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El pragmatismo necesario en un mundo pendular

21 de mayo de 2016 a las 12:00 a. m.

Vivimos una época de cambio de paradigma en el mundo occidental. Exceptuando las particularidades de las sociedades orientales y sus economías, el resto del planeta inclina el péndulo desde modelos más populistas a estilos más liberales. 

   Así ha sucedido históricamente: cuando las cosas comienzan a no estar bien, automáticamente las sociedades buscan el cambio. Es entonces cuando los estadistas –y esta es una virtud que los caracteriza- aplican una “receta” diferente a la que se venía utilizando. Si no se tiene esta cintura para advertir el cambio de rumbo que va tomando el mundo, no se es un buen estadista y las consecuencias las paga la sociedad. 

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Actualmente se atraviesan malos tiempos internacionales para el populismo, occidente es pendular en sus intereses. Y en esto involucramos a América Latina, a Europa, a Estados Unidos, que en conjunto son lo que algunos llaman “el mundo libre”, es decir países democráticos, repúblicas o reinos parlamentarios, pero que en todos los casos es la sociedad la que decide quién debe gobernarla.

No se trata de personas sino de modelos y coyunturas. Por ejemplo, Juan Domingo Perón tuvo un estilo de gobierno en su primera presidencia muy distinto de la segunda y ni hablar de la tercera. Esto habla de un hombre capaz de leer los signos de los tiempos y actuar en consecuencia. Todo un pragmático.

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Del mismo modo, cuando en los años 90 el liberalismo más salvaje se impuso en la mayoría de los países, Carlos Menem se subió a la ola. Las privatizaciones no fueron idea del riojano sino que era el paradigma del momento: se privatizó en España, Italia, Inglaterra, Chile, Uruguay, México. Y quien no lo hizo en su momento, pagó por años ese “pecado”, tal el caso de los países que recientemente salían de la órbita soviética. El cómo se hicieron las privatizaciones en Argentina es harina de otro costal y una problemática propia de nuestra idiosincrasia pero por los demás, era el rumbo a seguir por entonces. Pensemos por un momento en lo que vino después en el mundo de las telecomunicaciones y nos daremos cuenta que el mundo iba en ese sentido porque los Estados no estaban en condiciones de afrontar lo que tecnológicamente se venía. ¿O acaso aquel Entel hubiera podido invertir en fibra óptica y satélites para entrar al mundo de Internet y la telefonía celular?

Aunque parezcan tan distintos, Perón y Menem tienen mucho en común a partir del pragmatismo que los ha caracterizado: los dos interpretaron para dónde iba el mundo cuando estuvieron en el poder. 

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A la par de Menem, en Estados Unidos el mandatario era George Bush, en el Reino Unido la saga ultraliberal la había inaugurado años antes Margaret Thatcher cuya influencia duró muchos años. En Brasil Collor de Melo. En fin, había una mayoría de países globalizados y liberales en su concepción.

Cuando estos modelos se fueron agotando, el péndulo se movió hacia opciones más populistas. En América Latina y en el resto de los países desde finales de los 90 han gobernado el socialismo democrático o mandatarios con más impronta social. Barack Obama en Estados Unidos, en Venezuela Hugo Chávez, en Brasil con Lula y Dilma Rousseff, en la Argentina Néstor y Cristina Kirchner, en Bolivia Evo Morales, en Chile Michelle Bachelet, en Uruguay “Pepe” Mujica y podríamos seguir con los ejemplos.

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Como planteamos en otras ocasiones, se inició hace ya un par de años un nuevo tránsito, esta vez desde el populismo hacia formas más liberales de gobierno, en lo político y en lo económico. Y puede decirse que estamos plenamente esta era liberal en el mundo: en Francia las marchas contra la flexibilización laboral son permanentes, y estamos hablando del país más estatista en su estructura de Europa. En la Argentina ganó Mauricio Macri, dentro de la más absoluta democracia; en Brasil Dilma fue suspendida en medio de un escándalo político, jurídico y de corrupción y la política económica comenzó a girar al liberalismo. Venezuela es un caso extremo de lo que implica que los destinos de una nación no estén dirigidos por una persona con dotes de estadista. Nicolás Maduro no ha sabido interpretar su realidad, la que le plantea su propia economía, la que le reclaman los ciudadanos y la coyuntura regional en general y así como se vive una tragedia entre una sociedad que quiere el cambio pero no puede acceder a las herramientas democráticas para hacerlo, como sí sucedió en nuestro país. De allí que el enfrentamiento social es muy importante, como veremos.

Porque son las sociedades las que, siguiendo sus intereses y necesidades, van girando al compás de una suerte de péndulo ideológico que atraviesa los sectores independientes de los países. 

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Sin posibilidades de diálogo en Venezuela todo parece resolverse con violencia. Nicolás Maduro se niega a cambiar, la sociedad exige una revocatoria (votación para saber si quieren que siga o no el presidente, que contempla la Constitución Bolivariana), se ha producido un fracaso diplomático tras otro intentando generar acuerdos y la gente, además de afrontar todo tipo de carencias, está permanentemente en las calles enfrentada a la Policía. 

Entre el 60 y 70 por ciento de la población, según las encuestas, mira con esperanza la realización de un referéndum para sustituir a Maduro, en medio de alta tensión política y de la conflictividad social generada por el desmoronamiento económico del chavismo.  Basta mirar las fotografías e imágenes que nos llegan con los supermercados literalmente vacíos, la inflación más alta del mundo y una economía que no crece hace años. 

El presidente ha amagado con decretar el estado de conmoción: “Un recurso que tengo si en Venezuela se desataran hechos golpistas violentos”, dijo. Este fanatismo ya ciego de Maduro por sostener lo insostenible es lo opuesto a lo que un pueblo necesita de su mandamás. De un jefe de Estado se espera conducción y para ello hay que saber leer y escuchar a la sociedad. En este caso no solo la sociedad pendula sino que además el modelo está económicamente agotado. No hay populismo posible sin dinero. Y del mismo modo que la extrema concentración de la riqueza, cuando esta deja de producir derrame, lleva al fin de los gobiernos más liberales, un Estado vaciado y pobre no puede sostener el populismo. Querer sostenerse cuando ni el modelo ni la gente lo permiten es lo más lejano al pragmatismo del que antes hablamos y lo más nocivo que le puede pasar a un país. Y a la vista está en Venezuela. 

La tan esperada visita del canciller vaticano, Paul Richard Gallagher, ha sido cancelada, por el régimen de Maduro.No le ha ido mucho mejor a la comisión de expresidentes, auspiciada por la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y liderada por el español José Luis Rodríguez Zapatero. No hay forma de acercar posiciones, Maduro no cede y está dispuesto a la violencia extrema si siguen las protestas. El expresidente José Mujica se sumó a la polémica con una frase que ha dado la vuelta al mundo: “Maduro está loco como una cabra”. Siempre directo y en el lenguaje más sencillo Mujica expone con crudeza lo que se ve a simple vista. 

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Lo cierto es que Venezuela desnuda el hartazgo de una sociedad que está en carne viva, que no da más con un sistema que ya no da respuestas a ninguno de los problemas y que, además, se vuelve cada vez más autoritario. Mientras todos en la región han virado un poco más o menos a la derecha por el agotamiento de los modelos populistas, Venezuela está a punto de una guerra civil. 

Siempre en América Latina es sencillo acudir al fantasma de la CIA norteamericana para tapar los propios errores. Esa era una posibilidad en el Siglo XX, cuando Estados Unidos intervenía con la mano invisible en todos estos países a quienes se llamaba “el patio de atrás” despectivamente. Pero hoy las democracias son más transparentes, los golpes de Estado tradicionales a manos de los sectores militares ya no son opción. Y en este sentido es la sociedad de cada nación la que elige qué modelo pretende para su desarrollo. Dicho esto sin ignorar que hay medios periodísticos globales que hacen su trabajo y tienen sus intereses pero ya es difícil subestimar a la gente pensando que sólo se trata de que los medios “los convenzan” de que algo conviene. 

Sin hacer un juicio de valor sobre lo que es mejor o peor, la realidad es la que indica que   el mundo transita caminos más liberales en estos momentos. Este es el paradigma vigente, con el péndulo de este lado. Ir contra la corriente es siempre una posibilidad, aunque no siempre la más conveniente. Luego vendrán otras etapas en que se retornará a formas más o menos similares al populismo. Así se mueve el mundo, nos guste o no. Lo ideal es transitar de uno a otro de la manera más natural posible, como satisfactoriamente sucedió en nuestro país, a diferencia de Brasil y Venezuela, expresándose el pueblo sobre el camino que desea seguir y con jefes que sean estadistas, capaces de interpretar los signos de los tiempos, para ir conduciendo al país por las difíciles aguas de la economía, sin mayores sobresaltos.

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