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El niño Mandela

08 de diciembre de 2013 a las 12:00 a. m.

“No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en la que trata  a sus niños”. (Nelson Mandela.)

 

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Mandela tiene sonrisa de niño y algo de inocencia y picardía en su rostro negro. Es raro, porque lo “negro” alude a la pena, a la oscuridad, al silencio infinito y al misterio de lo desconocido y recóndito. Pero en la vida de Mandela lo opuesto y contradictorio se transformó en compatible y concordante. El odio dejó paso al entendimiento y Africa ya nunca fue igual. El niño Rolihlahla, (en la lengua xhosa), fiel al significado de su nombre (el revoltoso, el que crea problemas), era inquieto, independiente y curioso. Así se lo veía en su aldea de Mvezo o en Qunu, cuidando ganado entre chozas de barro con techo de hierba prensada con excrementos secos de vaca. El evocaba su infancia diciendo que “…a una edad muy temprana, me alejé de mis padres y me iba por ahí; jugaba y comía con otros niños. De hecho, casi no recuerdo ninguna ocasión en la que estaba solo en casa…”.

Por ese entonces los niños africanos nacían en hospitales para negros, los llevaban a sus casas en autobuses sólo para negros, vivían en barrios exclusivos para negros y si llegaban a tener la suerte de asistir a las escuelas, estas eran exclusivas para negros. Tempranamente conocían la esclavitud y la brutalidad blanca.

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A los siete años fue a la escuela, algo que jamás había hecho ningún miembro de su familia. El cuenta que fue la primera vez que se puso pantalones (uno de su padre, cortado y atado con un cordel) y que con el tiempo se convirtió en el que llevó con más orgullo en su vida. El primer día de clase su maestra, la señorita Mdingane le dio el nombre de “Nelson”, no se sabe bien si fue porque pronunciar su nombre africano era difícil a los ingleses o porque deseaban que  portara un nombre de origen cristiano. Fue un feligrés infantil de la Escuela Dominical de la Iglesia Metodista.

En el colegio recibió una típica enseñanza británica con una negación absoluta y rotunda de los valores africanos. Pero su destino iba a cambiar porque aprendió a pensar en africano. Al morir su padre, que había sido despojado de todos los bienes por el gobierno blanco al negarse a cumplir sus imposiciones, contaba apenas con 9 años y fue entregado en custodia al Rey tribal de los Thembu, pasó a vivir en el Palacio de Mqhekezweni, allí todo era agradable y recibía una cuidada educación superior.

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Su tutor esperaba que Nelson se convirtiera en un consejero tribal, pero el adolescente se dedicó a estudiar y a escuchar atentamente los relatos de los ancianos jefes de los clanes tribales. Allí aprendió la historia de los pueblos africanos, sus guerras, sus héroes, sus luchas, sus dolores profundos y ancestrales. El saber escuchar fue una virtud que lo acompañó siempre, aun de pequeño.

Fue al Colegio Secundario Bautista Healtdown y más tarde ingresó a la universidad para negros de Fort Hare. Primero estudió arte y después leyes. Huyendo de la barbarie y de los matrimonios impuestos, llegó a Johannesburgo. En 1950 el apartheid fue adoptado como política de Estado y poco después, en 1952, Mandela inauguraría el primer estudio jurídico de africanos. Por entonces los testigos blancos podían legalmente negarse a responder las preguntas y alegatos de un abogado negro. El mundo de los niños acaba de perder a un hombre extraordinario que pensó mucho en ellos porque quería una sociedad igualitaria, no racial ni sexista. Un hombre que siempre sonreía, escuchaba, perdonaba, usaba mucho la palabra “prójimo”, daba abrazos largos, cálidos y reconfortantes a todos, aún a sus peores enemigos, era humilde, cálido e incansable ¿Quién mejor para entender a un niño y soñar un mundo de paz, igualdad y justicia  para ellos?

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Este es su legado universal.

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