El mundo en guerra
No es el fin de este comentario emitir una opinión sobre la crueldad de un pueblo sobre otros porque toda la humanidad es doliente de los crímenes que a diario, de a cientos o de a uno, se ejecutan por causas diversas, ninguna a la altura del valor supremo de la vida.
Lo ocurrido en Francia nos plantea -o más bien nos recuerda- que en este mundo ya no hay guerras convencionales, esas que estaban circunscriptas, territorializadas, con introducción, nudo y desenlace, sino que vivimos una lucha abierta, donde el código básico que imperó desde el principio de los tiempos ya no es un valor en juego: la preservación de la vida. Antes, cualquier soldado que iba a la batalla, lo hacía con la intención intrínseca de salir con vida del trance. El terrorismo, que opera transversalmente en estas guerras mundializadas, lleva implícito la inmolación. De allí que nada pudiera hacer un negociador ante la escena planteada en el teatro Bataclán, de París, mientras puertas adentro los atacantes mataban uno a uno a los civiles que ocasionalmente estaban allí. ¿Qué conversación podía sostener? ¿Cuál era su moneda de cambio posible frente a quien perdiendo todo sería igual, a su manera de ver, ganador?
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Francia nos dejó pensando que el problema no está allá ni allá sino en todos lados, aquí mismo.
De todos modos, la pregunta es válida: ¿por qué Francia, por qué ahora? El gobierno de Hollande no está tan implicado en la lucha contra la organización en Irak y Siria como lo están Estados Unidos o Reino Unido. Entonces, ¿a qué viene la elección de los yihadistas?
Hablamos de un país que tradicionalmente ha tenido una gran tendencia a la acogida de inmigrantes musulmanes. En las décadas del 60 y 70 hubo un importante flujo, que fue bien acogido y forjó allí su vida. Tanto que el territorio galo cuenta con la mayor población de musulmanes de Europa; las últimas estimaciones estima la cifra en seis millones, lo que supondría el 10 por ciento de la población. De estos, el Gobierno cifran en más de mil los que estarían vinculados a las redes yihadistas.
Es que las últimas generaciones de musulmanes franceses se han encontrado con las trabas sociales de un país, que si bien había recibido a sus padres, estos habían quedado recluidos a la posición más baja de la sociedad afectados por una creciente desigualdad. Legislaciones puramente laicistas, que se enfrentan a sus costumbres religiosas; y, sobre todo, el alzamiento de unas serie de políticas xenófobas y racistas abanderadas por partidos como el de Marie Le-Pen, y como consecuencia de la crisis económica mundial, han sido el caldo de cultivo para la búsqueda de nuevos adeptos a la causa por el yihadismo, que no es otra que la guerra santa para imponer el Islam a sangre y fuego.
Esta juventud, que se siente despreciada por una sociedad occidental que desde 2001 mira con recelo a los musulmanes en general, está siendo alimentada (en Francia y en todos los países del mundo) a través de las nuevas tecnologías de la comunicación por los radicalizados que no ven otra solución al choque cultural que no sea hacer un único pueblo musulmán la umma-, cuya forma natural de organizarse sea la sharia la ley islámica-. Para estos fundamentalistas la decadencia del islam en el mundo moderno no tiene otra alternativa que el retorno a la pureza originaria salafismo- y para llegar a tal fin es imprescindible hacer la yihad entendida como guerra santa- contra Occidente, que es el enemigo principal.
Es decir que cerrar las fronteras del país no es más que un gesto espontáneo de Hollande y que cualquier otro jefe de Estado tendría pero que ya no tiene incidencia alguna sobre la prevención de un atentado. Tanto lo ocurrido en Francia como otras muestras que veamos en adelante, son de cosecha propia, nuevas generaciones de fundamentalistas nacidos y criados en el exilio y alimentados, primero por el desprecio y la xenofobia de sus connacionales y luego por la doctrina de sus correligionarios.
Es importante aclarar y mantener siempre presente que no todos los musulmanes son islamistas. Y que no todos los islamistas son yihadistas.
El islamismo no define por entero al islam, pero procede de él y sólo por él se explica; es la pretensión, en nombre de la ortodoxia religiosa, de extender el gobierno de la ley coránica a todas las esferas de la vida (empezando por la política). Es lo mismo que a veces se llama fundamentalismo o integrismo. En este marco, el yihadismo representa un paso más allá: yihadismo viene de yihad, que es la palabra árabe para designar la guerra santa, es decir, la imposición del islam por la fuerza de las armas.
Detrás de estos últimos, necesariamente, hay un poder económico que hace posible su expansión territorial. Es en este punto donde entra en juego la conexión con el petróleo. Por empezar, aquellos emigrantes de las décadas del 60 y 70 se congregaban en Francia, Alemania, Inglaterra y otros enclaves del exilio en mezquitas que habían sido erigidas y sostenidas por petroleros saudíes, entre ellos la familia de Osama Ben Laden. Allí la prédica era aguerridamente islamista. Luego se produciría el encuentro de estos petroleros saudíes con salafistas de otros países en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética, en los años 80. Fue ahí donde nació Al Qaeda, que se convirtió en una suerte de espejo para millares de musulmanes en todo el mundo. Los grupos salafistas se extendieron por todas partes con un discurso homogéneo y con acentos mucho más políticos que religiosos.
Disperso como está este brazo armado en el mundo y con un contundente respaldo económico, lo que sucedió en París pudo haber pasado en cualquier punto del globo sin que nadie pudiera preverlo.
La organización no atenta donde quiere si no donde puede. Francia era la víctima perfecta, aunque quizás no la presa más deseada. El país galo tiene sus fronteras abiertas, además de yihadistas nativos, investigados por los servicios de inteligencia pero no judicializados, como para tenerlos detenidos. Es decir, que el problema está dentro, no hace falta importar yihadistas. El Estado Islámico sólo tiene que buscar entre los jóvenes frustrados. Si antes mostraban su enfado quemando coches, ahora muchos se refugian en la religión para encontrar algo de sentido a una vida sin posibilidades de ascenso social.
Por eso lo de Francia, además de horrorizarnos, debe ser un llamado de atención. Primero para recordarnos que todos los días en Siria, Irak, Israel mueren también civiles de a cientos, por lo que no cabe hablar de culpables e inocentes cuando se habla de los bandos en guerra. Y segundo, para recordar que la actitud que tengamos con el de al lado, aparentemente distinto a nosotros, genera en esa persona una mirada y una respuesta hacia la sociedad. Que nuestra mirada sobre el otro no es inocua, mucho menos nuestras palabras y actitudes.
Hasta un mal mayor como la muerte empieza con un insulto al otro que no piensa igual y luego sigue la justificación del insulto y luego que el insulto en realidad no fue insulto sino un argumento en respuesta a otra cosa y luego sigue que, en defensa de aquello que nos provocó insultar, disparamos el primer tiro y luego sigue que las víctimas no son sólo eso, son herejes, conspiradores, subversivos, comunistas, liberales, de derecha, de izquierda o cualquier adjetivo que encontremos a mano y luego sigue que en realidad los mártires son los victimarios inmolados en nombre de cualquier superstición, religión, adjetivo o lo que mande justificar y luego, de la vereda de enfrente, empieza el mismo espiral siempre justificado por la primera bala, gota de sangre y símbolo que tengamos a mano y así al infinito y más allá.
Digamos basta a este tipo de actitudes que, por otros motivos, hoy son moneda corriente en nuestra sociedad, y frenemos nuestra propia espiral de violencia.

















