El lado de la droga del que nadie hablaba
La tragedia de Costa Salguero es en estos días el tema de todos los medios de comunicación; tapas de diarios, programas especiales en la televisión y la radio. Se analiza el tipo de drogas que consumieron los jóvenes muertos y los que, internados, luchan por su vida. También se discute sobre quiénes son los responsables, si el dueño del local, el organizador de la fiesta, cómo se ingresó con las pastillas mortales y otros estupefacientes a la fiesta electrónica. En este punto ya se trata de una tarea de la Justicia, la Policía y el poder político.
Este episodio da cuenta de otra parte del problema de la droga y desnuda el narcotráfico y el consumo del que no se habla, el que no es tapa de los diarios ni titular habitual de los noticieros, porque no tiene el contenido de la criminalidad y la vida marginal más evidente y al que todos gustan referir para encasillar en algunos y problema que es de todos. Este hecho pone en evidencia una verdad muchas veces repetidas pero pocas veces llevada a las estadísticas: la droga nos afecta a todos y nos mata a todos, sin distinciones de ningún tipo. La droga no es patrimonio de la delincuencia, de las clases sociales vulnerables, de las familias disfuncionales, de los desamparados por el Estado ni mucho menos de quienes caen en ella porque no tienen nada que perder. Y hablamos tanto de quienes caen presa del consumo como de quienes la utilizan como medio económico de vida a través de su venta. Porque quienes se llevan el lucro de las fiestas electrónicas como la Time Warp de Costa Salguero no son precisamente desocupados ni incapaces de hacer otros trabajos.
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La información tiene alto perfil porque se produjeron cinco fallecimientos de jóvenes de entre 21 y 25 años y hay internados otros tantos, en un estado físico calamitoso, en este caso tienen entre 17 y 25 años. La droga que ocasionó la masacre se llama Superman y es una mezcla de éxtasis con otros componentes tóxicos. En casi todos los análisis salió que estaba combinada con cocaína, y en uno, con hasta otras tres sustancias, incluidas anfetaminas. Los síntomas de la descompensación que sufrieron los 10 intoxicados coinciden: padecieron un aumento de la temperatura corporal, deshidratación, convulsiones, aceleración de los latidos cardíacos, mareo, aumento de la presión y dificultad para respirar.
Las autopsias revelaron que los jóvenes fallecidos sufrieron de un edema pulmonar que les causó un paro cardiorrespiratorio. Nada se precisa sobre qué desencadenó la complicación pulmonar, que impide respirar debido a la acumulación de líquido en los pulmones por, en estos casos, la imposibilidad del corazón de bombear sangre al resto del cuerpo.
Lo del fin de semana fue gravísimo pero no extraordinario: el año pasado 81 jóvenes murieron en los mismos hospitales y por las mismas causas, lo que sucede que al producirse los fallecimientos en distintas fechas, no se generó el escándalo que en este caso.
El verdadero problema no son las fiestas electrónicas, donde toman pastillas, ni las bailantas donde se consumen Paco y otras drogas más baratas, ni las fiestas privadas ni las públicas. No se trata de prohibir la música ni los encuentros, porque todo lo vedado termina siendo el disparador de la curiosidad y acrecienta el macabro negocio que, en la marginalidad, además de las muertes por consumo, genera crímenes. Este es incluso uno de los argumentos de quienes van por legalizar el consumo de marihuana. De lo que se trata es de encontrar las razones por las cuales estamos frente a una juventud que parece nihilista, que coquetea con la muerte, que se entrega a que un dealer le dé para tomar cualquier cosa y lo hace, como un mandato grupal o por sobresalir entre los suyos.
Lo primero que debemos comprender, porque está claramente a la vista, es que el consumo corta transversalmente a los sectores sociales. Basta con ver los precios que se difundieron del evento y el valor que se pagó por las dosis (cuando no se las regaló para inducir a más consumo) para entender que no se trata de jóvenes que provienen de la pobreza y consumen drogas evasivas de la realidad como el Paco porque no tienen expectativas ni futuro. En el caso que nos ocupa, los chicos fallecidos eran estudiantes de universidades privadas, pagaron una entrada cara y difícilmente podamos pensar que no tenían futuro, ya que pertenecen a sectores de altos ingresos.
Por eso apuntamos a buscar las verdaderas razones por las cuales nuestros jóvenes, con independencia del sector social donde pertenecen, se droguen hasta morir, consuman pastillas que no saben qué contienen, que las tomen incluso a sabiendas que luego la sed los va a enloquecer, que en los baños el agua se corta a cierta hora, que de tanto beber terminan ahogándose.
Y decimos que tenemos que hacer un esfuerzo por comprender por qué la droga se está convirtiendo en una suerte de moda, peligrosamente cultural, para poder ayudar como familia a que estas cosas no sucedan a nuestros hijos, a nuestros nietos, hermanos, conocidos. ¿Qué sabían estos padres sobre las diversiones de sus hijos? Al fin, cosas sencillas y elementales como un almuerzo dominical en familia podría haber servido para conversar en fines de semana anteriores en qué andaban, con quiénes compartían sus horas libres y cuáles eran sus planes para próximas salidas. No sabremos jamás si las muertes se habrían evitado pero con seguridad podemos afirmar que estas conversaciones ya casi no se producen. Los padres trabajan mucho y descansan en prestigiosas instituciones la formación de sus hijos, a ellos se los excusa de participar en la mesa familiar, tal vez porque para los propios padres no es el mejor plan dominical renegar con sus hijos mal dormidos. Aquí, en la familia, empieza la cadena de responsabilidades, aunque estemos hablando, en su mayoría, de jóvenes mayores de edad.
Porque es claro que en una fiesta pueden estar la Gendarmería, Drogas Peligrosas de la Policía, enfermeros, médicos con ambulancias, que si los jóvenes quieren tomar pastillas lo harán, porque es muy fácil de esconderlas o de tomarlas antes de ingresar a un local o incluso dentro, donde todos sabemos que se venden en forma descarada. De modo que todo el acento no hay que ponerlo sólo en lo que pueden hacer el Gobierno, las fuerzas de seguridad que sin duda deben trabajar y muy duro para combatir el flagelo. El acento hay que ponerlo en la contención, en una familia que no parece estar atenta a lo que sus hijos hacen, que no los contienen y a veces ni siquiera les explican de qué se trata.
Las pastillas, por ejemplo, pueden fabricarse en cualquier parte, en un pequeño departamento, una casita con dos ambientes, con dos estudiantes que saben algo de química y reciben recetas de narcos que fabrican este tipo de estupefacientes. Con 100 gramos de efedrina se pueden hacer mil pastillas, sin ir más lejos y allí las mezclan con otras drogas. Todo esto sucede sin control alguno de sanidad, por lo que al consumirlas puede pasar cualquier cosa. Y quienes consumieron y no murieron tuvieron suerte solamente. Es más complejo para el Estado llegar con su mirada a estos reductos que a un jefe de familia que esté atento al quehacer de su hijo.
De modo que no vamos a solucionar el problema solo haciéndoles sacar las medias y los zapatos a los jóvenes que entran en una fiesta por si esconden allí las pastillas, porque en vez de ubicarlas ahí las ponen en la ropa interior, en el pelo, donde se les ocurra. Lo que debemos es intentar el camino de la persuasión de los jóvenes, que comprendan que el camino con la droga es solo de ida.
No debemos delegar en el Estado, en su área de Educación o en las fuerzas de seguridad toda la responsabilidad que los padres deben ejercer con los hijos, la charla en la familia, la contención no se reemplaza con la vigilancia, esto es tan cierto como que el sol sale y luego se esconde.
Si como sociedad todos cumplimos el rol, sea gubernativo o familiar, es probable que comencemos a ver resultados respecto de las drogas. Si permitimos que nuestros hijos queden en manos del Gobierno, la Policía o la vigilancia privada, no vamos a lograr evitar que, eventualmente, caigan en el flagelo.















