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El repetido error de querer vivir con lo nuestro"

04 de marzo de 2023 a las 12:00 a. m.

Durante buena parte de 2022 la carne estuvo atrasada respecto del resto de los alimentos y, como representa casi un 6 por ciento de la canasta del IPC, fue una clave para que no volara el índice de precios por arriba del 100 por ciento. A pesar de los incrementos recientes, la carne en Argentina sigue siendo la más barata de la región, algo muy sencillo de averiguar comparando la medición del Indec a dólar blue del kilo de carne picada, que alcanza los 2 dólares, con lo que publican los sitios online de los supermercados para el mismo producto: 16,6 dólares en Chile, 10 en Brasil, 9,8 en Uruguay, 7,2 en Bolivia y 5,5 en Paraguay.

Ante los aumentos recientes, la actitud del Gobierno fue la predecible: el secretario de Comercio, Matías Tombolini, anunció que habría acuerdos para contener el precio de la carne.

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Es muy probable que a estos anuncios les siga la habitual letanía kirchnerista: el camioncito de Carne para Todos que abrirá las puertas a la discrecionalidad y la corrupción, sobre todo en las intendencias donde circule, los móviles de la televisión mostrando que la carne "bajo acuerdo" es pura grasa y hueso, y las entrevistas con carniceros diciendo que "no se consigue carne al precio sugerido por el Gobierno". Habrá también coqueteos con el cierre de exportaciones, se le echará la culpa a China (o a quién sabe qué), se especulará si los cierres serán totales o parciales (en enero del año pasado se prohibió la exportación de siete cortes), los ganaderos harán un asado mostrando carne dura y carne blanda, explicando que la primera se exporta a China, se pedirá la nacionalización del comercio exterior de carne o la creación de un frigorífico estatal "testigo", para que luego un exponente del kirchnerismo dialoguista buscará un "punto medio" proponiendo una suba de retenciones a la carne. El menú de siempre. El kirchnerismo es el día de la marmota: un repetir el error de manera permanente buscando resultados distintos, una conversación en la que lentamente nos vamos volviendo todos locos.

Mientras tanto, nadie dice lo obvio: la carne aumentó el año pasado unos 50 puntos porcentuales por debajo de la inflación general por la misma razón que la cebolla aumentó un 337 por ciento y la lechuga en solo un mes lo hizo un 130 por ciento. Fue por la sequía, que todo lo arrasa, particularmente en la franja central del país. Por la misma razón que las verduras se secaban, la carne abundaba, ya que ante la falta de agua, pasto y maíz los ganaderos apelaron a una receta defensiva y mandaron al matadero una parte importante de su plantel, para evitar que muriera en los campos (o porque no era negocio mantenerlo).

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Como si la sequía no fuera suficiente, el Gobierno lanzó los programas Dólar Soja I y II. El resultado fue que los productores que manejan un stock de granos, en lugar de vender todo vendieron solo soja, haciendo escasos el trigo y particularmente el maíz, que es el principal alimento de novillos y pollos. Para obtener un kilo vivo, el novillo debe ingerir entre siete y nueve kilos de maíz; para un kilo vivo de pollo, dos kilos de maíz. Por eso, en teoría, siempre el kilo de pollo es mucho más barato que el kilo de carne vacuna. En general, los últimos 100 kilos del novillo, su "terminación", se hacen a grano. Mantener novillos y vacas en el lote se volvió caro y riesgoso en zonas como Chaco, Santiago del Estero y Formosa, donde las temperaturas rompieron récords y la escasez de agua también se volvió imposible. 

Estos ganaderos se lanzaron masivamente a liquidar hacienda de casi cualquier categoría como estrategia para defender de su capital. Se llegó a 13,5 millones de cabezas, un 5 por ciento más que en 2021. El sitio decampoacampo.com informó que, medido a dólar blue, el kilo vivo del novillo de más de 300 kilos pasó de 1,5 dólares en abril del año pasado a 0,82 en enero de este año. Una enorme destrucción de capital que demorará años en reconstruirse. Se vendieron porciones enormes de la hacienda a un valor muy inferior al razonable para evitar la pérdida total del ganado.

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Como ahora la hacienda en pie escasea, el precio apenas se recompone y ya roza los 1,2 dólares blue. Pero a prepararse: la carne vacuna en la góndola tiene que aumentar al menos un 50 por ciento para no perder frente al resto de los bienes. 

Es importante señalar que el aumento en la faena y la baja en el precio no redundaron en un mayor consumo local, que pasó del piso histórico de 47,9 kilos por habitante en 2021 al segundo piso histórico de 48,6 kilos el año pasado. Es que la carne se abarató, pero los argentinos somos mucho más pobres. Lo que crecieron, entonces, fueron las exportaciones. Su bajo costo la hizo más competitiva frente a la de Uruguay, Brasil y Estados Unidos para acceder a China, Europa, Israel y Chile (nuestros principales destinos).

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¿Por qué los argentinos somos cada vez más pobres? Por la idea patológica de cerrazón de la economía, el "vivir con lo nuestro" de Aldo Ferrer. Ese lastre ideológico es lo que frena el enorme potencial productivo de los argentinos. Tombolini hoy solo es el gendarme que ejecuta los delirantes y repetitivos esquemas de la derrota. Es el que tocó hoy, sin nada de pena y mucho menos de gloria.

Para que un camionero se coma una tira de asado en su parrilla rutera preferida, un ganadero tuvo que inseminar una vaca, como mínimo, cuatro años y medio antes. Con una gestación de nueve meses y un engorde variable que demorará poco más de 46 meses, esos son los tiempos.

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La ganadería es, por sobre todas las cosas, un negocio de valorización de capital. La ganadería a pasto, como se ejerce en Argentina, está íntimamente ligada a un horizonte medianamente previsible de precios y a una tasa de interés razonable. Los saltos del tipo de cambio en un producto donde más del 75 por ciento de su consumo es local destruyen patrimonio (nadie sensato mediría su patrimonio en pesos), por eso en 1974 había 2,2 cabezas de ganado por habitante y hoy hay menos de 1,2. El negocio en este contexto es malo para la mayoría de sus jugadores, que por lo tanto deciden reducir su plantel de animales o retirarse del negocio.

La historia brasileña es particularmente inspiradora. A comienzos de la década del '80 era un mercado cautivo para los exportadores argentinos. Sin embargo, algo cambió. El proceso de expansión de la ganadería en El Cerrado, posible gracias a la combinación del apetito empresario y los créditos blandos para crecimiento del rodeo, permitieron elevar significativamente el stock ganadero. Las vacas son las fábricas de terneros y, en términos financieros, representan un activo inmovilizado. Con tasas de interés bajas es negocio retener hembras para ampliar la fábrica de terneros.

Eso fomentaba explícitamente el Banco Nacional do Desenvolvimento y eso hacían los gaúchos, lo productores del sur de Brasil que desarrollaron El Cerrado. Como Brasil no tenía estabilidad macro, subsidiaba tasa. Cuando la tasa subsidiada se combinó con la estabilidad de los '90 y los '00, explotó. Para 2019 "nossosirmãos" exportaron tres veces más que Argentina, transformándose en los mayores exportadores de carne vacuna del mundo, y sus conglomerados cárnicos adquirieron a algunos de los gigantes norteamericanos. En el mismo período, Argentina redujo su consumo per cápita en más de 20 kilos, mientras que Brasil lo elevó.

Lograr esta actividad virtuosa no es cosa de genios, más bien es sencillo. La producción de proteína animal es uno de los negocios más viejos del mundo. Pero una mezcla de intereses mezquinos ligados a la comercialización en negro y la ideología anacrónica del mercadointernismo nos condenan al atraso en esta producción, como en tantas otras.

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Los argentinos no podemos pagar la carne vacuna más barata (y rica) del mundo porque nuestro ingreso se fue pulverizando desde 2001, ya que vivimos en el sueño de Ferrer y De Mendiguren: una economía cerrada con salarios bajos y bienes para consumo caros.

Comerciar sanamente con el mundo es la clave para romper el hechizo de la marmota, de vivir todos los días el mismo día. Debemos convencernos los argentinos que el costo de cambiar –aunque sea doloroso- es infinitamente inferior a la decadencia a la que estamos condenados por no hacerlo. 

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