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“El Niño” que nos vino porque nosotros lo buscamos

21 de noviembre de 2015 a las 12:00 a. m.

El comentario es permanente respecto de esta rara primavera que estamos atravesando, con temperaturas bajas hasta la reciente irrupción de jornadas de más de 30 grados –propias de enero- que por su extemporaneidad devinieron en inmediatas y copiosas lluvias, acompañadas de tormentas amenazantes y a veces con caída de piedras. Realmente inspira temor ver cómo se pone el cielo de negro en cuestión de minutos. 

Lo que desde hace décadas se debate en reuniones mundiales, mientras era un concepto abstracto para los ciudadanos de a pie, ahora es tema de preocupación y charla en cualquier reunión. El cambio climático está entre nosotros y nada puede ya hacerse para evitarlo. Las recomendaciones que emitían esos encuentros cumbre fueron desatendidas y ya comenzamos a pagar las consecuencias. Algún distraído o, mejor dicho, desaprendido, habrá desestimado la cuestión pensando que los efectos de las negligencias respecto del medio ambiente las pagarían generaciones futuras. Pero no fue así y aquello que se ya se presagiaba en la primera Cumbre de la Tierra en 1972, es ya una profecía cumplida.

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Una de las respuestas concretas de la Naturaleza a las agresiones recibidas por tantos años es el llamado fenómeno de “El Niño”, relacionado con el calentamiento del Pacífico oriental ecuatorial, el cual se manifiesta erráticamente cíclico — con períodos de entre tres y ocho años—, que consiste en realidad en la fase cálida del patrón climático del Pacífico ecuatorial denominado El Niño-Oscilación del Sur (El Niño-Southern Oscillation, Enso por sus siglas en inglés). La fase de enfriamiento recibe el nombre de La Niña. Este fenómeno, en sus manifestaciones más intensas, provoca estragos en la zona intertropical y ecuatorial debido a las intensas lluvias, afectando principalmente a la región costera del Pacífico de América del Sur. 

En un lenguaje más llano, consiste en un cambio en los patrones de movimiento de las corrientes marinas que provoca una superposición de aguas cálidas procedentes de la zona del hemisferio norte. El agua caliente provoca más evaporación y esa evaporación es energía que se inyecta en la atmósfera y se redistribuye a lo largo de todo el planeta. Eso genera un cambio en la dinámica de atmósfera y provoca las lluvias intensas.

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¿Y qué tiene que ver el accionar del hombre con “El Niño? Varios estudios de datos históricos sugieren está vinculado al calentamiento global, el cual ocurre precisamente porque los sistemas de producción tradicionales, con sus emanaciones y también acciones puntuales de los individuos como la tala indiscriminada, la excesiva generación de residuos o el uso de productos contaminantes, han provocados daños severos en la atmósfera, más precisamente el llamado efecto invernadero.  Este consiste en la subida de la temperatura de la atmósfera que se produce como resultado de la concentración de gases, principalmente dióxido de carbono.

Hechas estas explicaciones, hablemos de las consecuencias puntuales y visibles que esto tiene hoy para las sociedades, sin desconocer que a futuro, de no mediar un cambio, el panorama será aun más complicado.

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Como ya mencionamos, estas tormentas que se arman y despliegan en cuestión de minutos, que siempre se asociaron con las regiones tropicales, no están pudiendo ser contenidas por la infraestructura existente: no hay cloaca, canalización ni desagüe que aguante cientos de milímetros en pocas horas. El daño social y económico que esto tiene para las familias afectadas es inconmensurable, con la particularidad que no alcanzan a salir de un trance para entrar en otro. Y así como no tenemos esta “cultura” tropical respecto de las tormentas, tampoco la tenemos las ciudades que no se han desarrollado a la vera de un río. Tal el caso de Pergamino; mientras en Santa Fe o Río Cuarto (por citar un par de casos) hay ya una “tradición” de inundaciones y saber proceder o atenerse a las consecuencias del fenómeno, en Pergamino Defensa Civil no logra que los vecinos tengan en sus casa (como sí tienen una luz de emergencia) bolsas de arena para morigerar la entrada de agua. Y esto va para todos, no sólo los que viven cerca del pequeño arroyo de la ciudad, porque sucede que el agua es tanta, la tierra absorbe tan poco (porque generalmente aparece después de una sequía) y el hombre ha hecho lo que quiso respecto de la construcción de canales en su propio beneficio, que el marejada también viene desde los campos.

El fenómeno de “El Niño” altera tanto el clima supuesto para cada estación del año, que la producción agraria se ve severamente afectada. Cuando el chacarero  se dispone a sembrar “la gruesa” (maíz y soja) en primavera para cosechar en marzo/abril, se encuentra con que las temperaturas están desfasadas y no se corresponden con primavera y otoño. Esto repercute en demoras para ambos procesos y, sobre todo, en que los cultivos se ven afectados por estas alteraciones de temperaturas. Por eso, más que nunca, el campo debe ser una industria cuidada por las autoridades, ya que esto de trabajar a cielo abierto lo pone permanentemente en jaque, frente a un fenómeno lleno de imponderables.

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En un país como Argentina, una provincia como Buenos Aires y una ciudad como Pergamino, todos dependientes económicamente de los resultados del campo, la existencia de “El Niño” debe ser una preocupación generalizada y no sólo de aquellos que se ven afectados directamente por las inundaciones o pedradas. Porque, a la larga, las consecuencias nos afectan a todos. Sabemos muy bien lo que sucede con las actividades económicas de la ciudad cuando los productores pierden una cosecha.

Y en términos estrictamente sociales, ya no tenemos estaciones definidas. Así nos encontramos con veranos que nos ofrecen pocos días de pileta incluidas algunas jornadas de extremo calor que hacen saltar las térmicas de nuestra Cooperativa Eléctrica que luego desembocan en temporales.

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Luego llega el tiempo de volver a la escuela y nuestros niños están hasta mayo soportando altas temperaturas, abanicándose en el aula para refrescarse. 

El clima está loco, es la expresión generalizada pero la forma correcta de decirlo es: hemos vuelto loco al clima. Nosotros, los hombres.

Hace 40 años que se habla de que esto iba a suceder. No lo creímos, parecía lejano, lo dejamos para que se ocupen próximas generaciones. Y aquí estamos, pagando en incómodas cuotas, con cada tormenta terrible, el daño que hemos provocado. 

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