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El error que tocó una llaga que aún no cicatrizó

17 de noviembre de 2022 a las 12:00 a. m.

Hay errores que no pueden permitirse, ni pasarse por alto en la vorágine con la que una noticia tapa la otra, al ritmo de una realidad tantas veces agobiante. La calificación que la vocera presidencial hizo de las piedras dispuestas en la Plaza de Mayo en memoria de las víctimas de la pandemia, resultó ofensivo no solo para las familias que colocaron ese símbolo para recordar a sus muertos, sino para el conjunto de la sociedad que vivió la emergencia sanitaria por Covid-19 como una verdadera tragedia y tiene las heridas aún en carne viva. 

Las palabras de Gabriela Cerruti no tienen explicación posible ni hay disculpas que minimicen lo que sus apreciaciones generaron. En una recorrida por la Casa Rosada, junto a la ministra de Igualdad de España, Irene Montero, la portavoz de Alberto Fernández aseguró que las piedras en homenaje a los muertos por Covid las había puesto la derecha. Y aunque más tarde llegaron las disculpas y las explicaciones, nada alcanzó para borrar lo que a toda voz y con la liviandad propia de una creencia profunda, había expresado quien, aunque más no fuera por su condición de ser funcionaria pública y mujer de la comunicación social, debería haber obviado, en respeto al valor del sentir y decir de toda una sociedad frente al dolor.

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Alguien cuya tarea es comunicar, no puede desconocer que cada sociedad en un determinado momento encuentra signos y símbolos para manifestar su pesar e inscribir ese sentimiento en la historia. Ni son solo piedras las que están allí dispuestas, ni fueron la resultante de la organización de un movimiento político. Fueron muestras espontáneas para alzar una voz y dejar un testimonio. Decir lo que dijo y hacerlo del modo en que lo hizo, fue claramente un atropello, además de una falta de respeto impropia de quien debiera desde su rol, ejercitar la empatía.

La reacción de la oposición y de buena parte de la comunidad a través de redes sociales y otros canales de expresión, no demoró en llegar. Como tampoco el pedido de disculpas que resonó armado, poco sentido, e insuficiente.

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No hay justificación para tamaña valoración. Por supuesto que el uso político de la pandemia es cuestionable y esto vale para la totalidad del arco político, sin distinción de grietas. Pero decir que las piedras en homenaje a los muertos las colocó la derecha, es observar con desdén el dolor genuino de personas que perdieron lo más preciado que tenían en la emergencia sanitaria, mientras quienes ejercían el poder no dudaban en organizar vacunatorios paralelos o celebraciones, cuando la gente de a pie no podía siquiera despedir a sus muertos.

Así como no puede decirse que la causa de los derechos humanos le pertenece al oficialismo ni a sus banderas, tampoco puede señalarse que las marchas de las piedras fueron actos de la oposición. Resulta tan inadmisible como irrespetuoso, porque la pandemia no reparó en ideologías y porque, además, el modo de expresar el dolor y la pérdida no conoce de colores políticos ni de intereses partidarios.

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Ya suficientemente manoseadas habían sido esas piedras cuando el año pasado el Gobierno las retiró bajo el argumento de armar con ellas un monumento. Ya suficiente tensión se había generado en aquella segunda marcha cuando los familiares las pusieron nuevamente en su lugar, esa vez acompañadas por las fotos de sus seres queridos fallecidos. puso las piedras nuevamente en su lugar, acompañadas por las fotos de los fallecidos que lamentablemente en este país se cuentan por cientos. Ya suficiente falta de respeto había existido para que la funcionaria que es la voz del Gobierno sin ningún reparo afirmara que ese tributo era una acción de la derecha.

Las palabras utilizadas por la vocera para cuestionar ante la ministra española la decisión del Gobierno porteño de cercar la fuente de la Plaza de Mayo "para que los peronistas no metamos las patas", también resulta lesiva del valor simbólico de ese espacio y hasta de sus propios militantes. 

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Hubo, en sus definiciones e incluso en sus disculpas posteriores un desprecio por lo simbólico, una ausencia de empatía con la realidad que alarma porque quien lo dijo no habla solo en primera persona, sino que por su función representa la voz del poder y puede referir el modo en que se analizan y observan desde el poder ciertas cuestiones que son caras a los sentimientos de toda una sociedad.

En este mismo espacio editorial, y en ocasión que el Gobierno quitara las piedras de las víctimas de Covid-19 de la Plaza de Mayo ante el repudio y tristeza de familiares de todo el país que las había depositado allí para dejar su testimonio de dolor y mantener viva la memoria, expresábamos que con algunas heridas no había espacio para las especulaciones políticas ni los juegos de poder.

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Según cifras oficiales del Ministerio de Salud de la Nación desde el inicio de la pandemia se produjeron más de 130 mil muertes. El número es lo suficientemente importante como para minimizarlo. Muestra la dimensión de una tragedia que no puede subestimarse, y mucho menos llevarse, al terreno sucio en el que la política parece acostumbrada a dirimir sus disidencias. El error tocó la llaga de un dolor que le pertenece al conjunto de la sociedad y que aún no ha sanado.

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