El poder reparador de la justicia y lo que enseñan las víctimas
En un país acostumbrado a la impunidad, escuchar a los familiares de víctimas de delitos aberrantes confirma el poder reparador que tienen los fallos judiciales cuando resultan justos. Esas palabras nacidas del sufrimiento, del dolor interminable que causa el peregrinar por estrados y estamentos reclamando lo que corresponde dejan enseñanzas, porque exponen la esencia de valores que parte de la sociedad pareciera haber perdido.
En los últimos días se conocieron los veredictos de dos causas que conmovieron al país. En el juicio por la muerte de Lucio Dupuy su mamá y la pareja fueron condenadas a cadena perpetua. Y en el juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa, cinco de los acusados recibieron la pena de reclusión perpetua y tres fueron condenados a 15 años de prisión. Más allá de las instancias de apelación que seguramente se abrirán en ambos casos, al finalizar esta etapa del proceso judicial, tanto los familiares del niño asesinado en La Pampa como los papás de Fernando Báez Sosa confesaron sentir cierto alivio y se permitieron decir que con las condenas iban a poder iniciar el doloroso proceso del duelo, soltando a sus muertos para dejarlos descansar en paz. Resulta desgarrador, pero es la muestra más clara del valor reparador del hacer de la justicia. Los juicios justos habilitan instancias que resultan sanadoras.
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El abogado de la familia Dupuy lo dijo explícitamente: "Vivimos el horror en este juicio y con la sentencia a Lucio le suelto la mano para que pueda volar". Y con la misma significación, en la conferencia de prensa brindada al conocerse el fallo en Dolores, fue Graciela Sosa, mamá de Fernando, quien confesó que mientras se leía la sentencia en la sala de audiencias sintió la presencia iluminada de su hijo que sonreía. "Ahora voy a dejarlo ir", lanzó conmovida y el testimonio resonó como un eco en una sociedad que encuentra en ella un espejo de lo que jamás quisiera experimentar.
Lamentablemente no todos los fallos resultan justos, pero cuando hay un ejercicio de la Justicia adecuado, con penas que son las que corresponden a la crudeza de los delitos cometidos, el accionar de los jueces trae alivio y aparece como un bálsamo para quienes jamás van a poder recuperar la vida que tenían.
Escuchar el relato de las víctimas, observar el respeto con el que se manejan en sus expresiones públicas y la transparencia con la que le muestran a una justicia adormecida su dolor, es una lección para el conjunto de una sociedad que suele vivir exaltada, corriendo detrás de cualquier urgencia.
El papá y el abuelo de Lucio estuvieron en Dolores acompañando a Silvino y a Graciela, en un gesto de solidaridad que estremece. Lo mismo sucedió con referentes de otras causas que en su momento resultaron resonantes y que hoy han quedado inscriptas en la historia, como seguramente también quedarán estas. Lo que no puede pasar desapercibido es lo que las víctimas tienen para decir, lo que sienten, lo que experimentan. El desamparo en el que viven hasta que se hace justicia debe dejar un mensaje claro al sistema de justicia, a los responsables de las políticas públicas y al conjunto de la comunidad.
Escuchar al abuelo de Lucio que juega con el juguete preferido de su nieto para sentirlo cerca, o reparar en el papá de Fernando que lleva la cadenita que recuperó de su hijo muerto para que lo ayude a seguir, son afirmaciones que representan la verdadera dimensión del dolor. Lo mismo que cuando la mamá del joven asesinado en Villa Gesell confiesa que cada vez que va al cementerio siente el deseo irrefrenable de sacar el cuerpo de su hijo de la tumba para tenerlo nuevamente a su lado. Lo que expresan desnuda sentimientos que deben resultar un llamamiento para que la impunidad nunca más sea la moneda corriente. Y al mismo tiempo que exponen un sentir descarnado e irremediable, también muestran cualidades que resultan admirables: no se enojan, no piden venganza, no pagan con la misma moneda. Por el contrario, crecen en los valores que sostienen y en los que alguna vez le inculcaron a sus seres amados muertos.
El decir y el sentir de las víctimas deja ante los ojos de la sociedad un mensaje no solo conmovedor sino repleto de enseñanzas. Y en este punto repara el espíritu de este comentario. Una mamá diciendo que extraña a su hijo, que lava su ropa y la acurruca buscando el olor de su hijo, representan la figura del dolor más visceral. Sin embargo, en lugar de llenarse de odio vuelve sobre la bondad y la ponen en alto frente a la sociedad dejando ver que algo de lo noble no se ha perdido.
Fernando Báez Sosa como tantos otros ya no volverá. Tampoco regresará Lucio. Pero no es lo mismo con justicia que sin ella. Un fallo justo repara. Quizás es ingenuo pensar que resulta ejemplificador y que evita que otros hechos ocurren, pero en lo individual, sana y en lo colectivo alecciona.
Esto no siempre es posible en una argentina agobiada por la injusticia. Que estos padres pudieran sentir esto y expresarlo públicamente del modo en que lo hicieron aún atravesados por el más profundo de los dolores es el mensaje que debe quedar como saldo de tanta brutalidad. Lo que sin proponérselo enseñan las víctimas con sus actos de grandeza, resultan un señalamiento, el camino en contraposición a la actitud de aquellos que parecen haber perdido la humanidad.











