El excéntrico Trump cada vez más fiel a sí mismo
Todos aquellos que vaticinaban que Donald Trump podía decir disparates en campaña pero que la maquinaria política de Estados Unidos lo iba a amansar y que su triunfo, al fin, no resultaba un peligro, debieran dejar el hábito de opinar públicamente.
Se equivocaron de medio a medio. Trump hace todo lo que dijo que haría y un poco más, abraza fuerte el populismo de derecha y genera unos conflictos internacionales dignos de una película futurista de bajo presupuesto.
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Y en ese esquema, ahora acaba de activar una de las bombas económicas más graves de esta era moviendo los frágiles equilibrios que gobiernan el comercio mundial. Y como estas excentricidades a veces perecieran no alcanzarle, al mismo tiempo ha contribuido de manera crucial a desactivar otra bomba que ha venido amenazado el nordeste asiático, ahí, pegadito a China. Su acuerdo para una reunión con el dictador norcoreano Kim Jong-un, una suerte de villano al mejor estilo de los malos de James Bond es abrir interrogantes que aun no podemos responder. Habida cuenta que hasta ayer parecía que iban a la guerra nuclear sin remedio y ahora van a reu-nirse amablemente.
La novedad en la crisis norcoreana que esperemos afloje con este encuentro de estrellas políticas mundiales, es que llega por iniciativa del régimen de Corea del Norte.
No podemos decir lo mismo del peligroso desastre que puede implicar el proteccionismo populista de Estados Unidos, parte de un nacionalismo de la pos gran guerra, con medidas económicas que en el corto plazo puede parecer que beneficia a la industria del país, pero en el mediano puede generar un conflicto mundial, del que no se salvarán ni ellos mismos.
El elemento más grave en la guerra comercial que acaba de disparar la Casa Blanca, es que impone aranceles del 25 por ciento a las importaciones de acero y del 10 a las de aluminio. Exceptúa a Canadá, el mayor exportador del primero de esos insumos al mercado norteamericano, y a México -el cuarto después de la Unión Europea y Corea del Sur-, socios del acuerdo Nafta que une a esos tres países y que Trump pretende demoler, pero no deja de ser una gracia que les hace a esos países.
Como no hace falta explicar, la Comisaría de Comercio de la Unión Europea, antes de que Trump sancionara las tarifas, anunció que el viejo continente está listo para reaccionar en espejo. Bruselas ha detectado una nómina de productos provenientes de Estados Unidos por unos 2.800 millones de euros pasibles de ser acorralados con una cortina arancelaria. En fin que muchos de los negocios de los republicanos que son votantes de Trump sufrirán estas represalias y tengamos por seguro que se van a enojar y mucho.
Porque si faltara algo para el análisis, la industria del acero norteamericana no fabrica todo lo que necesita el país, de modo que arancelar lo que ingresa de otros países encarecerá el producto sin sentido. No se trata, por otra parte en un mercado tan importante el del acero, pero el peligro radica en la respuesta que el magnate presidente ha anunciado que adoptará para responder a las réplicas, esto es una escalada a una guerra comercial total que destruya equilibrios que se fueron tejiendo durante décadas.
Equilibrios que Estados Unidos trabajó mucho para que se establecieran y que Trump hace estallar en un momento, porque todos los analistas descuentan que esta no es la única medida proteccionista que tomará, sino solo el botón de muestra. Lo más probable es que esto sea el comienzo del final de un orden del comercio mundial. Y sin pretender sobreactuar, nos viene a la memoria que todas las guerras empiezan por la economía y tantas veces terminan con las balas
En la misma línea pesimista más de un centenar de legisladores republicanos alertaron hace horas, en una carta al Ejecutivo, sobre las imprevistas negativas consecuencias que enfrentará Estados Unidos por este episodio.
Trump aferrado a una noción de defensa nacional para justiciar sus movimientos, afirma que su país ha sido victimizado por el mundo con un déficit comercial extraordinario. Cuando hay una multiplicidad de razones para ese déficit, que el presidente norteamericano prefiere ignorar buscando la salida que considera fácil y que más temprano que tarde traerá pésimas consecuencias. Porque una guerra comercial despedazará el crecimiento parejo aunque frágil que el mundo exhibe por primera vez en años aun cuando los efectos de la gran crisis de 2008 no se han despejado totalmente.
El encuentro de Trump con Kim Jong-un, de realizarse efectivamente en mayo, pretende emular la histórica reunión que hace casi cincuenta años sostuvo el republicano Richard Nixon con Mao Tse Tung y que abrió un camino de interacción con Corea. Pero hasta ahí las comparaciones. Esta cita que ha promovido el dictador de Pyongyang tiene otros propósitos, como hasta el más ingenuo lector comprenderá.
Quienes crean que Corea está retrocediendo porque las sanciones económicas fueron exitosas, se confunden de medio a medio. El líder norcoreano no es tonto, como lo ha demostrado en más de una oportunidad y ha logrado imponer su iniciativa a Estados Unidos.
Con esta maniobra, busca ahora un acuerdo que preserve la seguridad de su país y de su régimen. Busca incluir en un periodo de diez años la salida de los 30 mil soldados norteamericanos aparcados en la otra Corea; la finalización de las maniobras militares que encabeza norteamérica en la zona, y, por supuesto, el final de las sanciones con rumbo a una apertura económica que modifique completamente ese escenario y el lugar de Norcorea que pretende un desarrollo equivalente al de sus parientes del sur. En fin que será difícil que Trump por excéntrico que sea, acepte las pretensiones coreanas.
Donald Trump, al fin, fue el presidente que los analistas no querían que sea, más fiel a sí mismo de lo esperable.














