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¿Es mejor convivir que casarse?

13 de octubre de 2013 a las 12:00 a. m.

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se  unirá a su esposa, y serán una sola carne” (Génesis 2.24).

 

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El deseo de acceder a una pareja estable es universal e inherente a la condición humana, se ha dado en todas las culturas y en todos los tiempos.

Formar una familia representa la fantasía de supervivencia más allá del tiempo y del espacio. Si bien es esta una idea ilusoria, resulta absolutamente imprescindible para el devenir vital.

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Desde que el ser humano tiene el don del lenguaje, siempre ha tenido la necesidad de pensar su vida y de intentar vivir su pensamiento, pero en la actualidad, cada día tenemos menos respuestas armadas para organizar nuestros vínculos afectivos. El filósofo francés André Comte Sponville ha dicho que es fácil enamorarse y es difícil amar. Es por eso que la pareja resulta complicada: solteros soñando vivir en pareja y gente viviendo en pareja soñando ser solteros. La psicología y, especialmente el psicoanálisis han proveído herramientas e hipótesis para tratar la compleja problemática de los vínculos. Así, ha referido que una pareja estable se constituye sobre la base de un sistema de valores, creencias religiosas, prejuicios, prácticas sociales y familiares y, desde lo individual, la pareja se arma sobre la base de proyecciones relacionadas con imágenes inconscientes y experiencias de vida que cada uno tiene. Las fuerzas que impulsan a los seres humanos a formar una familia son pulsiones, afectos, presiones sociales o familiares, determinismos económicos, necesidades eróticas, intereses sociales, etcétera. En este contexto podemos reconocer, al menos, tres tipos de familias: la familia patriarcal, basada en la diferencia de género y la división sexual del trabajo, con fuerte primacía masculina; la pareja moderna, basada en la igualdad y el enamoramiento y la pareja posmoderna que comparte con esta época su característica de base hedonista, con un culto al ocio, el confort, los viajes, las segundas residencias, la imprescindible práctica de actividad física,  la cirugía plástica;  vínculos que buscan el placer y el confort y una  necesidad imperiosa de delimitar el territorio individual de cada uno y defenderlo a ultranza.

No pocas veces la llegada de los hijos se pospone o retrasa, pues se interpreta como una interrupción de la libertad y la diversión.

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Otra característica importante de la pareja de nuestro tiempo, es que la posibilidad de la separación está abierta desde el mismo comienzo de la relación. El fin de la pareja deja de ser un fracaso para convertirse en un evento normal en el ciclo vital de la familia.

Hoy, los espacios individuales de ocio, realización y trabajo son muy importantes. Los roles de género se pueden invertir, existiendo gran flexibilidad para interpretarlos y ejercerlos y, por último, hay una democratización de las relaciones familiares que, en algunos casos, se traduce en el borramiento generacional y el cuestionamiento de la autoridad parental.

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Nos pasa todo esto y, en este escenario, la gente se casa cada vez menos, optando mayoritariamente por convivir sin pasar por el Registro Civil. Sin embargo cabe una reflexión, la ley, a cargo de la regulación de la conducta humana, en materia de Derecho de Familia, está menos preocupada por los matrimonios y más  ocupada ahora en las relaciones convivenciales que, prontamente, con la reforma del Código Civil, pasarán a regularse en algunos de sus efectos a fin de no desproteger a los más débiles en la relación. Así ya no servirá “no casarse” para “no tener problemas” y habrá que pensar en formar una familia, con o sin libreta matrimonial, pero con más responsabilidad y compromiso, en especial cuando de hijos se trate.

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