El futuro se construye solo con proyectos colectivos
Hace mucho tiempo que los problemas de Argentina demandan del establecimiento de proyectos colectivos, del armado de una agenda en la que confluya el interés común por sobre las aspiraciones personales. Sin embargo, avanzar en ese camino siempre supone tremendas dificultades por la imposibilidad de establecer acuerdos capaces de sostenerse en el mediano y largo plazo. Todas las medidas son de coyuntura y el acompañamiento a ellas, de circunstancia. Después todo vuelve al caos en el que la sociedad parece acostumbrada a vivir y al advenimiento de crisis cíclicas y recurrentes que van aceptándose como un destino irremediable. Hasta existe cierta jactancia en torno a la capacidad de los argentinos de reinventarse.
En esta ocasión, el tránsito por la pandemia abrió la puerta de una crisis sustancialmente diferente, porque la irrupción de la Covid-19 tuvo impacto en todas las dimensiones de la vida social y las puso en jaque. El saldo que dejará la emergencia sanitaria y la construcción de la sociedad pospandemia transformará esa aspiración de unión en condición imprescindible para sortear las vicisitudes de un mundo severamente condicionado. Será imposible pensar la convivencia sin el aporte que le brindan los consensos.
Las mas leidas de Opinión
Frigoríficos exportadores temen una catástrofe con los precios de la carne

Inteligencia Artificial: el reto que enfrenta la humanidad
El día en que todo se volvió televisión

Estar educados para el nuevo mundo de las finanzas
Presos de una interna: los bonaerenses bajo la disputa del PJ provincial. El rol de Axel Kiciloff

Actores y referentes con responsabilidad de gestión en distintos ámbitos definen la tarea del futuro en términos de epopeya. Ese concepto es el único en el que parecen coincidir oficialistas, opositores, líderes de instituciones y referentes de organizaciones de la comunidad. Todo aquel que analiza los indicadores que muestra el presente, coincide que se requerirá de un ejercicio de la civilidad fuertemente comprometido para hallar soluciones a problemas tan diversos como complejos. En el plano de la economía, la política, la salud, la seguridad y la educación, por nombrar solo aquellos ejes que suelen plantearse como prioritarios al momento de establecer políticas de Estado, todos coinciden en remarcar que deberá emprenderse una épica de la reconstrucción, algo que como tal exige de la participación de todos y el compromiso de dejar atrás esas viejas y actuales diferencias que tanto han dañado y dañan el tejido social hasta desmembrarlo.
Los indicadores que muestra el presente no dejan escapatoria. En el ámbito de la política, la grieta, la agresividad del discurso y de la acción, la provocación continua y la descalificación constantes, no hacen más que profundizar la imposibilidad del acuerdo. En el aspecto económico, los problemas son estructurales y atribuibles a muchos años de desaciertos y a la imposibilidad tangible de haber establecido políticas sostenibles y de largo alcance. La inflación, por señalar solo un indicador, y la falta de previsibilidad condicionan la macro y microeconomía porque ponen en duda la confianza, que es la herramienta fundamental desde la cual se construyen las sociedades económicamente maduras.
De la mano de ello, en el plano social, convivir y naturalizar un índice de pobreza como el que exhibe Argentina resulta vergonzante para un país rico en recursos que no ha tenido la capacidad de hacer de la inclusión una verdad.
En materia de salud, la emergencia por Covid mostró con toda crudeza la fragmentación del sistema de salud y la importancia superlativa de efectores tanto públicos como privados, atravesados ambos por crisis estructurales que cargaban en sus mochilas con demandas largamente postergadas.
La educación, en tanto, muestra los peores indicadores de la historia. La interrupción de la presencialidad educativa exigida por las medidas sanitarias y la diversidad de realidades sociales que atraviesan la escuela, han dejado a muchos niños y jóvenes fuera del sistema, con lo que ello importará en términos de tarea para que regresen. Pero además ha puesto en foco problemas estructurales y anteriores a la pandemia que quedaban invisibilizados y que hoy resulta impostergable resolver.
Aunque esta exposición de argumentos no agota el inventario, muestran que no hay aspecto de la vida que no requiera de la unión para reconfigurarse. Y lamentablemente esa conjunción de intereses sigue pareciendo una utopía. Como si por alguna razón costara conducir esa convicción a la acción y lo colectivo quedara confinado a otros ámbitos de la esfera social. No es casual que la solidaridad que surge del impulso de la propia comunidad adquiera dimensiones gigantescas en tiempos de crisis. Tampoco resulta fortuito que las gestas deportivas logren la cohesión, que no consigue la política. Alcanza con ver lo sucedido en torno al triunfo reciente de la selección argentina que todo un pueblo pareció encolumnarse detrás de un objetivo hasta alcanzarlo. ¿Seremos capaces de extrapolar ese sentimiento de pertenencia a otras dimensiones de la vida para pensarnos como partes de un todo al momento de proyectar soluciones colectivas?
En la respuesta a ese y tantos otros interrogantes con los que nos confronta la complejidad de los problemas que padecemos, se dirime la posibilidad de resurgir. Del modo en que estemos dispuestos a asumir los problemas y resolverlos, si con la enorme fragilidad que en la actualidad muestran los consensos o en la inconmensurable fortaleza que como pueblo demostramos cuando algo nos convoca desde adentro y sentimos propia la posibilidad del futuro.













