristas. La aparición, de tanto en tanto, de personas que evidencian algún desequilibrio emocional que canaliza en ataques responde más bien a cuestiones de tipo doméstico.
La nueva tragedia la produjo un hombre de 64 años, identificado por la Policía como Stephen Paddock, de profesión contador público, que disparó el fin de semana desde una ventana del hotel Mandalay Bay de Las Vegas durante más de 10 minutos contra unas 22.000 personas en un concierto a cielo abierto. El saldo fue dramático, con 59 muertos y más de 500 heridos.
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La masacre de Las Vegas fue el peor tiroteo masivo en la historia moderna del país, el último capítulo de tantos otros en escuelas, universidades y ciudades como Sandy Hook, Columbine, Virginia Tech, San Bernardino o la disco gay Pulse, en Orlando.
Obviamente que en este caso hay cuestiones para investigar, como por ejemplo cómo logró concentrar un verdadero arsenal en una suite del piso 32 del hotel, desde donde transformó un festival de música country en el blanco del tiroteo a inocentes generando escenas dantescas de muertos, heridos y gente que huía. También es de analizar que estuvo disparando durante 10 a 15 minutos, por eso el saldo del desastre es tan importante.
El grupo terrorista EI se adjudicó el tiroteo en Las Vegas como un atentado pergeñado por ellos, pero el FBI y la Policía local dijeron que no habían encontrado un vínculo con Paddock. Esto también deja al descubierto que el gran objetivo del grupo terrorista es sembrar el miedo allí donde estemos, hacernos sentir que somos los próximos en la lista. Incluso valiéndose de la mentira, como fue el aprovechamiento de esta triste circunstancia. Ahora lo sabemos: es probable que el EI e Isis ahora aprovechen a colgarse de cualquier asesino que ande suelto para mostrar más poder del fuego que el que quizás tiene.
Por el momento, el motivo del ataque es un misterio. Fue un acto de pura maldad, definió el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un breve mensaje desde la residencia oficial, dio condolencias a las familias y viajó al lugar de la masacre pidiendo la unidad de Estados Unidos, una propuesta que todos los mandatarios norteamericanos hacen frente a este tipo de hechos y que suele ser bien receptado por la población.
Como siempre sucede en estos casos, se reabrió el debate sobre el control de las armas en un país donde su compra es absolutamente libre. Esta es una cuestión delicada en Estados Unidos, habida cuenta de que no hay consenso en la ciudadanía como para que haya más control sobre la venta de armas ni mucho menos para modificar la legislación vigente al respecto. Por eso la propuesta de Barack Obama de generar trabas a la adquisición de armas no fue aceptada ni aprobada y terminó en la nada. Y por eso también en ningún momento Trump, respaldado por la poderosa Asociación Nacional del Rifle, mencionó siquiera la posibilidad de impulsar algún cambio sobre la tenencia de armas de fuego.
Los demócratas siempre fueron más permeables a controlar el mercado de las armas domésticas y los republicanos en cambio se niegan rotundamente a encarar estos asuntos. Y más allá de las posturas partidarias, la realidad es que los norteamericanos en general quieren que la venta siga siendo libre, porque el uso de armas es parte de su cultura, sus costumbres y lo que les ofrece sensación de seguridad personal. Lo consideran un derecho y no admiten otra forma de protección personal. En general, porque también hay sectores en contrario, para ellos las armas son como a nosotros una reja o una alarma. Las ven como elementos de protección inalienables y no en una relación directa con la criminalidad o una excesiva y peligrosa herramienta de autoprotección, como sucede acá.
En Estados Unidos cuatro de cada 10 personas viven en una casa donde hay al menos un arma, cuya posesión está amparada por la segunda enmienda de la Constitución. Y estas masacres son, para la mentalidad estadounidense, un efecto colateral de un derecho que no quieren que les sea coartado. Aun cuando los tiroteos masivos es un flagelo que aumenta: de los 10 episodios más sangrientos, seis ocurrieron en los últimos 10 años.
Para los argentinos que provenimos de otra cultura, donde las armas no son una moneda tan corriente, nos cuesta comprender que en un supermercado se pueda comprar un rifle o un arma de grueso calibre solo exhibiendo documentos y realizando una simple gestión que incluye la capacitación para su uso. Por eso hay 256 millones de armas en manos civiles, según un estudio de las Universidades de Harvard y Northeastern de 2015. Unos 133 millones de armas se concentran entre los americanos adultos; 55 millones de norteamericanos poseen por lo menos un arma y casi ocho millones de ciudadanos pertenecen al grupo de los superdueños de arma. Ese grupo es propietario de entre ocho y 140 armas.
Como es natural, cambiar esta modalidad de compra libre de armas que hace a la sensación de seguridad y libertad que la ciudadanía americana defiende a rajatabla no es sencillo y, por otra parte, durante administraciones republicanas el tema casi ni se pondrá sobre la mesa, pese a que los demócratas ya pretenden que en el Parlamento se analice la cuestión.
No es sencillo para nosotros analizar el fenómeno que se genera en Estados Unidos con la compra de armas, una medida que ni pensaríamos implementar en nuestro país, donde cada vez hay más restricciones para su adquisición. Sin embargo ellos parecen dispuestos a aceptar los daños colaterales que les genera este derecho a la libertad de adquirir armas sin control y por lo que se ve así seguirán.















