El presente de la pandemia y la tarea colectiva de otra normalidad
A pocos días de cumplirse un año de la implementación del confinamiento como estrategia para frenar el avance de la Covid-19 con una curva de contagios en el país que muestra cierto grado de estabilidad y actividades que comienzan a habilitarse producto de una situación sanitaria que lo permite, se genera el clima asocial propicio para suponer que estamos comenzando a transitar la tan ansiada nueva normalidad. Sin embargo, lejos está la pandemia de haber terminado. El ritmo aún muy lento de la vacunación y los escándalos que se han generado en torno al proceso, con el agregado de sospechas que ponen en jaque la transparencia, distancian la posibilidad del alivio. Lo que el calendario propone cuando se acerca el 19 de marzo, fecha en que se anunció el inicio de la cuarentena obligatoria en el país, es una mirada retrospectiva sobre el camino transitado hasta el presente. La tarea del sistema de salud tanto público como privado ha sido y es titánica; la ciencia ha avanzado a pasos agigantados y ha conseguido llevar adelante estrategias de colaboración que hubieran sido impensadas sin la magnitud de esta tragedia que puso de rodillas al mundo. El desarrollo de vacunas y la construcción de conocimientos en tiempo real sobre un virus desconocido aparecen entre las principales riquezas para capitalizar de esta experiencia y seguir caminando por esa senda.
Como contracara, en este tiempo de pandemia también han aparecido los egoísmos, la corrupción siempre dispuesta a ocurrir allí donde encuesta sustrato, y la estigmatización como si el problema fuera de otros y solo quedara señalarlos con el dedo acusador. Ese es el camino que hay que abandonar si no se quiere abortar la posibilidad de salir siendo mejores de esta vivencia tan disruptiva como dolorosa en términos individuales y sociales.
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Ahora bien, la mirada retrospectiva no solo convoca a la reflexión sino que invita a la tarea. Porque el daño social causado por la irrupción del nuevo coronavirus no se reparará como por arte de magia.
Alcanza con observar los principales indicadores económicos para confirmar que las consecuencias de la emergencia sanitaria atraviesan todas las esferas de la vida social.
Volver a hacer girar la rueda en un mundo signado por la incertidumbre requerirá de una inteligencia colectiva que no termina de expresarse. Porque una buena parte de la sociedad elige pensar que el problema ha terminado.
La aparición de nuevas variantes del virus Sars-Cov 2 enciende luces de alerta que sin embargo la ciudadanía pareciera no estar dispuesta a observar. Cómo si a nivel psicosocial se impusieran mecanismos de negación que operaran imponiéndose sobre la cautela y el refuerzo de las medidas de cuidado. Entonces se cae en la idea ilusoria de una post pandemia que aún no ha llegado; desoyendo lo que el mundo entero dice de esta emergencia que sigue causando estragos. No hay que llevar la mirada demasiado lejos para observar lo que resulta de la imprevisión. Brasil, un país que hoy se muestra como espejo. Pero a pesar de todas las advertencias, una buena parte de la sociedad cae en la tentación de vivir como si el virus ya no existiera, algo que no encuentra ningún correlato en la realidad.
Entonces comienzan las clases, se extienden horarios de funcionamiento comercial, se permiten las reuniones sociales y la atención se centra en todo aquello que hace suponer que lo peor ya ha pasado. Quizás lo ha hecho, pero cuesta imaginar que aquí no pueda replicarse lo que sucedió durante el invierno en otras geografías.
En este escenario, como ha sucedido en otros momentos de la pandemia, aparece como imperativo la necesidad de actuar colectivamente para tomar lo aprendido hasta aquí y adoptarlo sabiendo que la pandemia de coronavirus aún está entre nosotros y que si bien es cierto que no estamos hechos para vivir confinados, tampoco existimos para andar sin detenernos sin capitalizar nada de las experiencias.
Quizás esta ventana de posibilidad que nos da una situación sanitaria más estable sea la oportunidad para barajar y dar de nuevo, poniendo en juego aprendizajes obtenidos que seguramente están detrás del deseo casi infantil de pretender vivir como si esto que sucede no estuviera pasando. Una vez más tenemos por delante no solo la oportunidad de evitar una situación sanitaria aún más compleja que la que ya atravesamos, sino la enorme tarea colectiva de poder encolumnarnos como sociedad detrás del imperativo cívico de aprender a vivir de otra manera sabiendo que en materia sanitaria esta pandemia que aún no terminó, no será la última. Solo esa conciencia será el basamento sobre el cual no dilapidar lo vivido hasta aquí, y transformarlo en elemento que sirva no solo en términos de salud sino de convivencia ciudadana sustentada en otras bases más empáticas y menos ilusorias.














