El fenómeno chino
China prepara un imponente desfile militar para celebrar el 70º aniversario del triunfo de la revolución que en 1949 entronizó a Mao Tse Tung e inició el reinado del Partido Comunista, artífice de una gigantesca transformación social que permitió al coloso asiático, en solo cuatro décadas, salir del subdesarrollo para erigirse en una superpotencia capaz de disputar el liderazgo global con Estados Unidos.
Los chinos tienen bastante para celebrar. Las estadísticas son apabullantes. En 40 años, China protagonizó un milagro económico único en la historia de la humanidad. Después de la primera revolución industrial, los ingleses tardaron 60 años en duplicar su producto bruto por habitante. A mediados del Siglo XIX, con la Segunda Revolución Industrial, EE.UU. alcanzó esa meta en 50 años. Los japoneses precisaron 35 años para duplicar su nivel de vida tras la revolución modernizadora de los samuráis. China, a partir de 1980, lo hizo en apenas nueve años.
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En estos últimos 40 años, EE.UU. multiplicó por seis su PBI y China lo hizo por 76. En ese lapso, China logró otro récord en el terreno social: sacar de la pobreza a centenares de millones de personas. Emergió también una pujante clase media, constituida ya por unos 400 millones de ciudadanos. En 1979 circulaban en China 77.000 automóviles y 5,6 millones de bicicletas; en 2018 había dos millones de bicicletas y nueve millones de automóviles, una cifra que tiende a multiplicarse en los próximos años.
Hace 200 años, Napoleón vaticinó: Dejad que China duerma, porque cuando despierte el mundo temblará. Aquel pronóstico se ha cumplido. Así como durante la Guerra Fría se podía determinar la inserción internacional de un país según su tipo de relación con EE.UU. y con la Unión Soviética, hoy cabe clasificar ese posicionamiento en el escenario mundial de acuerdo a los vínculos que cada país tiene con EE.UU. y con China.
La mayor novedad geopolítica del Siglo XXI es que una nación milenaria, que durante su larga historia cultivó un orgulloso encierro, simbolizado en la Gran Muralla, se instala en el centro de la economía de mercado por su condición de primera potencia comercial mundial, tanto por su nivel de exportaciones como de importaciones, y como primera fuente de inversión extranjera directa, una posición de la que desplazó recientemente a Estados Unidos.
Esta pretensión estratégica tiene su expresión en la iniciativa denominada Una franja, una ruta, que constituye el mega proyecto de infraestructura más importante de la historia mundial, cuyo nombre evoca a la antigua Ruta de la Seda, que en la Edad Media era la principal vía de intercambio comercial entre oriente y occidente.
Las conexiones previstas en esta monumental iniciativa, que involucra también a América Latina, abarcan a 80 países e incluyen a regiones que albergan al 70 por ciento de la población mundial, generan un 55 por ciento del producto bruto global y concentran un 75 por ciento de las reservas conocidas de energía.
El centro neurálgico de la proyección de poder ensayada por China, y la raíz de su actual disputa con EE.UU., una contienda que ambas partes disimulan bajo el eufemismo de guerra comercial, es la rivalidad por el liderazgo tecnológico.
El plan China 2025, que incluyó la creación un fondo de inversión de 300.000 millones de dólares para la adquisición de empresas occidentales de alta tecnología, explicitó la decisión de Beijing de desafiar la superioridad tecnológica con EE.UU., una pretensión inadmisible para los norteamericanos, quienes perciben que ese objetivo encubre la pelea por la supremacía militar y, por lo tanto, la hegemonía planetaria. El punto nodal de esa batalla es el dominio de la tecnología 5G, en la que las grandes compañías tecnológicas chinas, encabezadas por Huawei, aventajan a sus competidores de Silicon Valley. Para lograrlo, esas empresas, estrechamente vinculadas con el Ejército y el Partido Comunista Chino, se aprovechan de la política industrial de Beijing, que irrita a Washington porque condiciona la apertura de su mercado interno a las corporaciones estadounidenses a la transferencia de sus tecnologías de avanzada. La estrategia de Beijing contempla la penetración de sus capitales en el sistema de empresas tecnológicas de EE.UU.
Esta amenaza estratégica colmó la escasa tolerancia de Donald Trump y desató las represalias comerciales que tanto alarman a los mercados financieros internacionales. Pero, a diferencia de Trump, a los chinos les sobra paciencia. Saben que el mandatario estadounidense pelea por su reelección el año próximo y que necesita anotarse una victoria en esa pulseada. Beijing está dispuesto a concedérsela. De allí que emita señales apaciguadoras y anuncie su predisposición a un acuerdo bilateral que aplaque las iras de la Casa Blanca. Un estudio del JP Morgan reveló que en los últimos 2.000 años China fue la primera potencia económica global hasta 1820. Los chinos bien pueden entonces esperar una o dos décadas más para regresar a lo que consideran una vuelta a la normalidad.













