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Empecemos... para no volver a empezar

31 de mayo de 2019 a las 12:00 a. m.

Suele decirse que no hay mejor defensa que un buen ataque. Se dice para la vida y también en política. En este ámbito otros prefieren utilizar metáforas deportivas, como que lo importante es meter gol, una forma pedestre de defender la perniciosa máxima de que “el fin justifica los medios”. Son, en todo caso, malos consejos, estrategias políticas o formas de relacionarnos con los demás que nos llevan a la destrucción; a la nuestra y a la del otro. El modelo de sociedad que representan es poco amable, poco amistoso, una suerte de darwinismo social al que solo le importa el resultado, que desconfía del ser humano.

En política, un signo de esta lógica es el recurso a la falacia en cualquiera de sus formas. En democracia normalmente no se da la violencia física y, cuando la hay, suele estar sometida al control judicial, pero sí la manipulación y el envilecimiento, el engaño. La falacia juega en este contexto un papel fundamental. También la ausencia de altruismo y de solidaridad, una suerte de “sálvese quien pueda” que se acentúa con crisis económicas como la que estamos padeciendo.

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Estas estrategias maniqueas, si se quedan entre nosotros y se generalizan, son un cáncer para la democracia. Es verdad que la política no es para ingenuos, ni para mentes simples o inocentes, ni mucho menos para incompetentes, ni qué decir siempre la verdad a todo el mundo sea lo más aconsejable. Hay un punto de hipocresía que sin duda nos civiliza, nos ayuda a soportarnos los unos a los otros.

Pero esto es una cosa y otra que aceptemos que el hombre público, el político, pueda ser un sinvergüenza, un corrupto o un canalla. O peor aun, que lleguemos a pensar que “político” es sinónimo de todo esto. Debemos recuperar una mirada sobre la política que solo incluya a personas honestas, honradas, austeras, con vocación de servicio a los ciudadanos, con grandeza y generosidad, y no con ansia de poder o que consideren que su poder es suficiente per sé para cambiar el mundo, cual mesías; personas con principios y convicciones, con todos los escrúpulos y reparos del mundo hacia el dinero público.

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El deterioro en nuestro país de nuestra joven democracia, la desconfianza en la política que señalan todas las encuestas, son consecuencias de una pérdida progresiva de estos valores intrínsecos que la conforman.

La democracia es (debería ser) también un modus vivendi, una forma de relacionarse con los demás, incluso de reconciliarse, de no sentir como ajeno nada que le afecte al otro de una forma relevante, de entender el poder y la vida social como un espacio para la convivencia, la libertad, el desarrollo personal y colectivo, con igualdad de oportunidades y con cohesión; sí, nada nuevo, nada que no esté escrito, que no pueda encontrarse en las mejores propuestas republicanas sobre la democracia.

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Es verdad que se trata de propuestas exigentes, nada fáciles de convertir en realidad. Son un ideal que debemos perseguir aunque nunca lo alcancemos.

Pero nuestro problema hoy no es de exceso de pretensiones, por habernos exigido mucho, sino por habernos conformado con muy poco, incluso por habernos tragado unos cuantos “sapos”; hemos caído muy bajo.

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La corrupción o el enriquecimiento ilícito de una parte significativa de la clase política y el abuso de poder, entre otras prácticas perniciosas, han contribuido a esta crisis institucional que vivimos. También lo han hecho la ruptura de las reglas del juego limpio que las acompaña inexorablemente, el abandono de esos principios y valores que definen hoy una genuina democracia constitucional: el de solidaridad, el de igualdad de oportunidades, el de respeto hacia el otro, a su privacidad, al adversario político, demasiadas veces enemigo, al valor de la palabra dada, de las promesas, etcétera, etcétera. La política del “todo vale” con tal de conseguir los fines que se persiguen y los escasos frenos morales de algunos de sus protagonistas explican todos estos fenómenos de corrupción y deterioro de la vida pública.

Hoy vivimos malos tiempos para los principios y los valores, para una visión ilusionante de la política y de la democracia. Desgraciadamente, los ejemplos de falacias y de juego sucio son numerosos y los encontramos todos los días y por todas partes. En los políticos, en los medios de comunicación y en la llamada sociedad civil. Alguno alivianan su implicancia llamándolos “viveza criolla”. En fin, de vivos, nada.

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Necesariamente hay que pensar que esta desconfianza se puede revertir; caso contrario estaríamos desistiendo de la democracia como sistema. Si queremos empezar a recuperar alguna dosis de crédito ciudadano, de confianza en el sistema, el presidente debería empezar por asumir él sus responsabilidades, palmarias, por sus incapacidades y errores, y acto seguido replantear su equipo, maneras, planes que han demostrado no funcionar. Ya lo debería haber hecho pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Los legisladores de todos los signos trabajar en lo suyo y en nada más: legislando para poner los Códigos que rigen la vida cotidiana en el Siglo XXI. Es una tarea titánica, sumamente necesaria para el comercio, el trabajo y la lucha contra el delito. No debieran tener tiempo para otra cosa.

Y los funcionarios y exfuncionarios que tienen causas judiciales, someterse a la Justicia sin retaceos ni chicanas porque mientras haya acusados y no hayan sido sometidos a un juicio, cargan con una sospecha que cae sobre toda la democracia y debilita la confianza.

En suma, el recurso sistemático a la falacia o directamente a la mentira, con una falta de respeto hacia los ciudadanos, tratándonos como menores de edad, junto al abandono de los principios más elementales de honradez y honestidad, de transparencia y visibilidad, de fair play o, también, de solidaridad con los más débiles, no augura nada bueno para nuestra democracia.

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Según su pensamiento, cada lector le estará poniendo nombre y apellido o un signo político a todas estas situaciones que mencionamos, pero aquí no hay un único responsable. Sería pueril y sectario pensarlo. Somos todos, cada uno en su nivel; todos los partidos políticos (incluidos los minoritarios), los medios de comunicación y el conjunto de los ciudadanos que debemos exigir (e interiorizar) el debido respeto a las reglas y a los valores democráticos.

Políticos: dejen de mentir, endulzando los oídos desesperados de quienes realmente necesitan estar mejor. Ciudadanos: no “compremos” programas irrealizables porque luego la frustración es mucha y la pérdida de confianza no se recupera. Políticos: digan la verdad. Ciudadanos: asumamos que la verdad puede no ser de nuestro agrado y su tránsito amargo.

La democracia es la única forma de gobierno que requiere para su existencia de la confianza de los ciudadanos (todas las demás se las arreglan directamente con la fuerza, con la violencia, incluso física) y si se pierde del todo, sencillamente, estamos perdidos. Sin confianza, no hay democracia. La historia nos lo enseñó en 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976. No volvamos a empezar.

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