En los temas comunitarios, que las medidas no terminen por complejizar los problemas
Construir ciudades modernas en las que los ciudadanos puedan tener buenas condiciones y calidad de vida es una responsabilidad colectiva de gobiernos e individuos. Corresponde al Estado tomar registro de las problemáticas comunitarias, analizarlas e instrumentar acciones para modificar realidades que afectan el bienestar. Así es como se logra el desarrollo sostenido y se evoluciona. Nadie discute que para ello deban establecerse normas y programas concebidos en el espíritu que la gente viva mejor. Ahora bien, cuando algunas de esas iniciativas encuentran obstáculos que dificultan su puesta en marcha y generan no pocas oposiciones, es necesario revisar las ideas, atender los argumentos y volver a establecer los consensos con los miembros de la propia comunidad para que la solución no se torne más compleja que el problema.
En Pergamino de un tiempo a esta parte, por decisión del Departamento Ejecutivo o el Concejo Deliberante, se han pensado propuestas que parecen no ser lo suficientemente sencillas de aplicar o se han lanzado sin que los acuerdos y la conciencia social respecto de la importancia de ellas resulten suficientes.
Las mas leidas de Opinión
Inteligencia Artificial: el reto que enfrenta la humanidad
Frigoríficos exportadores temen una catástrofe con los precios de la carne

El virus de la violencia y la impunidad
Salir de la intolerancia, la trampa de este vertiginoso Siglo XXI
Biorevolución o Muerte

Salvando lo que pueda leerse como la natural resistencia a los cambios que suele acompañar los procesos de transformación por parte de los integrantes de una sociedad cuando suponen modificaciones sobre acciones que están profundamente arraigadas, algunos instrumentos que se pensaron para dar solución a problemas reales no terminan de encontrar caminos de ejecución que resulten efectivos. Y en este contexto, los mismos problemas siguen perpetuándose. Y las normas que le dan marco a un mejor modo de hacer las cosas quedan en un limbo que desdibuja sus beneficios.
Un ejemplo de esto es lo que ocurre con la instrumentación de la Evaluación Médica Deportiva Obligatoria (Emdo), un programa creado para asegurar que todos aquellos que realizan actividades deportivas de manera federada o libre realicen y cumplan con estrictos controles de salud. Si bien el espíritu de la iniciativa apunta a generar una verdadera transformación en el modo de realizar los controles para garantizar seguridad a la hora de practicar un deporte o acudir a un club o gimnasio, tras varias prórrogas establecidas, su implementación es errática. Tal como señala el informe central de esta misma edición, el acatamiento es dispar y las propias entidades deportivas y profesionales médicos mantienen sus reparos respecto del modo en que ha sido pensada la herramienta y la adhesión que tiene por parte de los pergaminenses. El programa incluyó la creación de un soporte informático que unifica criterios de control y supuestamente agiliza la certificación. Sin embargo, usuarios aseguran que encuentran dificultades en su operatividad. Por un lado, están los que aseveran no han sido notificados de la puesta en vigencia de la ordenanza que dio vida al programa; por el otro, los que se muestran detractores del espíritu mismo de la iniciativa y los que se disponen a acatarla, avizorando un horizonte en el que puedan imprimírsele algunas modificaciones.
Entre unos y otros están los usuarios que, aunque se ha implementado una campaña de comunicación explicando los alcances de la Evaluación Médica Deportiva Obligatoria, no terminan de internalizar sus beneficios. Estos corren además con la desventaja de que la herramienta viene a quebrar un hábito instalado que es el de conseguir el apto físico con cualquier profesional, sin mediar en muchos casos la realización de estudios médicos.
Aquí quizás radique uno de los principales puntos de dificultad, por cuanto por sofisticada que sea una herramienta no conseguirá volverse efectiva si no se hace carne en la sociedad. Y esto no suele darse por imposición, más bien hay que insistir en la conciencia respecto de la importancia de cuidar la salud, algo que por el momento comunicacionalmente no ha rendido sus frutos. Tal vez haya que esperarlos en el largo plazo, sin desatender que si el instrumento creado en lugar de simplificar el camino lo complejiza, lejos se está de alcanzar los resultados esperados.
Vigente desde hace unos días, pero creada desde hace más tiempo, hay quienes aseguran que el soporte informático que permite la emisión del certificado no estaba disponible ni accesible a todos. También señalan que en las entidades deportivas compiten muchas personas que no están mutualizadas y que no siempre tienen recursos para afrontar el costo que supone la realización de pruebas médicas de cierta complejidad. Los impulsores de la medida contrarrestan esta inquietud haciendo mención de la posibilidad de realizar los estudios en el sistema público de salud, pero hasta el momento no se han articulado los circuitos para que esto pueda hacerse con la celeridad que requiere este tipo de acción. De más está decir que este sector de la población es el más amerita si se pudiera establecer una prioridad- que sea sometido a estos controles para detectar patologías, especialmente cardíacas, pero es justamente para ellos que todo se ha hecho de una manera muy compleja.
En este contexto, el instrumento que serviría no solo para preservar la salud de muchas personas y detectar anomalías silenciosas sino también para deslindar responsabilidades civiles a entidades deportivas y gimnasios, aún no consigue funcionar a pleno. Quizás falte tiempo para aceitar los mecanismos de funcionamiento y reste trabajar más en esto con la comunidad.
En otro plano completamente distinto, algo similar ocurre con el anuncio de la puesta en marcha de un programa para la colocación de chips a perros supuestamente peligrosos. La iniciativa fue planteada como un modo de imponer criterios. Y aunque el Municipio tomaría a su cargo la colocación de los chips a aquellos perros que vivan en la calle y con ello se avanzaría en la conformación de un registro, la medida parece no contribuir a la resolución del problema real que es la de los animales sueltos en la vía pública. Aquí aparece nuevamente el intento de recurrir a una herramienta de tipo tecnológica para resolver una cuestión que requiere del trabajo mancomunado con la sociedad en el espíritu de crear conciencia respecto de un tema sensible como es la tenencia responsable. La mirada debería estar puesta en el establecimiento de una política pública que vaya más allá de un chip.
Con estos tópicos no se agota el inventario. En los últimos tiempos han sido varias las propuestas que desde el Gobierno local tienen a las medidas innovadoras en el núcleo de la acción. Sin embargo, al momento de implementarse las iniciativas parecen chocar con una sociedad que se muestra reticente, que no comprende los propósitos. De este modo se establecen brechas entre lo deseable y lo real que dejan varios de los problemas sin resolver.
Hay quienes analizan que esto sucede porque no se pondera la idiosincrasia del pergaminense al momento de idear las soluciones ni se atiende su voz en relación a sus verdaderas necesidades. ¿Un chip resuelve la problemática de los perros de la calle? ¿Un certificado de evaluación médica deportiva obligatoria genera un mayor compromiso con el cuidado de la salud? Responder a estos y otros interrogantes puede poner luz sobre cuestiones que aunque parecen menores, tocan aspectos medulares en la vida de la sociedad como son las responsabilidades comunitarias.
A la luz de lo expuesto, se nota en el Gobierno local la clara intención de innovar en la búsqueda de soluciones. Eso es saludable. No obstante esa voluntad, muchas de las iniciativas quedan en la expresión de un deseo y parecen desconocer los tiempos de la propia sociedad para adoptar ciertos cambios.
La clave tal vez radique en volver sobre los problemas con una mirada de sentido común que pueda resolverlos de manera sencilla. El viejo dicho popular que señala que el pan se amasa con la harina que se tiene aplica a la hora de repensar las soluciones a las cuestiones que preocupan a diario a los pergaminenses. Y esto de ningún modo significa resignarse ni perder el tren el futuro. Mucho menos dejar de incursionar en el desarrollo de propuestas que mejoren la calidad de vida de todos. Más bien implica ser realistas, aplicar el sentido común que es el más común de los sentidos y trabajar para que la adopción de los cambios que se necesitan se den de la mano del consenso y de un proceso de educación social que demanda tiempo, que no se impone con normativas y que decanta producto de entender que lo que se propone desde el Estado es lo que realmente se precisa para hacer más simple la vida de los pergaminenses y no a la inversa.














