El monstruo no está muerto
Cuando a raíz de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad de naciones creyó haber superado para siempre los horrores del fascismo enterrándolo bajo siete capas de tierra, ahora resulta que empieza a resurgir entre cadáveres y osamentas, como si se hubieran olvidado sus perniciosos efectos.
Algunos de aquellos movimientos, que a poco de andar demostraron ser nefastos y luego condenados por el mundo, se hicieron del poder por la vía democrática. Es el caso del nacional socialismo de Adolf Hitler, que triunfó de manera contundente en las urnas y asumió con el aplauso y el beneplácito de la misma población judía que luego terminaría diezmada por su criminal gobierno.
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Salvando las lógicas distancias y en versiones más acomodadas al pensamiento del Siglo XXI, estamos presenciando el resurgimiento de gobiernos populistas al estilo fascista. Son elegidos por el propio pueblo, que se refugia en figuras que les representan cierta previsibilidad económica sobre la base de un blindaje hacia los factores externos que comenzaron a jugar fuerte en los programas productivos de los países en la era de la globalización.
Concretamente, estamos viviendo un cambio de era, vamos hacia un nuevo orden mundial que en ciertos puntos se asemeja y mucho a etapas del pasado que fueron muy dañinas y creemos, erróneamente, superadas.
A pesar de que el fascismo mundial quedó sepultado en ruinas, ya que Alemania fue destruida en términos absolutos y Japón fue devastado con bombas atómicas arrojadas en Hiroshima y en Nagasaki y se perdieron 60 millones de vidas humanas, ahora, en pleno Siglo XXI, resurgen las tentaciones diabólicas populistas entre algunas de las grandes potencias que asistieron el siglo pasado a la peor hecatombe conocida en la historia de la humanidad.
La xenofobia británica, expresada a través del Brexit, logró el descarrilamiento de la locomotora inglesa del convoy promisorio de la Unión Europea. De la misma manera que aparecieron simultáneamente, en la primera mitad del Siglo XX, países fascistas como Alemania, España e Italia, ahora surge también en Francia la tentación fascista de Marine Le Pen, quien de llegar al Palacio del Elíseo excluiría a su país de la UE, para asestar un golpe mortal a esta ejemplar organización política y económica. Algo huele a podrido en Francia porque la ultraderecha, es decir, la xenofobia nacionalista, podría llegar al poder con terribles consecuencias para Europa. Ahí está Donald Trump, un presidente de extracción fascista, otro xenófobo obnubilado, que además de pretender construir un muro y en ese plan tiene paralizado al país hasta tanto le den el gusto, amenaza con deportar a 11 millones de ilegales sin detenerse a considerar que deportarlos, si es que esto fuera posible, equivaldría a darse un tiro en el paladar, porque precisamente estos extranjeros ilegales que perciben ingresos muy bajos por su condición migratoria, son quienes lamentablemente hacen el trabajo sucio que los norteamericanos se niegan a llevar a cabo. ¿Cómo sustituirlos?
En nuestra región tenemos al flamante Jair Bolsonaro, calificado tanto de fascista como de populista. Es que ambas corrientes se nutren y fortalecen entre sí, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Por eso es posible hablar de un fascismo de izquierda aunque parezca contradictorio, porque al fin de lo que se trata es de un desapego a las instituciones para cumplir con la voluntad gobernante, cualquiera esta sea.
Un fenómeno de este tipo no se explica solo por cuestiones nacionales sino que hay que ubicarlo en el marco internacional surgido luego de la crisis del capitalismo mundial del 2008. El impacto político antiglobalización de esta crisis está llegando a nuestras costas, luego de iniciarse con la asunción de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU. y el Brexit en Inglaterra y continuar con fenómenos y líderes emparentados con Bolsonaro en Europa (Hungría, Italia, Austria y el ascenso de formaciones de extrema derecha en otros países, Holanda, Suecia) que ponen en cuestión a la propia Unión Europea.
Ocurre que Bolsonaro no es la causa de una democracia debilitada, sino su consecuencia. Cuando se siembra la desconfianza, el miedo, el odio y el desprecio hacia la institucionalidad democrática, por más fragilidades y defectos que ella posea, lo que se construyen son las bases éticas y políticas de regímenes totalitarios y despóticos, de izquierda o de derecha.
No perdamos como ciudadanos el eje: ningún mejor estar económico (o promesa de ello) debe pesar más en la consideración del electorado que la vigencia de las instituciones democráticas y, con ellas, de las libertades individuales.
Aunque algún trasnochado aún repita que con los militares estábamos mejor, sabemos que no es así. Pensemos por un momento si cambiaríamos el Estado de Derecho en que vivimos por un 0 por ciento de inflación. Más allá de los pesares que nos causa la economía, sabemos que no lo haríamos.
Pues a pesar de este razonamiento lógico, en el mundo está sucediendo lo contrario. Y las corrientes se expanden por lo que de repente podemos estar inmersos en esa misma ola. Ninguno toma el poder por la fuerza, llegan por la vía democrática, pero luego desprecian sus instituciones. Parlamentos cerrados o abiertos pero inertes, como Venezuela o toda la estructura de gobierno paralizada, en la meca de la democracia como lo es Estados Unidos, porque el presidente no acepta un no. Marine Le Pen fogoneando de manera extrema la lucha social con el respaldo inoculto de Putin. Son todos síntomas preocupantes de que los totalitarismos no murieron sino que se están reinventando.















