El hilo por lo más delgado
En distintos órdenes del quehacer colectivo, las campañas oficiales apuntan al ciudadano y se deposita en él la mayor parte de la responsabilidad al momento de modificar aspectos que afectan la calidad de vida. La pandemia puso de manifiesto que en el plano de la salud la cuota más importante...

En distintos órdenes del quehacer colectivo, las campañas oficiales apuntan al ciudadano y se deposita en él la mayor parte de la responsabilidad al momento de modificar aspectos que afectan la calidad de vida.
La pandemia puso de manifiesto que en el plano de la salud la cuota más importante de cuidado recayó sobre el ciudadano de a pie que se vio obligado a cambiar prácticamente todos sus hábitos en pos del bienestar colectivo. Si bien es cierto que en cuestiones sanitarias la responsabilidad individual tiene un enorme valor en términos comunitarios, no menos real es que tan importante como los resguardos propios son las políticas sanitarias que a la luz de los indicadores lejos está de haber resultado la más eficiente.
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En cuestiones viales, el mensaje de suele ser demasiado distinto. Con frecuencia la atención se pone sobre el ciudadano a quien se lo insta a cumplir las normas de tránsito- algo que debe hacer de por sí independientemente de cualquier recomendación de la autoridad- pero pocas veces la autocrítica recae sobre quienes tienen responsabilidad sobre la infraestructura. Mucho menos la mirada se detiene sobre quienes teniendo competencias de gestión o de ejecución ni siquiera pueden predicar con el ejemplo. Forma parte de la escena cotidiana ver a inspectores infringiendo normas y agentes más ocupados en instrumentar medidas punitivas con fines recaudatorios que en promover verdaderas acciones de persuasión que apunten a la educación ciudadana.
Sucede con el manejo de los residuos, con la seguridad, con el transporte, con la energía, como si todas las iniciativas tuvieran como propósito depositar en el ciudadano la responsabilidad del cambio. Un ejemplo claro de esta cuestión es lo que sucede con las campañas que promueven el uso responsable del agua, al unísono todos los mensajes oficiales apuntan a la irresponsabilidad ciudadana por el derroche y poco dicen de las dificultades que el propio Estado tiene en dotar a la ciudad de la infraestructura hídrica que requiere para acompañar el crecimiento y el desarrollo.
Lo que ocurre no se limita sólo al ámbito local, el mensaje de la política pública que pareciera sacar del hombro de los funcionarios el peso de la responsabilidad alcanza cualquier geografía. Y si bien es cierto que los procesos de transformación de cualquier realidad requieren del compromiso y la acción consciente de las personas que habitan en una determinada comunidad, el hilo no puede cortarse siempre por lo más delgado, porque eso termina configurando la idea de un Estado ineficiente en cualquiera de sus niveles que lo único que hace es depositar culpas en los otros y desprenderse de la cuota de responsabilidad que se tiene por la imposibilidad o dificultad de planificar y ejecutar aquellas políticas y acciones que de verdad le cambien la vida a las personas para bien.
En contextos de crisis, donde comienza a resentirse la provisión de recursos y la incertidumbre gana espacio en el diálogo público, que todo el peso recaiga siempre sobre el ciudadano le agrega a la situación de por sí agobiante un malestar adicional que causa fastidio e incrementa la sensación de orfandad que suele generar la ausencia de liderazgos. En el plano nacional y provincial sobran los ejemplos de retos y reprimendas a la sociedad por sus acciones. En lo local algunas de las intervenciones de funcionarios y lo que se expresa como argumentación frente a algunos problemas que no terminan de resolverse caen en la tentación de apegarse al mismo discurso. Y lo que muestra esta dinámica del diálogo social en muchos órdenes de la esfera pública es cómo la falta de un diálogo genuino y la ausencia de la búsqueda de consensos apropiados va resintiendo el principal capital de lo público: la alianza que debe unir a los gestores con los ciudadanos para construir las sociedades que se anhelan.
Restablecer en la conversación pública esa base de acuerdos, entender que no todo es culpa del ciudadano ni de los dirigentes, comprender que se requiere de la acción de todos para solucionar problemas estructurales es quizás la tarea que como sociedad se debe emprender porque el tamaño de la crisis que se vive, la naturaleza de la misma y la falta de certezas que se ha transformado en la moneda corriente en lo diario, no deja otra posibilidad que hallar el modo de establecer verdaderos puntos de encuentro. No hacerlo es profundizar la distancia entre ciudadanos y líderes y condenar los procesos de transformación a lo que por fortuna disponga el azar sin modificar las conductas cotidianas que unos y otros deben emprender para comprenderse y funcionar como aliados ante la búsqueda de solución a los problemas comunes. Este camino no se transita reprendiendo al ciudadano por su falta de conciencia ni siendo dirigente sacándose de encima la responsabilidad. Esta senda se transita conscientes de la complejidad de los problemas, con mesura, entendiendo al otro en su rol como parte de la solución y no siempre del problema.











