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El fútbol y los argentinos, o la metáfora de un país condenado al fracaso

Es inocente pensar que el fútbol es solo mirar cómo 11 jugadores corren tras una pelota tratando marcar un gol antes que otros 11 se lo impidan o que conviertan antes que ellos. Hay toda una construcción social por sobre esos jugadores batiéndose en ese duelo deportivo. Nacen clubes, se...

02 de abril de 2022 a las 12:00 a. m.
El fútbol y los argentinos, o la metáfora de un país condenado al fracaso

Es inocente pensar que el fútbol es solo mirar cómo 11 jugadores corren tras una pelota tratando marcar un gol antes que otros 11 se lo impidan o que conviertan antes que ellos. Hay toda una construcción social por sobre esos jugadores batiéndose en ese duelo deportivo.

Nacen clubes, se entronizan camisetas y pasiones barriales que devienen en fracturas y hasta en enconos sociales estructurales. Se entablan alianzas y lealtades y entre gritos de gol se forjan barrabravas que viven de turbios negocios tras las bambalinas de esos mismos estadios. Se televisan determinadas ligas y partidos y así germinan negocios millonarios detrás de cada contrato. Convertido en medio de ascensión social para chicos talentosos con la pelota, surgen también las huestes de botineras ansiosas por convertirse en estrellas mediáticas. Políticos nacen desde la dirigencia de estos clubes y gracias a estos clubes.

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El fútbol es una formidable herramienta para la manipulación de las masas e, incluso, para su adoctrinamiento. Es más, en un país donde el fin justifica los medios, se ha establecido un denso entramado y maridaje entre fútbol, barrabravas, violencia callejera, inseguridad, crimen organizado y, al final del círculo vicioso que así se establece, una política que lo nutre y lo fomenta retroalimentándolo todo otra vez.

Vimos cómo, en el pico de la pandemia y contraviniendo absolutamente todos los protocolos, todos los mensajes oficiales y el más mínimo sentido común, el Gobierno organizó el velatorio de Diego Armando Maradona en la Casa Rosada. Ese triste velatorio nos retrató con una precisión implacable y nos desnudó de un modo inapelable.

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Fue terrible la decisión de que el velatorio se llevara adelante en la sede del gobierno nacional, en la propia Casa Rosada. Y no lo criticamos porque un ciudadano no merezca ser despedido en ese lugar sino porque dadas las circunstancias sanitarias, el poder de convocatoria de Diego, su pasión por la pelota, por Boca, por Argentinos Jrs. , sumado al buen clima de noviembre, hubiera sido apropiado y lógico despedirlo en una cancha. A nadie le pareció de una gravedad institucional mayúscula que la gente desfilara semidesnuda por los pasillos de la Casa Rosada que, apenas horas más tarde, sería virtualmente asaltada por una muchedumbre enardecida ante sus puertas cerradas. Puertas que se cerraron para que la señora vicepresidenta manifestara su duelo frente a la figura de un ídolo del que se adueñó con intereses políticos mientras dejaba encerrados -afuera- al pueblo. Tampoco resultó grave ver las imágenes grotescas del cajón del pobre Maradona siendo transportado por los pasillos de la Casa de Gobierno a las corridas y empellones tratando de ponerlo a salvo de la multitud mientras un grupo de barrabravas ocupaba -literalmente- el Patio de las Palmeras, todo a apenas metros de Alberto y Cristina, rompiendo bustos de expresidentes y en un comportamiento propio y típico de una cancha de fútbol -donde insistimos debió realizarse- y no de la sede del Gobierno nacional. Tampoco pareció grave ver al presidente de la Nación, megáfono en mano, en la puerta de la Casa Rosada, tratando de contener a la muchedumbre enardecida. "Nunca imaginamos que vinieran barrabravas", diría él mismo, más tarde. Quizás pensó que al funeral concurriría la Orquesta Filarmónica de Noruega en pleno. O quizás se imaginó presidiendo Suecia, cuando tanto se había comparado con ese país, en otro hecho igual de vergonzante, igual de incorrecto y ya igual de olvidado.

En otro pico de la pandemia, todo el continente le dio la espalda al sentido común y el negocio del fútbol renació una vez más de la mano de la Copa América. Copa que Jair Bolsonaro se empeñó en auspiciar y convertirse en su anfitrión a pesar de la cantidad de contagios que ocurrían en su país en ese momento, a pesar de la lenta campaña de vacunación que mostraba entonces su gestión, y como una manera oportunista de desviar la atención de los verdaderos problemas que ocurrían en el vecino país.

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Hoy, si bien la pandemia no está del todo superada, el fútbol ha arrancado con todo en todo el mundo. Con el sorteo de grupos de este viernes, puede decirse que los argentino ya estamos en "modo Mundial". 

Por momentos pareciera que es más importante quiénes serán los primeros contrincantes en Qatar y quiénes los titulares argentinos ante el siguiente cotejo que el hecho de saber que el 67 por ciento de los chicos del país son pobres o que el 15 por ciento de chicos vive en condiciones de indigencia o que el 34 por ciento de todos los chicos del país enfrenta serias carencias alimentarias, según informa de manera oficial el Indec. 

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Se entiende el uso del fútbol como distracción y alegría del pueblo, hasta como una forma de cohesión, pero todo en su justa medida y atendiendo, al mismo tiempo, lo importante.

Pero aquí el uso del fútbol con fines políticos de todo tipo no tiene tope y como muestra basta un botón: el diputado Carlos Heller llegó al paroxismo de interrumpir un debate en la Cámara de Diputados para celebrar el aniversario del gol de Maradona ante los ingleses, ocurrido hace 35 años. Es que seguimos anclados al pasado de una manera irremediable. Ese gol nos devuelve esa idea atávica e incorrecta de ser los mejores. Los campeones del mundo. De cumplir al fin con ese destino de grandeza al que siempre estuvimos destinados. Al que estamos condenados según alguna creencia absurda doméstica. Así, ante cada gol, nos abrazamos a la camiseta reivindicando el orgullo de ser argentinos. 

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No estamos condenados al éxito. Eso nunca fue una verdad antes y no lo es hoy tampoco. No hacemos nada por obtenerlo. Tampoco hacemos nada por garantizarnos la paz, la felicidad o, al menos, un estado de calma que nos permita pensar y analizar las cosas con claridad. 

La única realidad -certeza casi a la luz de los hechos- es que no importan los pobres -ni que salgan de la pobreza-; no importa la inseguridad; los presos liberados ni los desfalcos impunes o los fraudes ignorados; no importan la Justicia acorralada; tampoco el Congreso inexistente solo dedicado a la payasada y al absurdo cuando no al debate vacío; tampoco la destrucción de la educación; no importan la falta de inversiones o la falta de acceso al crédito internacional, la falta de empleo en un país con un 35 por ciento de desempleo, o la inflación desbordada a pesar de la absurda "guerra" declarada y ya perdida antes de anunciada; no importan la pérdida inexorable de poder adquisitivo de las masas asalariadas ni el 45 por ciento de pobreza devenida en problema estructural y sin ninguna solución a la vista. No importa la grieta profunda del oficialismo, capaz de arrastrarnos a un abismo, así como no importa tener un presidente devaluado del cual su figura es convertida en un meme permanente.

Ni siquiera importan la falta de esperanzas o la falta de futuro que nos atenazan la voluntad y la vida. Nada importa. Solo importa ese grito frenético y la fantasía de ser campeones de fútbol. De algo. 

La camiseta nos iguala a todos y nos unge por misterio divino en los mejores del mundo. Aunque seamos incapaces de asegurar la educación o la alimentación, menos la asistencia sanitaria a las incontables poblaciones carenciadas y escondidas que existen hoy en ese mismo territorio unificado por esa camiseta que grita el gol. Que habla de soberanía alimentaria o de soberanía monetaria o de soberanía industrial o de mil formas de soberanías imaginadas y se olvida de las soberanías reales, que son las únicas que de veras hacen alguna diferencia.

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Sin medios no se puede tener control sobre nuestro destino. Mucho menos un fin. Sin medios no se puede ejercer ninguna forma de soberanía. 

Somos un país de una pobreza intelectual tan notable que gritamos más fuerte un gol que las infinitas injusticias que dejamos que ocurran a diario. Así que sigamos gritando goles y ocultando dolores. Sigamos creyendo que el himno cantado en medio de un abrazo y aferrados a una camiseta de fútbol, puede más que la realidad de un país roto y vacío de futuro.

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