El viernes, un día clave en la encrucijada gremial
El viernes se reunirá el Comité Central Confederal de la CGT para decidir un paro nacional, cuya fecha deberá fijar el triunvirato que forman Héctor Daer, Juan Carlos Schmid y Carlos Acuña. Es un tema ya muy manoseado este del paro general, donde queda claro que algunos sindicatos quieren y otros son reticentes, cada uno con sus razones económicas y políticas, porque si algo escasea en el gremialismo argentino es la ingenuidad. De modo que cada sector va combinando sus cartas de acuerdo con los intereses de una dirigencia que, al fin, aprendió todos los trucos en esto de sobrevivir 30 años atornillados a los sillones.
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Los sindicalistas explican su endurecimiento en razones económicas, como no podía ser de otra manera. El ajuste, las tarifas, el impuesto a las Ganancias y las paritarias atrasadas son parte del libreto que vienen preparando para fogonear el paro.
Sin embargo hay muchas otras cuestiones que explican tanto las amenazas de paro como el estado dubitativo y de conciliábulo permanente en que han caído desde que asumió Mauricio Macri. No hace falta hacer larga memoria para recordar los conflictos que, desde el primer momento, tenían los gremios cuando quien gobernaba no era de signo peronista. Lo vivimos con Raúl Alfonsín y con Fernando de la Rúa, a quienes no esperaron ni unos meses para empezar la lucha sindical.
¿Cuáles son las razones que creemos entrever en esta nueva actitud gremial?
Las hay políticas y las hay gremiales. En principio la CGT se apuró a creer que si se reunificaba liderarían la reconstrucción de un PJ que hoy es un mosaico de sectores y recuperaría el liderazgo de la demanda social. Por el momento esto no viene sucediendo y, en cambio, hay sectores del peronismo que, aunque quieran el apoyo de los sindicatos, a la hora de la verdad eluden sacarse la foto con los gremialistas. Más aun ahora, cuando un gremialista histórico, con activa presencia en la arena como Caballo Suarez preso, tras años y años de manejar el sindicato de los obreros marítimos a su antojo, habiendo creado un imperio sobre la base de aprietes, coimas y negocios personales incompatibles con su función (y con su patrimonio blanco). Los políticos no quieren verse envueltos en posibles futuros destapes de corrupción, sabiendo que la gran mayoría de los sindicalistas tiene sobradas razones para que se los procese. Ya lo hemos dicho: Suárez no es la excepción sino la regla general.
Ahora hay tierra fértil para que las denuncias de lo que siempre se supo tengan curso y nadie salga muerto por ello. Las causas penales que se les pueden abrir no dejan dormir a dirigentes importantes del gremialismo argentino y esto también es para ellos parte de una posible e hipotética negociación de impunidad con el poder, como durante años han hecho en el pasado. Si no es por corrupción, no habría explicación para los visibles enriquecimientos (podría denominarse como la flagrancia de la corrupción) de la dirigencia gremial, sin que la Justicia nunca interviniese, salvo en casos muy puntuales y escandalosos como el de Juan José Zanola, que todavía está preso. El tema es que lo del bancario no fue robo administrativo o de guante blanco: lo de él fue criminal ya que se constataron muertes por sus negociados con los medicamentos truchos. Ante esto no hubo protección política que pudiera evitar su encarcelación, como sí la hay para otros robos, a los afiliados, a la sociedad, al Estado, que perpetran los sindicalistas, que bajo fachadas lícitas como lo es crear una empresa prestadora o contratista del gremio, se han enriquecido, más que ilícitamente, inmoralmente, porque se trata del dinero de aquellos a quienes dicen defender.
También es parte del análisis que se cayó el reclamo por el financiamiento de las obras sociales. Macri les giró 2.700 millones de pesos en efectivo para solventar el déficit y les entregó bonos por 27.000 millones para saldar la deuda total. Y la realidad es que verse con este dinero que durante los años de Cristina dieron por perdidos, ablandó el corazón de los más duros sindicalistas. Pero más que todo nos atrevemos a pensar- lo que hace menos belicosa su lucha y más negociadores con el Gobierno es el pánico a que ante una agitación social desde la central obrera motive que les vayan con los tapones de punta a la Justicia y destapen las ollas de los desaguisados gremiales porque casi ninguno tiene la cola limpia.
La posición que se asumirá el viernes dentro de los sindicatos más duros será la queja por la situación angustiante que se vive en el Conurbano. Es innegable que la población más vulnerable sufre un ajuste severo por la inflación y la caída de la actividad. Los sindicalistas de la CGT quedaron impresionados por la marcha que organizó la CTA, que compite con ellos, a comienzos de mes. Que otros tomaran las calles mientras ellos estaban reunidos en la Casa Rosada con el presidente les cayó como una bomba y muchos se sintieron amenazados. No sea que, al fin, las dichosas bases terminen reclamando la nunca aplicada democratización de los gremios y no sea sencillo obtener el voto cuando las elecciones gremiales sean reforma mediante - realmente libres.
Si hay un sentido que han desarrollado los gremialistas de la llamada burocracia sindical es el olfato para saber en qué momento hay que mostrarse combativos y en cuál hay que desaparecer del escenario. Muchos sienten que el caldo social se está poniendo espeso y ellos no son las figuras centrales. Y para no dejar nada fuera, han hecho reuniones para absorber los movimientos peronistas de trabajadores informales y los agrupamientos sociales, de modo de abarcar el mayor espectro de queja posible, antes de animarse al paro.
Hablamos de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, el Movimiento Evita y Barrios de Pie, para exigir al Estado que transforme los planes asistenciales en un salario con cobertura médica. Y como al fin, muchos de nuestros sindicalistas ya son más empresarios que gremialistas, ya algunos sueñan con el negocio de montar con recursos fiscales una gigantesca obra social de cuentapropistas, una suerte de Pami para los informales y trabajadores libres.
La CGT está en una encrucijada. Por un lado, la ilusión de restaurar su rol político, por otro mostrar que aun son fuertes como para mantener el poder sindical, pero por otro no están dispuestos a predisponerse tan mal con el poder que puedan llegar a tener problemas judiciales por sus desprolijas administraciones. En otras palabras, quieren, pero no quieren.














