El Gobierno, entre el déficit y la espera de inversiones
Nadie ignora que la Argentina atraviesa por una crisis económica; herencias recibidas, inversiones que no llegan, medidas antiinflación que generan recesión, ajuste y la mal resuelta problemática de las tarifas. Nada que no se pueda resolver, pero siempre y cuando se ataquen problemas estructurales de nuestro país. No más parches ni alivios transitorios. Esta es la solución pero también el problema.
El malestar social se va haciendo sentir, en un país con clara cultura inflacionaria; no en vano Argentina le ha puesto 15 ceros a su moneda desde la posguerra mientras que Estados Unidos o Panamá, solo uno. La única etapa de estabilidad fue durante el uno a uno en los 90, una ficción que contuvo la suba de precios, pero que terminamos pagando muy caro.
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Los países emergentes han tenido altas tasas promedio de inflación hasta los 90, pero en general la batalla por la estabilidad de precios ha sido victoriosa en lo que va del Siglo XXI. No para nosotros que integramos el lote de 15 naciones con inflación superior al 20 por ciento anual.
El dato duro y quizá inesperado es que en julio volvió a dispararse el déficit fiscal. Sin contar las ayudas del Banco Central y del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses, el resultado fue negativo en 31.080 millones. Esto es un rojo 109 por ciento superior al déficit de 14.867 millones de igual mes de 2015.
Y decimos inesperado porque el Gobierno ha puesto foco en este tema, intentando bajar esta cifra y la realidad es que la ha incrementado. Al poner el tema en blanco y negro: seguimos gastando más de lo que recaudamos, y en la medida que no ingresen inversiones, no se produzca más y el consumo siga deprimido, el Estado se nos vuelve cada vez más pesado e inmanejable. No vemos que hasta el momento sea más eficiente y en cambio notamos que pese a los despidos que hubo al inicio de la gestión de Mauricio Macri, han ingresado a trabajar un número igual o mayor del que se fue.
La situación va a ser difícil que mejore porque los ingresos en estos siete meses aumentaron solo un 26 por ciento, pero los que provienen de impuestos tuvieron un incremento de apenas el 23. Esto está pasando por la menor actividad económica y también por reducciones y anulación de las retenciones sobre los derechos de exportaciones, los cambios en Ganancias y devolución del IVA.
El peligro de resolver la problemática económica doméstica con deuda externa se puede transformar en una realidad indeseada y que, por otra parte, siempre ha dado malos resultados. La parte positiva es que la deuda ya no se toma de Anses, poniendo en jaque a las jubilaciones futuras, ni de usureros conocidos como fondos buitre, sino que nuestro país ha podido reingresar al mercado de crédito formal, a tasas normales. Es dable reconocer que el relato K de las bondades de no pedir crédito en el exterior fue en todo caso un ejercicio de justificación amparado en un falso nacionalismo; la realidad es que nadie nos prestaba dinero y se echó mano a la plata resguardada de los propios argentinos, tras haber recurrido inicialmente a los fondos de inversión de riesgo o hold outs que compran a Estados quebrados, a tasas usurarias.
Como hemos dicho en otras ocasiones: no es que sea malo tomar deuda, el quid de la cuestión es a qué se destina el dinero. Si es para desarrollo, para obra pública, vale la pena. De hecho es la manera más lógica y saludable para erigir las grandes obras de infraestructura, como rutas, ya que no se hace a costo de los actuales ciudadanos sino a pagar por las generaciones futuras que son las que al fin van a disfrutar de esas obras. Es como quien se endeuda para comprar o construir su casa. Ahora, si se contrae deuda para financiar el gasto corriente del Estado es altamente tóxico. Es como si una familia sacara un crédito para hacer la compra de la semana en el supermercado.
Esta situación del déficit conspira contra el objetivo del Gobierno, que está encarando el tema inflacionario con su política de tasas altas de interés en el Banco Central y con la reducción de la emisión monetaria. El dólar estable ayuda también a contener los precios y por supuesto el ambiente recesivo de un año en que el consumo está a la baja y la inversión todavía no despega.
Es claro que la inflación que se aceleró en este año es por la devaluación, que siempre supone una transferencia a precios, la suba de tarifas y la conducta de los empresarios que se han hecho sucesivos colchones de precios, no colaborando en nada con el nuevo Gobierno, ni siquiera teniendo en cuenta que se trata de una gestión que busca recrear un clima de negocios en la Argentina.
La mayor apertura de la economía, y la inversión por venir, que impulsará la oferta agregada, ayudarán a estabilizar la economía, pero son expectativas que aún no suceden y en el mientras tanto, el tejido social se irrita y con razón, porque vive los rigores del ajuste.
Precisamente los datos del Indec acaban de confirmar el ajuste con números mayores a los esperados: caída del Producto Bruto Interno del 3,4 por ciento. Lo real es que el ajuste fue drástico pero no todo lo que algunos en el Gobierno hubieran querido, ya que sigue la disputa entre halcones y palomas en el oficialismo, cada vez que alguna cifra negativa asoma en el horizonte. El ala más liberal intenta, por ejemplo, desregular la economía mediante un decreto presidencial. La propuesta no prosperó por la oposición de Frigerio y de Prat-Gay. El enfrentamiento entre dos grupos de economistas que no piensan igual en cuanto a los instrumentos, aunque si en los objetivos, obliga a Macri a laudar todo el tiempo. Pero el año electoral se acerca, los halcones no conocen el terreno y las palomas se sienten más a gusto porque pueden justificar su gradualismo frente a los que piden shock.
Precisamente los gradualistas explican que sin el ajuste actual, el déficit fiscal seguiría su ruta de crisis imparable, mientras que los talibanes del mercado consideran que al no haber llegado hasta el hueso con todos los temas nos dejó en medio del río.
Lo que sucede es que en medio de esta puja técnica de economistas está la gente común, el hombre de a pie, que tiene un límite para soportar el ajuste y ha mantenido la esperanza en el nuevo Gobierno contra todo pronóstico, la CGT cautelosa no termina de declarar un paro general con fecha cierta. Sin embargo el macrismo se va gastando el crédito inicial muy importante que tuvo y deberá comenzar a mostrar algunos resultados entre el fin de año y el comienzo de 2017 que, por otra parte, es electoral.















