Empleo público versus empleo privado
Acontracorriente de lo que sucede en otros lugares del mundo, donde las posibilidades y expectativas de des arrollo profesional y laboral están asociadas al campo del sector privado, en Argentina el interés por trabajar en el Estado parece concitar la mayor preferencia, según revela un informe elaborado por la Universidad Austral. El dato en sí mismo muestra la preponderancia de las elecciones personales, pero también aparece como un claro indicador de una cultura que se ha impuesto y observa en lo estatal atributos de seguridad que no encuentra en el ámbito privado, quizás porque precisamente han sido las políticas públicas las que han deteriorado la potencialidad de las condiciones que se requieren en la estructura productiva para transformar al empresariado pequeño y mediano en generador de empleo.
En un país sometido a crisis recurrentes, muchas veces es la presión del propio Estado
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el que impide la pujanza de otras épocas a un colectivo empresarial agobiado por las condiciones de la macroeconomía. Y es el propio Estado el que con sus acciones u omisiones promueve la idea de ser el gran proveedor del bienestar, sin observar las consecuencias de agrandar cada vez más su estructura en detrimento del equilibrio que tienen las sociedades más desarrolladas en esta materia.
El estudio revela que el 62 por ciento de los argentinos prefiere un empleo en el sector público. Si bien la consideración se profundiza en los estratos sociales más bajos, alcanza a todos los sectores.
¿Hay una cultura de vivir a expensas del Estado?
En un momento en que se discute el futuro de los planes sociales y los programas de asistencia y se reclama la necesidad de incorporar a una importante masa de beneficiarios a las estructuras del trabajo formal, ¿es sobre el propio Estado que recaen las mayores expectativas de inserción?
¿Qué dice la consideración de la propia ciudadanía respecto del empleo y qué camino marca esa opinión a los hacedores de políticas públicas?
El informe indica que la tranquilidad de no ser despedido y la idea de que el Estado es una entidad que no puede quebrar irrumpe entre los principales fundamentos de las respuestas brindadas por los participantes del estudio.
A la luz de estas respuestas parecería que el empleo privado no aportaría la misma sensación de estabilidad, una creencia que se consolidó fuertemente durante la pandemia- según muestra el propio estudio-.
La serie histórica que presenta el estudio evidencia que, lejos de cambiar, las preferencias de la opinión pública se consolidaron en esta dirección y como dato no menor el informe resalta que en los cruces por edad, las preferencias sobre el Estado, versus el empleo privado, aumentan en los públicos más jóvenes, llegando a representar una preferencia del 66 por ciento.
A pesar del descrédito que en buena parte de la ciudadanía tiene la dirigencia política, se sigue mencionando la estabilidad como una de las principales cualidades del empleo público, incluso en detrimento de algunos atributos que se ponderan del empleo privado asociados a una mayor posibilidad de progreso en términos de capacitación y desarrollo personal.
Del análisis de los datos que aporta este trabajo surge una idea arraigada en el imaginario social vinculada a que el Estado brinda una mayor protección a las personas. Y también pone en el sector privado una falsa convicción de "inestabilidad" que deja al trabajador en una situación de mayor vulnerabilidad, algo que no siempre se condice con la realidad.
Existe un resquebrajamiento de la figura del empresario como un desarrollador de oportunidades y se borra su perfil de generador de valor social. Algo que contradice el espíritu mismo de cómo alguna vez fue ideada la estructura productiva de este país.
Los atributos de responsabilidad social y solidaridad deberían abarcar a la totalidad de la matriz productiva del país. Sin embargo, esta idea no parece estar tan presente en la consideración popular respecto del empleo y las posibilidades. Algo que resulta preocupante en el contexto de una sociedad que está obligada a debatir seriamente sus condiciones de crecimiento y desarrollo creando reglas claras que incluyan al Estado como un generador de empleo, que de hecho lo es, pero también como artífice de bases propicias para que el sector privado pueda desplegar su capacidad y potencialidad para construir oportunidades de trabajo que sean consideradas por los argentinos como posibilidad cierta. Eso no lo hace solo la empresa privada ni el Estado por imposición. Es una tarea que más bien requiere de políticas públicas estratégicamente diseñadas para generar previsibilidad. Algo que hace tiempo falta y que se traduce en esta certeza construida sobre la idea de que es mejor vivir a expensas del Estado, trabajando o gozando de algún beneficio, sin entender que el círculo virtuoso de las sociedades que crecen y se desarrollan de manera genuina se activa poniendo en marcha alianzas y políticas que incluyan a todos, a los empresarios del sector privado y al Estado como el garante de esas condiciones de estabilidad que aportan certidumbre y bienestar, atributos sin los cuales el Estado queda condenado a transformarse en una estructura pesada e ineficiente que en algún momento tampoco podrá seguir sosteniendo sobre su espalda el peso de tanto desbalance. Quizás es hora de impulsar la tarea de construir otros mundos seguros.















