El regreso a clases: la oportunidad de detener la mirada en los chicos
A menudo se dice que la escuela es la caja de resonancia de diversas problemáticas que exceden a lo educativo. Es un espacio en el que además de enseñar y aprender se contiene y se asiste porque es en el ámbito del aula y en la interacción con docentes y...

A menudo se dice que la escuela es la caja de resonancia de diversas problemáticas que exceden a lo educativo. Es un espacio en el que además de enseñar y aprender se contiene y se asiste porque es en el ámbito del aula y en la interacción con docentes y pares donde suelen emerger señales que resulta necesario atender porque ponen en evidencia cosas que afectan el bienestar.
Desde hace más de dos años la pandemia de Covid-19 irrumpió y sacudió los hábitos de la vida cotidiana en todas sus dimensiones y la escuela no fue la excepción. Mucho menos las familias. A la suspensión de la presencialidad, le sobrevinieron protocolos y formas de estructurar la actividad académica muy diferentes a las conocidas hasta entonces. Este año, con la recuperación de la presencialidad plena que se plantea como objetivo, la escuela tiene por delante un duro trabajo que va más allá de lo pedagógico: volver la mirada sobre chicos que en mayor o menor medida han sufrido el impacto de la emergencia sanitaria por Covid-19 y regresan transformados por esa situación.
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La pandemia ha sacudido la vida, ha torcido el rumbo, ha generado crisis profundas y causado un dolor social sin precedentes en la historia reciente que también se expresará en la escuela.
A las dificultades de inclusión que ya existían, a los problemas del bullyng instalado desde hace tiempo dentro y fuera de las aulas- y cuya gravedad una vez más ha quedado en evidencia a raíz del suicidio de un niño de 12 años en Estados Unidos-, se le deberá sumar una vuelta a clases en un contexto sumamente complejo, porque quienes comenzarán a transitar la escolaridad o la retomarán estarán atravesados por una herida que nos pertenece a todos. Cualquier experiencia escolar fracasará si no se detiene la mirada sobre esa herida, quizás no detectada, no expresada en palabras, pero que está.
Lejos de los temas que habitualmente ocupan este segmento de información editorial, que a menudo se nutre de las cuestiones que forman parte de la agenda dura y coyuntural, estas palabras esta vez se proponen plantear una reflexión sobre algo mucho más subjetivo y no por ello, menos urgente.
La salud emocional de niñas y niños ha sido tocada por la pandemia. Y ha llegado el momento de ocuparse de eso. De establecer prioridades que atiendan el problema en toda su magnitud.
Mucho se ha referido en las noticias sobre las consecuencias del confinamiento en los más chicos y de las manifestaciones y secuelas en su salud mental. Los pediatras han realizado algunas advertencias y las propias autoridades han reconocido el impacto por lo que les tocó atravesar. Niños y adolescentes, a pesar de no haber sido los más afectados por la enfermedad en sí, han sido víctimas del daño social de la emergencia sanitaria. Y si bien es cierto que con el alivio de la situación epidemiológica algunas restricciones se fueron flexibilizando y muchos chicos recuperaron parte de la dinámica de su vida social, en términos educativos el ciclo 2022 será clave porque es el primero que se plantea con "presencialidad plena".
En este escenario, los días previos al inicio de clases, cuando todo se vuelve preparativo, quizás es hora de habilitar un diálogo sobre el tiempo transcurrido, de poner en la agenda la prioridad de escucharlos y acompañarlos.
Y será una vez más la escuela el escenario en el que suceda la expresión de las emociones, ese espacio donde encontrarán las condiciones apropiadas para sincerar un sentir y mostrar sus heridas, a la par que emprenderán la titánica tarea de ponerse al día con lo que dejaron atrás.
Hay datos muy concretos que muestran la dimensión de la tragedia: en Argentina 32.500 niños y niñas perdieron su papá o su mamá en los últimos dos años por Covid-19; 44.200 perdieron un abuelo, abuela o persona cercana que convivía con ellos; 290 niños fallecieron en los últimos dos años por Covid-19 y otro tanto quedó con serias secuelas por el Síndrome Inflamatorio Multisistémico. Las cifras resultan escalofriantes, aunque poco se repara en ellas. Detrás de estas estadísticas se escriben historias que muestran un daño físico y emocional incalculable.
En una sociedad apremiada por recuperar la normalidad perdida, inmersos en un contexto en el que dejar atrás la pandemia parece más un apremio de los políticos que de la realidad sanitaria, la inminencia del inicio de un nuevo ciclo escolar habilita la pausa necesaria para mirar en retrospectiva, para empezar de nuevo.
En términos sanitarios, los indicadores no hacen sino revelar la necesidad de poner en marcha estrategias para hacer de este tiempo un espacio de reparación de un daño que ha sido inconmensurable. La vacunación, que ha demostrado morigerar en términos reales y objetivos el impacto de la Covid-19, aparece como un mensaje unívoco y como una apelación a aquellos que aún no han tomado la decisión de vacunarse, lo hagan.
En términos sociales la tarea es aún mayor y tiene a los más chicos como destinatarios de ese hacer, porque así como han demostrado tener una enorme flexibilidad para adaptarse a las circunstancias que les tocó atravesar, y fueron resilientes, también han sufrido pérdidas, y sienten temores que para nada son infundados.
A pocos días del inicio escolar, cuando se piensa que esta vez sí el año transcurrirá en las aulas si las condiciones sanitarias lo permiten, es tiempo de detenerse en ellos, para escucharlos, para enseñarles a transitar el tiempo que les toca vivir con seguridad. En lo académico, poniendo todo a disposición para que recuperen lo perdido y en lo emocionales para que sanen y encuentren una vez más en la alianza entre las escuelas y las familias, esa llave que abre las puertas a los aprendizajes necesarios que les permitan desde su singularidad tomar a cada uno lo mejor de esta experiencia.














