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El fenómeno Donald Trump patea el tablero en Estados Unidos

05 de marzo de 2016 a las 12:00 a. m.

Las primarias estadounidenses están en marcha desde el 1º de febrero, en preparación de las respectivas asambleas partidarias del mes de julio, de donde saldrán los candidatos, el demócrata y el republicano que competirán en los comicios generales para las presidenciales a realizarse el 8 de noviembre.

En principio, si bien Estados Unidos tiene una política exterior de fuertes intereses propios, como gran potencia que es, el triunfo de una de las dos tendencias, que se ofrecen al electorado, tienen implicancias en América Latina.

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Los matices entre republicanos y demócratas inciden en la política hacia los países occidentales y hacia Oriente Medio. Porque hay distintas visiones respecto, sobre todo, al intervencionismo en otras naciones. Los republicanos siempre fueron más afectos a llevar más rápidamente el conflicto bélico, mientras que los demócratas suelen estirar las conversaciones de paz. Como hizo Clinton en Camp David con israelíes y palestinos. Llegó al gobierno estadounidense George Bush (h), se terminaron las conversaciones para llegar a un acuerdo y el conflicto armado no tardó en llegar porque se consideró que ya los demócratas había hecho suficiente esfuerzo para la paz lo mismo sucede en su mirada hacia América Latina: unos son más abiertos para negociar apoyos y otros suelen ser más duros.

Lo interesante es que en estas elecciones se enfrentan dos candidatos de alto perfil, con mucho conocimiento públicos nivel mundial: una demócrata recalcitrante como Hillary Clinton y un republicano recalcitrante como Donald Trump.

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Las diferencias para la política doméstica no pueden ser mayores. La dama es una defensora de ciertos niveles de inclusión, sobre todo en el área de salud. Trump, en cambio, es un conservador sin vueltas, que sin filtro alguno cuando abre su boca ataca a los latinos e hispanos que viven en su territorio y a todo aquel que lo cuestione. 

Ambas actitudes han calado en distritos donde valoran más una cosa u otra y allí es donde se miden fuerzas en lo que hace a esta primaria.

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Las primarias norteamericanas no se parecen a nuestras internas abiertas, en principio porque se vota por partido político y quien no esté registrado previamente para votar no puede sufragar para elegir a los postulantes presidenciales. Recordemos que en Estados Unidos el voto no es obligatorio. Justamente por ello -y por ser una sociedad que, en general, no sufre grandes alteraciones en su cotidianeidad en función a quién resulte electo, de los comicios nunca participa más de un 30 por ciento de la población. 

En las últimas décadas el electorado estadounidense ha votado cada dos períodos (que es lo que la ley permite) alternativamente a demócratas y republicanos. El factor “fatiga”, dicen los analistas, puede jugar a favor del candidato republicano, ya que los norteamericanos no son afectos a apoyar a un partido en el poder durante demasiado tiempo.

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Siguiendo esta línea, tras dos períodos del primer presidente negro y demócrata, la chance la tendrían los republicanos. Sin embargo, los excesos políticamente incorrectos de Trump en sus discursos en clara muestra de xenofobia (aunque reflejan el pensamiento de muchos ciudadanos), sus shows políticos en cada acto, con los desbordes de su personalidad extrovertida, generan cierto retraimiento en el electorado republicano y, al mismo tiempo, incentivan a los demócratas y a quienes se sienten afectados y tal vez hasta ahora no votaban, a acercarse a las urnas. Esto, más  que el radicalismo de Trump, es lo que preocupa a los republicanos: saben que en un voto negativo, el electorado se puede volcar masivamente en favor de Hillary.

Entre los altos mandos y los más veteranos referentes del Partido Republicano subyace el temor de que las controvertidas declaraciones de Trump, que serían mortales para cualquier campaña tradicional, estén solidificando su apoyo entre los conservadores, poniendo en riesgo la capacidad a largo plazo del partido para lograr las coaliciones electorales necesarias para ganar la presidencia.

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Sin embargo, el magnate continúa en franco ascenso en las encuestas y mientras sus competidores han subido y bajado en popularidad, él se ha mantenido sólido.

Y lo ha hecho con un discurso antimigratorio, con la retórica antimusulmana, que está haciendo volar por la ventana el plan que el Partido Republicano se propuso hace casi cuatro años para recuperar la Casa Blanca en 2016.

Poco después de que Mitt Romney perdiera frente a Barack Obama en noviembre de 2012, los estrategas republicanos revisaron los resultados de las elecciones y la creciente diversidad étnica de Estados Unidos y concluyeron que debían ampliar el atractivo de su partido.

No olvidemos que hace ya varios años que la segunda minoría (la primera es la blanca) está compuesta por los latinos, no los negros en Estados Unidos, por eso es un voto muy buscado. Especialmente porque es gente que concurre a votar (quizás porque tienen la cultura de hacerlo desde sus países de origen) y se inclina siempre por el partido que más atiende su situación migratoria y de salud. 

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El Supermartes, que se cumplió esta semana es la jornada más importante del calendario estadounidense de primarias. Si bien se desarrolla sólo en 11 (de los 51), es la jornada en que se puede hacer una medición más certera de las preferencias porque la elección se hace a través del voto tradicional. En cambio, en otros territorios, se utiliza un sistema llamado Caucus, que es más “casero” por llamarlo de algún modo: son asambleas populares en las que aquellos registrados como votantes de un partido se reúnen para elegir al candidato. Los interesados se pueden inscribir hasta un minuto antes de que comiencen los Caucus, a las 19:00. No hay un método estándar. Cada Estado lo hace según sus propias normas. Los participantes se reúnen en escuelas, iglesias o incluso en casas particulares para discutir sobre las cualidades de los aspirantes y convencer a los indecisos. Al final de la jornada votan por escrito o a mano alzada. Estos Caucus se realizaron en febrero.

Tanto en los procesos de febrero como los resultados de las primarias que se celebraron este Supermartes, dieron como claros vencedores a la precandidata presidencial demócrata Hillary Clinton y al republicano Donald Trump. La exsecretaria de Estado se apuntó la victoria en siete estados, igual que el polémico millonario. Es decir que, más allá de que Trump puede lograr en noviembre el efecto de un voto masivo demócrata con el sólo fin de que él no gane, lo cierto es que hasta ahora y en contra de las voces tradicionales de su partido, el hombre está cosechando la simpatía de los republicanos. Esto nos habla de que hay mucha gente que piensa como él, tan radicalmente, y no son precisamente los miembros del tradicional Tea Party, que públicamente se muestran horrorizados de sus discursos.

Es decir que, por más que insulte a cada vez más grupos de la sociedad estadounidense, la popularidad de Trump crece. Incluso entre los mismos insultados: en la primaria del partido republicano en el Estado de Nevada, donde hay una gran población hispana, ganó holgadamente, a pesar de haber dado prioridad en su campaña allí a estigmatizar a los inmigrantes indocumentados mexicanos, calificándolos de criminales y violadores y prometer una muralla fronteriza, pagada por los mexicanos. Muchos suponían que esta actitud iba a sepultar cualquier aspiración que tuviera entre el electorado hispano.

Pero una encuesta de boca de urna revelada a los medios el martes estimó que Trump ganó también entre los votantes republicanos latinos del Estado.

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¿Cómo se explica? ¿En una interna partidaria gana este neófito incluso cuando los grupos intestinos lo defenestran y lo votan incluso quienes serían perjudicados por sus lineamientos de gestión? 

La lectura que hacen los analistas de este fenómeno es que, a la vista está, Trump no quiere hacerse de la representación del Partido Republicano sino que quiere enterrarlo y muchos afiliados están bien con eso porque están enojados con la clase dirigente republicana, léase Tea Party; sienten que les han dado la espalda a su campaña prometiendo traer una revolución conservadora a Washington y apoyando a Trump estarían descargando su ira contra un partido político que constantemente los decepcionó y los traicionó. Ven a Trump no como un vehículo de protesta, sino como un líder con agallas, que puede tomar las riendas y hacer lo que dice.

Estamos lejos de poder predecir quién ganará las elecciones generales del 8 de noviembre: puede primar el buen rumbo de la economía y el electorado inclinarse por la continuidad demócrata, o puede ser mayor el efecto fatiga y que se prefiera la alternancia pero también está el factor Trump y lo que genera en la gente. Sus tan radicales expresiones pueden captar un voto que hasta ahora no está considerado, de gente que nunca vota. Algo así como el voto independiente de Argentina. 

Y ese sufragio que consigue Trump con sus dichos puede ser tanto en su favor o estar motivado en evitar que llegue a la presidencia, es decir un voto a Hillary pero en sentido negativo.  

 

Sin dudas y sin emitir juicio de valor sobre su plataforma, lo de Trump es excepcional por estar descalabrando los cimientos del partido más tradicional de Estados Unidos y por, como se anticipa, movilizar masivamente a las urnas a un electorado apático de lo político.

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