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El estrés deprime pero la actividad física cura

04 de diciembre de 2013 a las 12:00 a. m.

Un mal de la época, en parte derivado del estrés en que vive la gran mayoría de la gente, es la depresión.

Las enormes tensiones en las que se desarrollan las actividades laborales, una vida familiar muchas veces complicada y un círculo social que se puede tornar exigente y demandante, genera entre otras cosas estrés. De allí a la frustración y la depresión puede haber un paso.

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Especialistas en la materia opinan que la depresión es una “gran ladrona” porque roba el entusiasmo, la alegría, el sueño, el hambre, las fuerzas físicas, la vitalidad cotidiana, la capacidad para concentrarse y, en ocasiones, cuando el cuadro es más grave, las ganas de vivir. 

La Organización Mundial de la Salud ya la considera la segunda causa de discapacidad en el mundo, tomando como parámetro las horas de productividad perdidas. Y aunque predomina entre los adultos mayores, es un trastorno que se ve en todas las etapas de la vida, con distintas características según la franja etaria que se trate.

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Aunque no hay datos locales, se calcula que en la Argentina un 8 por ciento de los mayores de 65 años, es decir, unas 320.000 personas, padece algún tipo de depresión. Entre los adultos jóvenes, la enfermedad afecta al 2 por ciento de la población, es decir, unas 370.000 personas. Y, aunque disfrazada de actitudes abúlicas y rebeldes, también está presente en adolescentes.

Es claro que cada grupo expresa la depresión con síntomas que responden a la edad y al desencadenante. En el adulto mayor lo que predomina es la tristeza, y en los chicos o jóvenes, la irritabilidad. Esto apelando a una línea muy gruesa.

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El doctor Hugo Litvinoff, psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina, dice que es un momento en que hay una vivencia de insatisfacción generalizada. “Todos quisiéramos vivir un poco mejor, tenemos baja la autoestima, temores respecto del futuro y frustración sobre lo que no conseguimos. Esto no sería lo que se conoce como una patología propiamente dicha y se atenúa con la psicoterapia. Sin embargo, hay casos en que se profundiza y tiende a evolucionar hacia la depresión clínica, especialmente en los adultos mayores: es una etapa en la que caen los ideales, se hace el balance y resulta que la vida no nos salió como la habíamos planeado”.

La mayoría de nosotros atraviesa por problemas de diversa índole: momentos difíciles, problemas económicos o laborales, dificultades familiares, frustraciones y desencuentros amorosos. Pero no todos nos deprimimos. No es lo mismo la preocupación o la tristeza que la depresión.

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“La tristeza surge como respuesta frente a una situación, pero es pasajera y autorregulada -explica el doctor Juan Marengo, especialista del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco)-. La depresión propiamente dicha es un síndrome caracterizado por una serie de síntomas y signos, con una evolución que uno puede describir en el tiempo. Tiene que durar por lo menos un par de semanas, con predominio de ánimo triste, más otros componentes neurovegetativos, como trastornos del sueño, del apetito, irritabilidad, abulia, falta de iniciativa”.

Siempre se creyó que había genes que predisponían a la depresión, pero hoy se sabe mucho más de esta enfermedad, luego aparece un modelo “ambientalista”, que sostiene que la depresión es una respuesta a ciertas circunstancias de la vida. El modelo moderno se denomina “genes por ambiente”: se ha conocido que ciertas variantes genéticas favorecen la expresión de enfermedades cuando están presentes determinados factores ambientales. Siguiendo esta línea, es muy probable que la depresión sea un trastorno en el cual la predisposición genética está dada por la vulnerabilidad al estrés que se vive.

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No hay duda de que el estrés está vinculado con el proceso depresivo en su forma crónica, que aparece cuando las cargas físicas o mentales superan la capacidad de resistencia del paciente. Porque la realidad es que el ser humano está preparado para situaciones de estrés, en función de un problema puntual. Lo que daña, realmente, es el estrés crónico a que nos somete la vida moderna y que estamos sufriendo desde hace dos generaciones, según estudios científicos en la materia.

Y una de las consecuencias del estrés es la depresión como uno de los “polos sintomáticos” de este síndrome. Se expresa como apatía, desgano, falta de interés, desensibilización emocional, problemas de memoria, falta de humor o sensación de que la vida no merece ser vivida. El otro polo es la ansiedad, y en muchas ocasiones ambas.

Lo bueno es que, contrariamente a lo que muchas veces se piensa, hoy hay formas de prevenir y tratar eficazmente la depresión. La actividad física resulta una adecuada estrategia. 

Esta es una buena noticia, porque una caminata puede ayudar y mucho a combatir este mal de la época.

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Está claro que no todos vivimos el estrés de la misma manera, ni las causas que generan esta situación son las mismas para unos que para otros, por lo que lo que las soluciones y maneras de lidiar con los problemas son también distintas. Pero la posibilidad de intentar eludirlo está al alcance de la mano de todos, sin demasiado costo. En caso de no funcionar, tampoco generará un efecto colateral adverso como sí puede suceder con otros tratamientos o estrategias. 

Para algunos sudar puede ser la manera de evadirse, a otros zambullirse debajo del agua les ayuda a pensar, incluso hay a quien el yoga le despeja la mente. En cualquier variante, el deporte es sinónimo de liberación en momentos de estrés y situaciones donde uno siente que la presión le consume el tiempo y el ánimo.

Nuestro cuerpo, que es más inteligente de lo que creemos, tiene una serie de armas que pueden ayudarnos en momentos complicados. El organismo fabrica sustancias conocidas como endorfinas o, de manera más popular, las hormonas del placer. Se producen en circunstancias muy dispares: cuando comemos chocolate, cuando realizamos ejercicio. Concretamente, existen varios estudios que revelan que cuando uno practica su deporte favorito, las responsables de la sensación de bienestar son las endorfinas.

Cuando el deportista está practicando alguna actividad física, el placer se apodera de él y no sólo disfruta sino que, además, deja de lado por completo todo aquella presión del día a día y parece que los problemas, aunque sea sólo por unos momentos, son menores. De hecho, realizando ejercicio es más fácil pensar en la situación que nos ha provocado el estrés. Por ejemplo, es más simple pensar mientras se pedalea a través de un paisaje o se navega ya que, quizás, la situación que genera la incomodidad se ve desde un punto de vista distinto.

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Además, otro punto a favor del ejercicio es cómo se siente la persona después de realizar ejercicio. Cuando practicamos algún deporte, mejoramos nuestra forma física y, con ello, nuestras capacidades y rendimiento, es decir, nos sentimos bien y satisfechos. Desde esta sensación de bienestar es más fácil plantarse y hacerle frente a lo que nos estresa.

Vale la pena hacer la prueba y evaluar qué pasa con nuestro ánimo; sólo hay que encontrar una actividad que nos guste. Lo demás vendrá por añadidura… o no, pero lo bueno es que aunque no logremos curarnos al menos, en el intento no estaremos dañando nuestro cuerpo sino todo lo contrario.

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