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El mundo con Ucrania, que resiste a una cada vez más sola Rusia

En el mundo que vivimos el poder existe, la ambición de adquirir riquezas, de dominio, de ocupación de territorios o de recursos estratégicos existe, por ende, las posibilidades de la guerra existen. De todos modos, desde que concluyó la Segunda Guerra Mundial nos hemos arreglado -las grandes potencias se las...

10 de marzo de 2022 a las 12:00 a. m.
El mundo con Ucrania, que resiste a una cada vez más sola Rusia

En el mundo que vivimos el poder existe, la ambición de adquirir riquezas, de dominio, de ocupación de territorios o de recursos estratégicos existe, por ende, las posibilidades de la guerra existen. De todos modos, desde que concluyó la Segunda Guerra Mundial nos hemos arreglado -las grandes potencias se las han arreglado- para hallar un equilibrio. "Paz imposible, guerra improbable", fue la inspirada síntesis de Raymond Aron para definir ese equilibrio en el filo de la navaja. El acuerdo de fondo entre las grandes potencias en tiempos de la Guerra Fría dejaba abierta la posibilidad de guerras locales. Vietnam, Oriente Medio, Afganistán, las ocupaciones de Hungría y Checoslovaquia son ejemplos elocuentes. Pero en ninguna de esas guerras y operativos estuvo en riesgo la existencia del planeta o la paz del mundo. La crisis del Caribe de 1962 fue ejemplar en ese sentido. Hubo amenazas, durante las negociaciones hubo halcones y palomas, pero finalmente predominó la sensatez. Kennedy y Kruschev lograron ponerse de acuerdo. Con gruñidos, mostrando los dientes, con concesiones por debajo de la mesa, pero no hubo guerra. La invasión de Rusia a Ucrania es el segundo episodio que pone en crisis el orden internacional o las reglas de juego de un orden internacional acordado después de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué regla de oro se estableció entonces? Que las fronteras geográficas en Europa no se cambiaban por la fuerza. Este principio Putin lo acaba de romper invadiendo Ucrania. Esta es la verdad de fondo. Todos los demás son pretextos, coartadas retóricas, argumentos tramposos, algunos muy parecidos a los que emplearon Hitler y sus seguidores de derecha e izquierda en 1938. 

Rusia invadió Ucrania. Así de simple y sencillo. La guerra la inicia Vladimir Putin, no Volodímir Zelenski. Mucho menos la Otan, que no dio orden de disparar un tiro, mucho menos de instalar un misil. Es más, Ucrania dispuso en su momento de más de 1.900 ojivas nucleares que las desmanteló para tranquilidad de Rusia. Minuto fatal. Si no lo hubiera hecho, Putin no se habría animado a atacar. Con respecto a la Otan, hay que decir que no son angelitos pero en los últimos años hay más reproches para imputarlos por lo que no hacen que por lo que hacen. Sin ir más lejos, el presidente Emmanuel Macron, la acusó de ser víctima un derrame cerebral. Diagnósticos clínicos al margen, la Otan no disparó ni un petardo en Ucrania. Y no lo va a hacer. Y Putin invade Ucrania porque sabe que así será. 

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¿Por qué Putin invade a Ucrania? ¿Para proteger a los territorios de Lugansk y Donetsk? Sí, pero no tanto. La región de Donbas es un buen pretexto pero nada más. Putin está convencido de que Ucrania es rusa, una colonia rusa o algo parecido. Una analista internacional dijo que Putin cree que Ucrania es rusa con la misma fe con la que los nacionalistas franceses de derecha aseguraban que Argelia era francesa. Zelenski fue muy claro: "Defendemos a Ucrania porque nuestra arma es la verdad y nuestra verdad es que esta es nuestra tierra, nuestro país y nuestros hijos". Ucrania no está sola. El mundo libre la apoya. Con armas, con víveres, con oraciones. Ucrania no está sola y resiste. Sus hombres y sus mujeres pelean jugándose la vida. Putin no esperaba esa respuesta. Suponía que los ucranianos iban a salir a las calles a recibir a los invasores con caramelos y masitas. Suponía que sus autoridades políticas iban a huir como ratas o se iban a poner de rodillas. Nada de eso ocurrió. Putin está en problemas. Le sobra poder militar para arrasar a Ucrania, pero no puede provocar un baño de sangre porque los mismos rusos no lo aceptarían. 

Zelenski no está solo, pero Putin tampoco lo está. Las dictaduras más execrables lo apoyan. Empezando por Venezuela, Cuba y Nicaragua. También lo apoya cierta izquierda fascista, más los fascistas de todo pelaje que pululan en el mundo. 

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Si Vladimir Putin especuló con la pasividad de una Otan desorientada y hasta en "muerte cerebral", como oportunamente la calificó Macron, sus acciones operaron como una inyección de adrenalina. Los miembros de esa alianza ratificaron tanto su pertenencia como el compromiso colectivo con la defensa de los socios del flanco oriental; el vínculo transatlántico, tan debilitado en tiempos de Donald Trump, se consolidó, y Suecia y Finlandia, países con importantes instrumentos militares y aun mayores capacidades económicas, anunciaron que podrían solicitar la membresía si su situación de seguridad lo tornaba conveniente.

Casi todos los integrantes de la Otan anunciaron el envío al gobierno de Ucrania de moderno armamento, incluyendo críticos sistemas portátiles antitanque y antiaéreos. E incluso Alemania decidió finalmente transformarse en una potencia "completa" e incrementar sustancialmente las capacidades de sus fuerzas armadas, atento a lo que pasa al este de su territorio.

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El gobierno ruso no obtuvo el apoyo explícito de absolutamente ningún país del planeta con un historial medianamente decente en materia de respeto a los derechos humanos y las libertades individuales. Tampoco China se comprometió en ese sentido, limitándose a observar y tomar notas, que le podrían resultar útiles en un futuro, respecto de las reacciones de los Estados Unidos y otros actores clave en coyunturas críticas. Si algo no parece ser Xi Jimping es impulsivo e improvisado.

Es en el campo de las narrativas donde más notorios son los efectos contraproducentes de los actos rusos. La justificación de las "fuerzas de pacificación" desplegadas para proteger a la población local quedó hecha añicos desde el mismo momento en que las operaciones bélicas excedieron los enclaves independentistas del Donbass, para alcanzar todo el suelo ucraniano. Los alegatos en favor de ataques quirúrgicos contra objetivos militares fueron rápidamente neutralizados por bombardeos a blancos civiles, que fueron documentados por múltiples agencias de noticias independientes de todo el mundo.

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Mientras Putin tilda al gobierno ucraniano de nazi, soslayando que su homólogo Volodímir Zelensky es judío y muchos de sus parientes murieron en el Holocausto, es él a quien comparan con Hitler. Subyace, en esa comparación, una intuición: la invasión de Ucrania en toda la línea se explica más por las interpretaciones históricas personales y la voluntad revisionista de este líder, que por las reales necesidades de seguridad del país.

El ataque de Rusia ha reforzado el sentimiento patriótico ucraniano. Le ha proporcionado héroes, mártires y momentos épicos para las generaciones presentes y futuras, todo esto teñido por la lógica de la lucha de David contra Goliat. Mientras algunos insisten en que es un "no-Estado", Ucrania parece ser cada vez más una "nación".

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Sin embargo, no puede soslayarse el enorme poder militar de Rusia. El Ejército Rojo, que se cubrió de gloria en la Segunda Guerra y tomó Berlín, es uno de los mejores del mundo y aventaja a los ucranianos en absolutamente todos los aspectos tangibles. Pero difícilmente tenga la motivación y las convicciones, de una sociedad entera que defiende su tierra. Rusia puede ocupar y controlar toda Ucrania, pero al precio de la destrucción de una importante proporción de sus núcleos urbanos, que seguramente serán defendidos por sus habitantes, apelando a una amplia gama de formas asimétricas de lucha. Ironía de las relaciones internacionales, una nueva versión de Stalingrado, aunque en Kiev y con los antiguos defensores fungiendo de atacantes, todo esto ante la mirada reprobatoria de la comunidad internacional y, eventualmente, de los propios ciudadanos rusos.

Así las cosas, lo ideal sería lograr un rápido acuerdo que ponga fin a las hostilidades, en el que ninguna de las partes aparezca como vencida ni humillada. Porque aparentemente Putin no alcanzará todas las metas que se propuso al menos con una tasa costo-beneficio favorable. Pero está claro que tampoco puede volver al "status quo ante bellum" con las manos vacías. Ambos bandos deberán efectuar concesiones. Es en esa subjetiva zona, en la que supuestamente las "mínimas expectativas aceptables" de los contendientes no están tan alejadas unas de las otras, donde la diplomacia del más alto nivel debe alcanzar soluciones creativas y razonables en su contenido, viables en su aplicación y sostenibles en el tiempo. Cualquier otra opción será peor.

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