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El ciudadano, primer responsable

03 de octubre de 2018 a las 12:00 a. m.

Entre las quejas habituales de los vecinos está la suciedad de la ciudad. Desde los barrios se reclama por los terrenos baldíos convertidos en basurales a cielo abierto y desde el Centro, el mayor es por ciertas esquinas que son utilizadas como depósitos de abundantes desechos por parte de los comercios, además de la suciedad de perros. Las horas posteriores a grandes conglomeraciones, como las del Día de la Primavera y los domingos en la zona del Parque Municipal y el Paseo Ribereño, también muestran lo peor de nosotros en cuanto al tratamiento de la basura.

Como se puede ver, a grandes rasgos, el problema principal del aspecto y la higiene en los espacios públicos, nace del propio comportamiento de los ciudadanos, es decir, de los mismos que ejercen la queja.

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Mantener limpias las calles debería ser en primer lugar una obligación de los vecinos. Luego viene la del Estado, que debe cumplir con una metódica limpieza.  Esto último no debe tener fisuras, pero incluso cuando es así, no podemos evidenciar la eficiencia si nosotros, los ciudadanos, no cumplimos primero con la parte que nos toca.

Siempre se ha dicho que no hay peor acto que hacerles a los otros lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros mismos, pero este axioma casi nadie lo lleva a la práctica. En particular si lo aplicamos al urticante tema de la limpieza en calles y espacios públicos de la ciudad. Aun funcionando bien los servicios municipales de higiene urbana,  con solo salir y recorrer un poco al azar distintas zonas de la urbe, podemos ver el procedimiento totalmente desprejuiciado e irresponsable de muchas personas. Y lo curioso de los argentinos en general y los pergaminenses en particular, es que se trata de las mismas personas que tienen sus casas impecables, que no osan tirar deliberadamente un papel en su living, mucho menos permitir que su mascota defeque adentro y ni hablar que no desparrama bolsas de basura en el patio de su casa. Sin embargo, es para todos una práctica habitual y naturalizada desprenderse de envoltorios en la vía pública, llevar el perrito a que haga lo suyo en veredas y plazas y deshacerse de la basura en el baldío más cercano. Carecemos del más mínimo respeto por el espacio público porque no lo asimilamos como propio. Si tuviéramos la conciencia de que es nuestro y que su higiene depende antes de nosotros y luego de la Municipalidad, no haríamos los que hacemos en las calles. Tampoco terminamos de entender que de la limpieza y de una correcta disposición de la basura depende también el correcto escurrimiento del agua durante las lluvias. Es decir, nosotros mismos conspiramos para que una tormenta pueda terminar en anegamiento.

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A pesar de estas inconductas ciudadanas, la ciudad en general luce limpia.

De a poco, la gente ha ido entendiendo los beneficios del correcto uso de los contenedores verdes por cuadra, que evitan la rotura de bolsas en las veredas o que estas terminen tapando algún desagüe, además de agilizar la tarea de los recolectores.
Con la puesta en marcha de los contenedores quedó claro que al vecino le cuesta cambiar hábitos, que como primera medida se resiste a lo nuevo, que en ello ve una complicación y no una optimización, pero que hay que insistir desde el Estado hasta lograr que las malas costumbres se eliminen u otras no tan malas cambien por una manera mejor de hacer las cosas. Al principio todo fueron quejas y malos usos: la gente depositaba la basura en cualquier momento del día, se terminaban rebalsando los contenedores con desechos estancados por horas, generando malos olores. Nadie quería saber nada con estos elementos que, encima, ocupan preciados lugares para estacionar. Pero paulatinamente se pudo ver que la dinámica fue cambiando y hoy el sistema funciona. Es un claro ejemplo de que, generalmente, cuando un proyecto oficial no funciona no es porque sea malo sino porque los destinatarios no hacen correctamente su parte.

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Lo que más apreciamos los argentinos cuando visitamos otros países es la limpieza y el orden del tránsito; siempre consideramos que todos están mejor que nosotros en estas cuestiones y es así. Pero no todos lo atribuyen a los verdaderos artífices de ese estado de cosas en otros países, que son los propios ciudadanos. Porque los municipios de todo el mundo hacen lo mismo: recoger la basura y mantener parques y plazas, pero el resultado no es igual aquí. Lo que hace la diferencia es el comportamiento ciudadano.  Si nos comportáramos como los habitantes de esos países a los que envidiamos su orden e higiene, Pergamino podría lucir como ellos.

Y aun sin mirar otros países, podemos aplicar otra premisa: si nos comportáramos en la ciudad, nuestra casa grande, como lo hacemos en el hogar, nuestras calles y plazas serían admirables. Pero como no lo hacemos, tenemos el hábitat que nos merecemos. Sin nuestra parte no hay Estado “mucama” que pueda mantener la ciudad impecable.

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