El dilema de hierro
Una de los grandes dificultades de la Argentina consiste en hacer funcionar el capitalismo en las condiciones actuales y en una sociedad cuyas demandas sociales son altas, muy superiores a los que el sistema puede conceder. La pretensión de un capitalismo que funcione en una sociedad de bienestar viene de la mano e incluye políticas económicas claras, pero también la presencia de un Estado fuerte.
Mercado y Estado. Y no mercado o Estado. En ese matiz reside la cuestión. Algunos privilegian el rol del mercado, otros el del Estado. Y este dilema se da no solo en la sociedad sino en el seno mismo del Gobierno.
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La sabiduría política consiste en decidir las proporciones de esa relación, proporciones que se deciden en el territorio de la interacción social, del conflicto social y de las propias relaciones de poder.
Cuánto Estado y cuánto mercado es necesario. He aquí el dilema.
En la actualidad todo está mal en esa ecuación: tenemos un Estado fofo, corrupto e ineficiente y un mercado bloqueado por impuestos y retenciones.
De la ecuación Estado - mercado, nos las hemos ingeniado en ejercer sus peores variables: empresarios que no compiten y practican con singular entusiasmo el capitalismo de amigos; y un Estado prebendario, clientelístico, con sus principales agencias funcionando a media máquina (y a veces, a mucho menos) y con un poder político que lo concibe como un botín.
Como consecuencia de ello, disponemos de un país que no crece, no reproduce de manera efectiva sus condiciones materiales de vida, se endeuda, gasta mucho más de lo que produce y desaprovecha sus ventajas naturales y comparativas.
Para el populismo la salida pasa por ampliar el rol del Estado, sancionar o expropiar a los grupos privilegiados del poder económico y distribuir en nombre de la justicia social y la ampliación del mercado interno. Para el neoliberalismo, es decir, para lo que el kirchnerismo califica como neoliberalismo, el crecimiento económico es la condición necesaria para una posible distribución justa de la riqueza. No hay crecimiento, estiman, sin reformas impositivas, previsionales y laborales, es decir, sin un ajuste, palabra que a los populistas los espanta como a Drácula el crucifijo.
Ajuste y neoliberalismo para el populismo son casi sinónimos. Y neoliberalismo para los K es algo más que una teoría económica o un modelo político; es, lisa y llanamente, el mal.
Se trata de consignas destinadas a demonizar, más emocionales que racionales. Mientras nuestros dirigentes ideologizan una salida de la crisis pero nada llevan al plano de los hechos, la impiadosa realidad nos golpea cada día más duro.
Les guste o no a los kirchneristas de paladar negro, Martín Guzmán no es un neoliberal, pero debe hacerse cargo de los rigores de la vida real, que es algo así como admitir que la ley de la gravedad existe o que uno más uno es dos, por más vueltas que queramos darle. Gobernar es en la calle y no en los libros, es en los hechos y no en el discurso. La realidad de impone y hay que hacer lo que es debido. Un claro ejemplo de ese encuentro con lo real por parte de las actuales autoridades económicas que no creen en lo que están haciendo (acuerdo con el FMI, por ejemplo) pero a los que no les queda otra alternativa que hacerlo.
Ninguno de quienes tienen poder de decisión en el gobierno (y la afirmación cabe para todos los estamentos) es ignorante respecto de cuál es el camino. Todos lo saben bien pero nadie quiere asumir el costo político-electoral de anunciar y aplicar las medidas necesarias. Esto tiene un alto grado de perversión: saber cuál es la cura y no aplicarla. Es como si un médico tiene la cura para un paciente terminal pero no se la aplica porque le resultará dolorosa y tal vez se enoje y lo desprecie por haberle infringido dolor. Pero así como sucedería con un ser humano enfermo, cuanto más se posterguen las decisiones que se deben tomar para salir del actual estancamiento económico, más imperiosas e impiadosas serán la soluciones.
El dilema es de hierro: el ajuste lo hace el mercado o al ajuste lo hace el Estado. En todas las circunstancias el ajuste es un trámite insalvable. Si simpatizamos con los valores de la justicia, la compasión o la equidad tratemos que sea el Estado, porque el ajuste del mercado será mucho más feroz.
Todos saben por dónde hay que ir, pero nadie quiere ser el líder que lleve al país a la "cirugía mayor" que hace falta para salvarlo.
El objetivo hoy, en cambio, está puesto en que la "nave" del Gobierno llegará al puerto de 2023 con más o menos descalabros en su estructura . Perverso.













