El Dakar: historias de pasión y de muertes
Hasta la aparición del profesionalismo el deporte siempre había sido impulsado por un solo motor: la pasión.
Cuando el vil metal surgió entre los competidores para recompensar el talento, algunos deportistas lo hicieron por interés. Pero en general, sin ese fuego sagrado que acompaña a los cultores –amateurs o profesionales- de las distintas disciplinas, es muy difícil trascender.
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La pasión no sólo es asumir riesgos, es dedicación, interés por superarse. Lo hace un ajedrecista y un paracaidista. Cada uno segrega la adrenalina a su manera. Cuando entrena y cuando compite. Cuando proyecta y cuando sueña.
Pero en esta oportunidad vamos a detenernos en lo que se ha dado en llamar “deportes extremos”, que son aquellos en los que la sombra de la muerte es la invitada especial. Si su fuerte presencia no ronda por el escenario, no hay atractivo.
Es lo que sucede con el mítico Rally Dakar, la tradicional prueba que se disputa desde hace años en territorio sudamericano y que es continuidad de la legendaria París-Dakar.
Los argentinos somos asistentes privilegiados a esta prueba, en la que la pasión es la principal motivadora para que cientos de pilotos sueñen cada año con ser parte de ella. Porque las noticias hablan de los que tienen la suerte de largar, pero hay muchos otros que hacen el mismo o tal vez mayor esfuerzo y quedan en el camino antes de la bandera verde.
Naturalmente habrá excepciones con la presencia de algún participante que tal vez corra por algún interés publicitario, pero algo de pasión debe tener para pasar dos semana arriesgando su vida por montañas y desiertos.
El Dakar es sinónimo de pasión y también de muerte.
La edición 2014, que finalizó el sábado pasado en Valparaíso (Chile), tras partir de Rosario y pasar por Bolivia, tuvo que lamentar la muerte del motociclista belga Eric Palante, que competía en la modalidad extrema de motos sin asistencia, y de dos periodistas argentinos, cuyo vehículo cayó por un barranco mientras realizaban una cobertura independiente de la carrera.
La dureza de esta prueba se hizo sentir desde el inicio de la competencia cuando en el segundo día quedaron fuera de carrera 32 pilotos entre las cuatro categorías. Los abandonos se fueron sucediendo etapa a etapa por diferentes motivos y de los 431 pilotos que iniciaron la competencia el 5 de enero en Rosario, sólo 202 pudieron completar las 13 jornadas de carrera (el 47 por ciento de los competidores), quedando 229 en el camino.
Con la muerte del piloto belga Palante, más el fallecimiento de los dos periodistas, la competencia suma 62 víctimas mortales desde la primera edición, en 1979. De ellos, 23 son pilotos y copilotos y el resto espectadores, periodistas, asistentes y transeúntes ajenos a la carrera.
Palante el cuarto piloto que fallece en el Dakar desde que se disputa en este continente. En 2009, en la segunda etapa, en La Pampa, murió el francés Pascal Terry. En 2012, producto de un accidente, perdió la vida el argentino Jorge Martínez Boero, al sur de la provincia de Buenos Aires. El año pasado, rumbo a Salta, en territorio chileno y proveniente de Calama, falleció el francés Thomas Bourgin, al protagonizar un incidente vial con un móvil de los Carabineros de Chile.
La cifra de muertes es espeluznante y, además de conductores, fallecieron asistentes, periodistas y seguidores desde que el motociclista Patrick Dodin perdiera la vida en 1979 tras salirse de la pista en Nigeria. Los años más luctuosos fueron 1986 (murieron siete personas) y 1988, cuando hubo seis víctimas. Pero lo más paradójico sucedió en 1986 cuando en pleno desarrollo de la competencia perdió la vida el propio creador del Dakar, Thierry Sabine, al caer su helicóptero.
El interrogante que surge en cada enero que es cuando transcurre el Dakar es si vale la pena arriesgar hasta la propia vida por una carrera de autos, motos o camiones, cuando la tasa de siniestralidad y con personas fallecidas aumenta cada año. Evidentemente y para decepción de quienes piensan en que se deberían evitar estas competencias extremas, esos hechos lamentables en los que se pierden vidas humanas, son una especie de incentivo para los que siguen en carrera porque, lejos de amilanarlos, los hacen buscar con más ahínco la superación.
Pero, ¿qué es el Dakar? ¿Qué cautiva de su mítica leyenda que dice que se puede morir aun circulando a marcha lenta o por un enfriamiento en la menos cerrada de las noches? Para muchos es una carrera sin sentido que el hombre acepta por el simple hecho de coquetear con la muerte. No faltan quienes opinan que es una más. La más dura, pero una más al fin de cuentas. Para los participantes, en cambio, es la oportunidad única de conocer sus límites físicos y conductivos a través del frío, el calor y todas las condiciones adversas que entren en la imaginación humana, sumadas -claro está- a las mecánicas. Que, por menores que parezcan, pueden dejar a un hombre aislado de todo contacto con un semejante por un día y medio si los socorros no hallan el camino correcto.
Controvertido y pasional, combatido y amado, el Dakar sigue su curso, dividiendo las aguas es cierto, pero con un rumbo definido y cautivando cada vez más aventureros. Y los argentinos más que nadie en el mundo somos privilegiados espectadores de un evento único, para que lo disfrute quien pueda.















